El amor de Dios en medio de su pueblo: parte dos

La liberación:

Veamos por ejemplo al pueblo judío en el país de Egipto. Cuantos años sufrieron de la esclavitud y en medio de sus cadenas, clamaban a Dios por su liberación. Al principio parecía que Dios no escuchaba sus ruegos, pero ellos insistían. Un día de ese mismo pueblo saldría aquel que usado por Dios los llevaría a la liberación.

“Yahvé dijo: "He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus gritos cuando lo maltrataban sus mayordomos. Yo conozco sus sufrimientos, y por esta razón estoy bajando, para librarlo del poder de los egipcios y para hacerlo subir de aquí a un país grande y fértil, a una tierra que mana leche y miel, al territorio de los cananeos, de los heteos, de los amorreos, los fereceos, los jeveos y los jebuseos. El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto cómo los egipcios los oprimen. Ve, pues, yo te envío a Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel." Ex 3: 7-10

En términos espirituales, Egipto significa estar amarrado a la esclavitud del pecado. Nuestras vidas han estado atadas a todo aquello que nos ha apartado de Dios y en nuestro interior clamamos constantemente por la liberación de las cadenas y gemimos, pues el pecado, nos lleva directo a la muerte.

¿Cuántas veces no hemos pedido a Dios que nos aparte de todo aquello que no nos permite vivir a plenitud su amor? Pensamos que Dios no escucha y que nos tiene abandonados a una oscuridad profunda. Lo que pasa es que nuestras vidas están siendo limitadas por las consecuencias del pecado y eso nos impide creer que Dios tiene el poder para rescatarnos y darnos libertad.

Nuestro Padre, tiene poder para hacerlo. Él lo hace en el tiempo correcto; aun, cuando nosotros pensemos que no escucha, él siempre ha tendido su mano para consolarnos.

Por otro lado debo de decir que ese Egipto no solamente es el opresor y conductor del pecado, pero que también es experimentar el dolor y el sufrimiento por un hogar que se desintegra a cada momento por la vida de opresión que se vive a diario. Golpes de padres a hijos, de esposo a esposa, de hijos a padres, abusos sexuales, físicos, emocionales y espirituales. Todo eso lleva a vivir un verdadero infierno y ello nos lleva a pensar que la vida se ensaña en contra nuestra. ¿Por qué todo se convierte en esta desdicha? si cuando nos unimos para formar un hogar, todo fue maravilloso. Es exactamente lo que sucedió con el pueblo israelita. Después que José hijo de Jacob fue vendido por sus hermanos, esté terminó en tierras egipcias y después de ser esclavo, pasó a ser el gobernador de todo el país. Todo iba bien, incluso el mismo José invitó a toda su familia a que lo acompañara a disfrutar de las maravillas que Dios había proveído para ellos. ¿Qué pasó después? Las cosas se complicaron y luego de ser un pueblo próspero pasó a ser uno que vivió en la miseria.

Tantos años tuvieron que pasar para que Dios los atendiera y aun así nunca quisieron comprender el amor tan grande que él les demostraba en medio de sus dolores y sufrimientos. Es que debemos comprender que para ser liberados, Dios permite que experimentemos pruebas duras y difíciles y que a travesemos por momentos de desolación en los que pensamos que él no existe. Recordemos que “Dios aprieta pero no ahorca” y aunque pensemos que él nunca nos escucha, debemos de saber que El Padre siempre escucha y siempre está atento para ayudarnos de acuerdo a su plan perfecto de amor.

El pueblo judío se enfrascó a tal grado en su diario vivir, que el tiempo se convirtió en una simple rutina. Cuando nuestras vidas las vivimos solamente por vivirlas, sin un sentido, sin una meta, es entonces que tendemos a separarnos del amor del Padre. Eso mismo sucedió con los judíos. Cuando más seguros se sintieron de lo que tenían y vivían, menos se acordaron de Dios.

Nosotros actuamos de la misma forma: Cuanto más seguros estamos de nuestras propias comodidades, de nuestro trabajo, de nuestros cónyuges, nuestros hijos y de todo aquello sobre lo que tenemos control, menos necesidad tenemos de Dios. ¡Qué tremendo! Es que todo aquello que toma el lugar principal de Dios en nuestras vidas, pasa a ser nuestro dios y al mismo tiempo nuestro Egipto. Debemos de entender que solamente despojándonos de todo eso, es como entonces nuestras voces llegarán al Padre.

Debo de mencionar que no estoy hablando de que las cosas materiales o nuestras familias son nuestra perdición; ¡De ninguna manera! Lo que pasa es que debemos de entender que el poseer todo lo material y no abrirnos al amor hacia los demás, de nada nos sirve. Recordemos nuevamente a José: llegó a ser el segundo del Faraón. ¿De dónde venía? De ser un despojo comprado y vendido al mejor postor. Cuando todo lo tuvo y mientras estuvo agradecido con Dios, todo le fue bien. En el momento en el que su descendencia fue acostumbrándose a todo lo seguro, empezó a olvidarse de dar gracias al Creador. ¿Cómo terminaron? Siendo esclavos. ¡Ah!, pero en el momento en que empezó su sufrimiento y dolor, entonces empezaron a acordarse de que existía un Dios de poder. Solamente mientras estuvieron esclavos; solamente en los tiempos duros, algo así como nosotros en la actualidad cuando todo nos va mal entonces decimos: “Si en verdad existes…”

¿Por qué nosotros los humanos actuamos y reaccionamos de esa manera? Somos seres que aun que seamos “racionales”, nos cuesta admitir que con nuestras actitudes hacia los demás, nos adentramos más y más a las garras del pecado. Bien lo dice la escritura: “En efecto, en el alma perversa no entra la sabiduría, no habita en cuerpo de pecado.” Sab 1: 4

Nos cuesta comprender que mientras vivamos enfrascados en el Egipto de nuestro pecado, nunca lograremos experimentar el amor tan grande del Padre para nuestras vidas. Lo peor de todo es que buscamos un escape a nuestro vivir por rumbos equivocados, en la lectura del tarot, del café, del maíz, lectura de la mano: que porque está línea es de la vida y esta otra del corazón. Nos envolvemos en puros engaños y cuando todo eso sale mal, el culpable siempre es… Adivinaste, ¡Dios!

El pueblo de Israel sufría su esclavitud (Ex 2: 23) El pueblo de Dios “gritaba” en los momentos más desesperantes de su vida. Primero creyeron que con la muerte del opresor (Faraón), iba a acabar la maldición que llevaban sobre cuestas. Al contrario, entre más gritaban, más dura era la mano del hijo del abusador. ¿Por qué esperaron tanto para clamar a Dios? ¿Por qué no lo hicieron desde el principio? Sencillamente porque pensaron que todo lo podían con sus propias fuerzas y que las cadenas que llevaban serían temporales. Exactamente lo mismo piensa el hombre moderno. “Ya no voy a chupar”; “Te prometo que ya no lo vuelvo a hacer”; “Pero compadre, si yo deje de fumar de romplón” “Y si lo dejó de romplón, ¿por qué lo veo fumando nuevamente?” Es que tuve un problema en mi casa y no pude contenerme”

Claro, si todo eso lo dejamos por nuestras propias fuerzas, ¿cómo pretendemos ser libres totalmente? Las cadenas son siempre fuertes y difíciles de romper, pero cuando ponemos nuestra confianza en Dios entonces alcanzáremos la libertad deseada. Por otro lado, hay quienes qué pretenden dejar su pecado con una manda o promesa, pero al cumplirse el tiempo prometido, regresan aun con mayor fuerza pues la confianza, la ponen sobre ello y no realmente en Dios, algo así como el perro que retorna a su propio vómito.

Solamente cuando reconocemos que hemos pecado y que nos hemos separado del Árbol de la vida, es cuando realmente seremos libres. “Pues mi delito yo reconozco, mi pecado sin cesar está ante ti, contra ti solo he pecado, lo malo ante tus ojos yo cometí”. Salmo 51 (50) verso 5

La pregunta viene a ser: ¿Estoy dispuesto a reconocer mi pecado? Y esto no solamente se hace como algo ficticio o sin causa; esto se hace con la plena seguridad en que Dios estará allí para ayudarnos en el proceso con el que empieza una vida nueva y distinta a la que estábamos acostumbrados.

Al reconocer que fallamos, nos abrimos a la inagotable fuente de vida que nos lleva como barco, al soplo de su Espíritu sobre el inmenso mar. No importa cuán pequeño sea nuestro bote, dejémonos conducir por el viento de Dios.

Seamos transparentes y clamemos a Dios por nuestra libertad. Dios sí escucha, y si confiamos plenamente en su poder, veremos que él está siempre dispuesto a tender su mano en el momento menos esperado. Cuando todo nos ha fallado, cuando nuestras fuerzas se acaban y sintamos que no hay más que hacer que esperar la muerte, es entonces que debemos de lanzar nuestras voces hacia él, clamando su misericordia, dejando que nuestro corazón endurecido por el pecado, sea removido por las manos del Padre y en su lugar nos coloque uno nuevo de esponja que sepa absorber la grandeza de su amor libertador.

¿Por qué dejar que el Cochino siga controlando nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que nuestras vidas vivan un Egipto eterno cuando la libertad está a un lado nuestro? ¿Por qué dejamos que esas cadenas nos mantengan aprisionado y no solamente a nosotros individualmente, sino que también a nuestra familia entera?

No es posible que podamos vivir en un mundo en el que solamente existen lamentos y lloriqueos. No podemos dejarnos engatusar por los deseos del enemigo que trata de controlar nuestra vida diciéndonos que nunca podremos ser libres. ¿Por qué? ¿Por qué no tenemos el valor suficiente para afrontar nuestra realidad y declarar a viva voz que hemos pecado y que necesitamos de Dios en nuestras vidas?

Es que el dolor, el sufrimiento y las oscuridades que vivimos a diario no nos permiten ver con claridad la grandeza del Padre que siempre está dispuesto a tendernos la mano. Estamos completamente cegados y las escamas del pecado no permiten ver la claridad del amor de Dios en nuestro corazón.

Es cierto que nuestro pecado es “grande” y que debemos de vivir una consecuencia por nuestras acciones; pero la realidad es que si el pecado en nuestras vidas es grande, mucho más grande es el amor de Dios para nosotros y que si la consecuencia del pecado es la muerte, entonces la consecuencia del amor de Dios es la alegría de una vida eterna.

No permitamos que esa realidad sea aniquilada por las fuerzas del Faraón en nuestras vidas. Dejémonos conducir por la vida del Padre hacia nuestra libertad. Hoy salgamos de las tinieblas de ese Egipto y tomados de la mano de nuestro libertador, vayamos hacia la luz de la Verdad.

Solamente confiando plenamente en él, es como viviremos la verdadera vida. Sí, una vida plena que nos conducirá hacia la tierra prometida en donde mana la miel y la leche sin adulterar, en donde hay verdes campos para pastar y ríos cristalinos para beber. “Confía en el Señor, con todo el corazón, y no te fíes de tu propia sabiduría. En cualquier cosa que hagas, tenlo presente: él aplanará tus caminos… ten el temor de Yahvé y mantente alejado del mal. Eso será un remedio para tu cuerpo, y allí encontrarás el vigor.” Prov 3: 5-8

Bendiciones

René Alvarado

El amor de Dios en medio de su pueblo: Primera parte

La esclavitud

Dios ha creado el universo y todo lo que existe dentro y fuera de él. En medio de su magnífica creación, se dio cuenta que algo hacía falta, que todo lo maravilloso que hizo no estaba completo sin la presencia de un ser que fuera semejante a él. Así lo fue. Creo de la nada al hombre y del hombre a la mujer. Entonces se dijo así mismo: “El universo es ahora completo, pues he creado al que será el heredero del Reino”; y la Biblia nos cuenta en Génesis 1: 26-31 que vivían muy felices dentro del plan perfecto de Dios para sus vidas. Nada les faltaba y nada les sobraba. Todo era pulcro y radiante. Podía convivir con otros seres, las bestias terrestres, las aves del cielo y las criaturas del mar. ¿Qué les faltaba? ¡Nada! Y más sin embargo, el hombre hecho imagen y semejanza de Dios en su Espíritu, fue creado con cuerpo material y esa carne se encargó de llevarlo de la libertad al libertinaje. No se conformó el hombre con tener lo suficiente (que era todo), quería más y entre más tenía más poder obtenía.

Tristemente eso es lo que vivimos nosotros mismos. Somos creaturas hechas por las manos de Dios y en nuestro interior está la gracia del Espíritu de amor que nos brinda libertad y por supuesto, por otro lado está nuestra humanidad (la carne) nos aleja de esa libertad y nos conduce por el camino del libertinaje. Dios nos creo, con libre albedrío

Luego que el hombre (y la mujer también), con pleno conocimiento de las consecuencias, tomó la determinación de comer de ese fruto prohibido, adquirió la responsabilidad de las consecuencias de su acción. Aquí no analizaremos si fue una manzana o una pera, pero nos concentraremos solamente en el acto que separó al hombre del amor de Dios.

Cuando él comió, descubrió que no solamente existe la luz, pero que también existe la oscuridad y las tinieblas. En su aceptación de aquel fruto, descubrió su propia desnudez y su pequeñez ante la grandeza de su creador. ¿Qué fue lo que lo llevó a descubrir todo aquello? No es que Dios lo tuviera oculto y que no quisiera que él fuera descubriendo todos los aspectos de la creación, pero más bien fue su propia naturaleza que lo indujo a la curiosidad y en ella se dejó caer y al reaccionar supo en su corazón que había traicionado a Dios y que con su acto abusó del amor tan grande que el Padre había depositado en él.

En ese momento, al verse descubierto, entendió a plenitud que su tiempo estaba contado, que pasó de un ser inmortal a uno mortal (Sir 18: 8-9) que su vida terminaría que lo que viviera le costaría. Ya nada sería gratuito; con sacrificio se alimentaría y con el sudor de su frente se mantendría. Claro que lo único que permaneció gratuito fue el amor incondicional de Dios para él y si no hubiese sido así, Dios Padre lo hubiera exterminado desde el principio. No fue así. A través del tiempo demostró una y otra vez que su amor es por siempre; perdonando nuestras faltas, sanando nuestras heridas y llevándonos sobre sus hombros cuando cansados del camino nos debilitamos.

Es maravilloso ver como el Padre no sé aparta de nuestro lado aun así nosotros nos alejemos de él. Siempre hemos escuchado ese dicho: “Bendito sea Dios pues encontré a Jesús”. Es que Jesús nunca estuvo perdido. El mismo hombre es quien se ha separado de él y cuando todo le va mal entonces el culpable es Dios.

La realidad de todo es que somos nosotros los que nos apartamos de él con nuestras actitudes y como resultado de ello, nos hacemos esclavos del pecado. Ahora qué, no por eso Dios se aleja de nuestras vidas, al contrario, él siempre está en la búsqueda y a la espera de sus hijos descarriados. Esto está bien claro en la parábola del hijo pródigo. Somos cada uno de nosotros esos hijos que tomamos la decisión de irnos al lodo y más sin embargo en medio de ese mugrero, Dios escucha nuestros ruegos y suplicas.

Dios nos da la oportunidad de conocer la vida, para que veamos lo que mejor nos conviene. Ser libres nos permite escoger entre estar encadenados al libertinaje del pecado o al conocimiento de la Verdad que nos hace libres (Jn 8: 34) Ahora bien, tenemos que discernir sobre esa Verdad de la que habla Jesús. Realmente la Verdad es su amor infinito y si conocemos y vivimos en ese amor entonces seremos verdaderamente libres para perdonar, para aceptar a los demás tal y como son y sobre todo para que nuestras vidas sean consagradas totalmente al Señor en las buenas y en las malas.

No podemos ir por la vida simplemente quejándonos de todo aquello que nos ocurre por consecuencias del mismo abandono o separación de esa Verdad. No debemos por ningún motivo dejarnos dominar por las cadenas que venimos cargando por los años que hemos vivido separados de su amor.

“En verdad, en verdad les digo: el que vive en el pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre; el hijo, en cambio, permanece para siempre. Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres”. Jn 8: 34-36

Veamos lo que esto nos dice: “Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre” El pecado no tiene y nunca ha tenido dominio sobre la creación de Dios. El problema ha sido que la misma creación (hablo del hombre), ha creído que el pecado es parte de su existir y que no hay nada en esta vida que se pueda hacer para salir o mejor dicho para romper con esa cadena que adquirimos desde el día de nuestro nacimiento (lo que conocemos como el pecado original.) Eso nos lleva no solamente a mentalizarnos psicológicamente a ello, pero también nos lleva a convivir con ese pensamiento. Si bien es cierto que por naturaleza el hombre (y la mujer también) es pecador, también es cierto que podemos salir de esa condenación si creemos en su amor. Es por eso que Jesús habla de que el esclavo no se quedaría en esa oscuridad, más bien, él saldría a la luz de una verdadera libertad.

En el siguiente párrafo: “el hijo, en cambio, permanece para siempre”, nos dice que no importa cuán esclavos del pecado hemos sido, que el amor eterno del padre nuca se separará de nosotros. Eso es fácil de comprender y no necesitamos ser expertos o exégetas para comprender que él, siempre nos acompaña como un verdadero y fiel esposo que se adhiere a la promesa hecha en el día de la boda: “en lo bueno y en lo malo; en la salud y en la enfermedad y en la abundancia y en la pobreza”; promesas que muchos de nosotros tomamos mientras estamos bien y que cuando las cosas comienzan a hacerse agrias, nos hacen pensar dos veces si seguir o no con el compromiso hacia nuestras parejas. Dios en su Hijo Jesús ha prometido nunca abandonarnos y de verás que eso es grande de su parte pues nosotros nos comportamos como esposas infieles que aunque lo tenemos todo con él buscamos las cosas de afuera, prostituyéndonos por las calles del pecado. Aun así él permanece siempre fiel en su amor y sobre todo nunca pierde la esperanza y la fe de que un día regresaremos de nuevo al hogar de donde un día salimos. “Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó”. Lc 15: 20

Que tremendo es todo esto. Ahora reflexionemos en el último párrafo: “Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres” Si verdaderamente creemos en sus promesas, entonces debemos de creer que si él nos dice que permanecemos en él, entonces no importa que tan hundidos estemos en el fango, que él tiene el poder para sacarnos de ese lugar. Debemos de ser inteligentes como Pedro que un día se atrevió a caminar sobre el agua y en el momento en el que dudó, clamó con fervor al Señor “¡Jesús ayúdame!” y sin más Jesús atendió (Mt 14: 30-31)

¿Cómo podemos decir que creemos en él cuando nos dejamos hundir por nuestras tinieblas? Si se nos preguntara en este momento si creemos en Dios, estoy seguro que la gran mayoría responderíamos que sí; y si la pregunta fuera si creemos que él nos ama, nuevamente la respuesta sería abrumadora: “¡Claro que sí!” Pero la pregunta que se nos hace más difícil responder es la que nos pregunta: “¿Amas tu a Dios?” Por supuesto que la respuesta va a ser de la boca para fuera por tanto que nuestras acciones son completamente diferentes de lo que decimos.

Cómo pretendemos decir que somos libres porque Jesús nos ha dado la verdadera libertad cuando no vivimos de acuerdo a esa libertad que decimos tener. Es qué vivir libres en Jesús es abrirnos al perdón y la reconciliación. Veamos cómo es que al vivir con odios y rencores, con iras y desprecios, que son enfermedades interiores, nos llevan a enfermedades físicas. La verdad es que las dos están unidas una con la otra. Un día una hermana que cayó enferma de cáncer y ya a punto de morir, se abrió a la reconciliación y al momento en que perdonó, sanó de su cáncer. No es una historia que me estoy inventando en este momento. Para llegar a esa sanidad, ella tuvo que vivir su propio Egipto; al principio se comportó como el Faraón con terquedad y rebeldía. Le decían que debía de perdonar a aquella persona que le había dañado y que eso le daría el descanso que tanto estaba ansiando. Luego de las plagas que iban una a una acabando con su vida, llegó a encontrarse con ella misma en la oscuridad de su alma y al llegar el momento culmen, al instante de su muerte, se dio cuenta que había vivido por años encadenada al peor de los pecados y que estaba encadenada y entonces pasó de ser Faraón a ser hija de Dios. Fue entonces que aceptó que Dios le quitará esas cadenas y ahora después que le dijeron que solamente le restaban unos días de vida, ella vive anunciando el poder de Dios.

Eso es lo que nosotros debemos de vivir a cada instante en nuestras propias vidas. ¿Cómo no creer en su amor? ¿Cómo no rendirnos a él? El es nuestro refugio y nuestra fortaleza. El siempre está con nosotros, es nuestra Roca y Salvación. Porque él es grande y la razón de todo nuestro ser. No podemos ir proclamando que él es el Señor libertador si no vivimos un verdadero señorío en nuestras vidas. Es fácil ver lo que viene de la carne y para la carne todo es fácil, pero si decimos que amamos a Dios, entonces los poderes de la carne no tienen dominio sobre nuestras vidas.

Nos dice Juan 8: 47: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; ustedes no las escuchan por qué no son de Dios” Cuando nos dejamos conducir por la carne y sus muchos pecados, y aun así nos atrevemos a decir que no nos preocupamos pues Dios de todas maneras nos ama, entonces estamos simplemente diciendo que nuestro dios es el Cochino pues a él si le gustan todas aquellas acciones que nos separan del amor del Padre.

¿De quién somos hijos? ¿Cuáles son nuestras actitudes y acciones hacia la vida y hacia los demás? Por supuesto que esto no es fácil. Todo tiene un esfuerzo y sacrificio, pero cuando ese esfuerzo y sacrificio se hace en pos de la libertad en Cristo, entonces todo lo demás viene por añadidura.

Reconocer que somos esclavos del pecado, es el primer paso hacia nuestra libertad. No pretendamos pedir nuestra libertad, cuando no estamos dispuestos a reconocer que hemos fallado a su amor. Recordemos nuevamente al hijo prodigo: “Finalmente recapacitó y se dijo: "¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados”

Eso es, debemos de recapacitar y ver nuestras realidades; preguntarnos cómo está nuestra vida y ver lo que hemos hecho con ella. ¿En dónde nos encontramos en este momento? ¿Qué necesitamos hacer o decir para devolvernos al Padre? Cada uno de nosotros sabemos la respuesta correcta a estas preguntas.

Nuevamente, podemos pensar que todo es difícil pues el hecho de cambiar nuestras rutinas significa que nuestros placeres dejarán de tomar control sobre nosotros y más aun cuando hemos vivido años esclavizados a esa cadena del pecado (cualquiera que este sea en nuestras vidas) Pero debemos reconocer que cuanto más pensemos en lo difícil que es, entonces será así. La realidad es que todo esto es fácil si nos dejamos conducir por el mismo amor de Dios. Jesús dijo: “Carguen con mi yugo y aprendan de mi, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana”. Mt 11: 29-30

Por supuesto que encontraremos baches en el camino, que la lucha será fuerte pues el enemigo no querrá que nos apartemos del pecado. Aun en nuestro propio hogar habrá conflictos que nos tratarán de separar nuevamente de su libertad, para volver al libertinaje. No permitamos que esas luchas nos hagan caer nuevamente en las garras de esa esclavitud de la que un día salimos; dejémonos conducir por el Señor que es a final de cuentas, el verdadero camino, verdad y vida. Jn 14: 6

La próxima semana hablaremos de la “Liberación.” Puedes leer estos otros dos blogs que te pueden ayudar en tu proceso cuaresmal: Cuaresma parte uno y Cuaresma parte 2

Bendiciones

René Alvarado