La oración del servidor

¿Qué es la oración del servidor?

Primero que nada debemos de comprender que la oración no es un simple rezo que se hace para sentirnos bien o para que Dios nos haga un milagro.

Nunca debemos de tratar a nuestra oración en una manera sumulística y desganada y muy en especial, si somos servidores, pues somos nosotros los que debemos de dar el ejemplo de gente orante.

No podemos simplemente repetir versos ya escritos con anterioridad, que aunque son buenos y nos ayudan a la meditación y a acercarnos a la presencia de Dios, estos no tendrán sentido y ni forma alguna en el corazón, sino dejamos que nuestro espíritu nos tome de esos rezos a una oración profunda que nos lleve a la adoración y exaltación de su Nombre que es por esencia “Santo”

Pongamos por ejemplo; cuando rezamos el Rosario, lo hacemos como si esto fuera una carrera de caballos, a la que adherimos una gran lista de letanías que ni entendemos y ni siquiera profesamos. No podemos decir que ya oré, cuando solamente apostamos a que Dios nos conceda un milagro con el rezo simple y sin sentido.

El verdadero servidor es aquel que está dispuesto a dedicar su vida a la oración, en cada momento y muy en especial, en un instante en el que podemos dejar un tiempo a solas con el Señor. Jesús mismo les pide a sus apóstoles que lo acompañen a orar una hora (aunque fue más por eso se durmieron) y más, sin embargo, las tres veces que regresó a ellos, los encontró dormidos: “Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: « ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.»” Mc 14:36-40

Debemos de hacernos esta pregunta: ¿A dónde me lleva el rezo y a dónde me lleva mi oración? (dejar un momento para ello)

Hay dos caminos en nuestra relación con Dios y de esto ya se ha hablado en numerosas ocasiones. Pero debemos de comprender que el rezo nos lleva por quebradas que otros ya han trazado por nosotros y por lo tanto el rezo de por sí no nos lleva a un compromiso real, como lo hace la oración que se hace con un corazón plenamente abierto a lo que Dios en su amor, predisponga para los que nos decimos llamar servidores.

Es que es realmente un compromiso que se adquiere al doblar nuestras rodillas y postrar nuestro rostro en tierra, en un acto de humildad y de entrega total. Ahora que si hablamos de compromiso, entonces debemos de entender que el “compromiso” al que nos adentramos es el de simple y sencillamente: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos” Mc 12:29-31 Que fácil; y es a esto a lo que nos comprometemos.

El problema es que casi siempre olvidamos que la oración es lo que nos acerca a profundidad al amor del Padre.

El Nuevo Catecismo de nuestra bendita Iglesia católica nos dice en el número 2697: “La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (San Gregorio Nacianceno). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se hace, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración”

Allí está. La oración del servidor debe ser actual y en el momento ser creada, no con un libro y un lápiz, pero con el corazón.

Pero además debemos de entender que el compromiso de amarle, significa que la misma oración nos llevará a reconocer que debemos de sufrir consecuencias con experiencias que al momento las sentiremos negativas, pero que al final del proceso y mediante nuestra constante oración, nos llevará a una vida nueva y más fiel a su voluntad. (Esto lo compartiremos en detalle en el tema “La oración del Señor”) Además en la manera en la que profundicemos en la oración y comprendamos mejor nuestro compromiso adquirido, entonces entenderemos también que simplemente doblar nuestras rodillas no será suficiente, cuando vemos las necesidades por las que atraviesan todos los miembros de nuestra familia, los hermanos en nuestra comunidad y los necesitados de nuestra sociedad. Porque es fácil y cómodo solamente orar, cuando vemos que nuestra familia se pierde en violencia doméstica y nuestros hijos se ahogan en drogas y pandillas; en prostitución y en las cárceles. Claro que Dios obra, pero él necesita de nuestra acción. Jesús mismo fue acción. Él oraba y actuaba. No se conformaba con solamente decir: “Abbá papito”, sino que ponía en acción el plan perfecto de amor del Padre para la humanidad.

Jesús empezó su misión en medio de su familia (bodas de Caná Jn 2:3-8) y luego en medio de su sociedad (aunque en un par de ocasiones se salió para obrar de acuerdo a la fe Mc 7:24-30) Por lo tanto nuestra oración debe de ser complementada con la acción de nuestras vidas, dando un claro ejemplo de lo que vivimos.

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los «pequeños», a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino” NC 2660

Pero para ello debemos también reconocer que la oración es un campo de batalla en el que los participantes son los espíritus del mal (Efe 6:12) y nosotros, fortalecidos en el Espíritu Santo. También nos damos cuenta que en esas luchas que empiezan en el corazón, continúan en la mente (psicosis) Es que el enemigo es bien astuto y se hace uso de todas las herramientas disponibles para contrarrestar nuestra oración, para ir aniquilándonos de a poquito en poquito. Es que en medio de la oración que se hace profunda, más profunda se hace la batalla con el enemigo, hasta el momento en el que dejemos de ser nosotros los que peleamos y dejando que sea el Espíritu del Señor el que tome control de todo cuanto sea la comunicación con Dios.

El enemigo va a sacar a relucir todo aquello que hemos hecho hasta el momento y aun más las cosas que tenemos ocultas en lo más intimo de nuestro ser, en donde pensamos que lo ocultamos al Creador, el enemigo lo conoce a plenitud y aunque el Señor lo sabe y desea que por nosotros mismos lo confesemos, al no hacerlo, el mismo enemigo lo confiesa por nosotros y en ello nos deja con vergüenza y por ende con cargo de conciencia y ello nos lleva a mejor no seguir con la oración.

Pero nuestra oración debe de ser de fe, confiando plenamente que el Señor está a nuestro lado y que la batalla ya está ganada y creer en su palabra y en su amor que salimos victoriosos por su amor que nunca nos deja ni abandona.

Entonces para reconocer que la batalla ya está ganada, tenemos que creer a ciegas y por lo tanto, debemos de preocuparnos simplemente por hablar con él, mientras que los ángeles nos protegen de día y de noche, pues ellos nos rodean como un muro protector en contra de los ataques incendiarios del enemigo. Por eso nuestra oración debe de ser alabando y glorificando su nombre que esta sobre todo nombre (Fil. 2:9-11)

“La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El «combate espiritual» de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración” NC 2725 (ver también 409 y 2015)

Cuanto más oremos, más consientes debemos de estar que la oración nos lleva a una vida diferente; Especialmente debemos de comprender eso en la medida en la que nos vamos profundizando en el servicio que prestamos como líderes que nos creemos capaces de dar de lo que recibimos en medio de la oración.

Al final de cuentas la oración puesta en acción nos encamina por el camino que nos lleva hacia la santidad. Esa santidad la alcanzaremos el día en que el Señor decida levantarnos en gloria, pero no sin las tribulaciones que esto acarrea, pero el servidor que vive en constante oración, hace de su vida una oración expresada en la manera en la que se relaciona con los demás.

Las expresiones de fe se hacen vida en la profundidad de nuestra oración, una que se hace sin distracciones materiales y sin dejar que la oscuridad de este mundo nos aparte de la luz que encontramos en Jesús al colaborar con la obra ha la que hemos sido llamados a realizar.

No nos dejemos conducir por los desvíos que no nos llevan a ningún lugar, que aunque parecen reales, no son más que senderos de oscuridad, iluminados solamente con las distracciones del mundo, así como las luces neón iluminan a baja intensidad, de la misma manera nos dejamos conducir por el mudo que nos rodea, con sus preocupaciones, con sus debilidades y sus astucias cuando nuestra oración en ves de ser profunda, se conforma con rezo pre escrito que en el instante de ser puesto en papel; al autor le sirvió en un momento determinado de su vida, pero que a nosotros no nos servirá, pues todos somos uno, creados individualmente (ni los gemelos son idénticos) por las manos de Dios y por lo tanto somos nosotros los que debemos de escribir en nuestro corazón lo que vivimos en el camino que nos lleva a la santidad (Jn 14)

En ocasiones y por causa de lo que nos pasa en la vida, podemos experimentar que nuestra oración no es lo suficientemente “buena” y por ende empieza una nueva lucha entre el orar o no orar, pues mi oración está fría o porque cada ves que oro, siento escalofríos o miedos y así decidimos mejor no orar y vence más el miedo y la frialdad que el poder del Espíritu del Señor.

Por último, al reconocer que la oración nos lleva a un compromiso, debemos de aceptarlo y también despojarnos de todo cuanto somos y cuanto tenemos para alcanzar una vida completa en el servicio que brindamos. No nos sintamos decepcionados, ni tristes, ni desanimados al aceptar el compromiso de dejarlo todo. Dios nos da la oportunidad de ser pobres de espíritu (Mt 5:3) En el momento en el que digamos: ¿Para qué orar?, entonces estamos dejando que el enemigo rompa las filas de los ángeles que nos protegen. No porque ellos no sean fuertes, si no que es porque nuestra debilidad hace débil nuestras defensas.

“Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos «muchos bienes»; decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración… La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos” NC 2728

Que hermoso es ver cuando el buen servidor reconoce el verdadero significado de la oración y a lo que orar nos lleva. Nunca podremos ser verdaderos fieles servidores, cuando no hablamos con Dios. Nunca podremos predicar un mensaje verdadero cuando la verdad no mora en nuestros corazones. Nunca podremos predicar la luz de Cristo en nuestro hogar y comunidad, cuando la luz de Cristo está ausente de nuestro corazón.

Orar para creer y creer para obrar. Si no oramos no veremos la gloria de Dios y por más que hagamos como servidores, se quedará solamente en actos vanos como los rezos. Al contrario la oración hecha con fe nos lleva a la vida eterna. ¡Amén, gloria a Dios!

Jesús nos invita a buscarlo en Espíritu y verdad

El orar en Espíritu y en verdad

La Biblia nos relata una historia bien interesante sobre lo que es buscar al Padre en Espíritu y verdad: “Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.»” Jn 4:23-24 (leer desde el verso 5 al 24)

¿Pero qué significa ese adorarlo en espíritu y verdad? Pues significa que estamos vinculados a él en conciencia, pero no obligados a él. Es decir que nuestro ser interior estará unido a él, pero sin ser forzados. Y el mismo Señor Jesús nos lo enseñó, dándose a sí mismo y mostrándonos su vinculación con el Padre, no forzadamente, sino que en una manera humilde, no obligado, pero con el libre deseo de hacerlo.

Por otro lado tenemos que estar conscientes que al adentrarnos a la oración interior, estamos aceptando voluntariamente tener ese encuentro personal con Jesús, así como él tuvo ese encuentro personal con su Padre. Veamos por ejemplo el Evangelio de San Lucas 22:39-42: “Después Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación» Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, y doblando las rodillas oraba con estas palabras: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo”

Que hermoso encuentro de Jesús con Abbá papito. Se debe llegar a tal punto que podamos dialogar con él de tal manera que en nuestro interior podamos descubrir el deseo fecundo del Padre para nuestras vidas. Y claro eso significa sacrificio y entrega total, aceptando lo que él disponga y no lo que nosotros queramos de él.

En nuestra oración buscamos no como Dios me puede agradar a mí, sino: como yo puedo agradar a Dios. Además recordemos que a Dios no lo debemos de buscar solamente en la algarabía (bullicio desordenado) y en medio de la euforia, más bien debemos buscarlo en el silencio de nuestras almas, ya que es ahí en donde verdaderamente podremos escuchar su Palabra. “La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre” NC 2611 (Mt 7, 21)

En la alabanza le cantamos y nos llenamos de alboroto y romanticismo; Más no debemos de quedarnos en ese momento. Tenemos que ir profundizando y poco a poco ir del canto alegre y precipitado, al momento de introducirnos a la presencia del Espíritu Santo. Es decir dejar que sea el mismo Espíritu del Señor, el que tome control de nuestra oración. (Rom. 8:26)

Hay que soltarnos al Espíritu de bondad, desistiendo de nosotros mismos para que él ilumine nuestro ser y, que sea él el que nos introduzca a la verdad total en medio de nuestra oración.

La pregunta que posiblemente nos estamos haciendo en este momento es: “¿Qué verdad es la que encontramos en nuestra oración?“ Pues la de conocer al Padre que nos aparta de nuestra condición material y nos acerca a su presencia como el Padre Bueno que atiende a nuestras súplicas, desde la parte más profunda de nuestros corazones (1 Cor. 2:11-12)

Es en éste momento, en el que tenemos la oportunidad de abrirnos completamente ante su presencia. Es aquí en donde posiblemente algunos de nosotros dejaremos que el Espíritu mueva nuestras lenguas y hablemos en idiomas en los cuales el mismo Espíritu nos conceda para hablar con el Padre (Hc. 2:1-4)

Es aquí en donde nos preparamos para el siguiente paso de la adoración. Aquí dejamos todo nuestro dolor, angustia, pena, sufrimiento o alegría, para no pensar en nada más en querer iluminar nuestro corazón con la presencia de Dios. Es el momento en el que dejamos nuestras peticiones a un lado y vamos adentrándonos más al amor del Padre.

De alabanza a la contemplación

Hay unos puntos que tenemos que tomar en cuenta cuando nos iniciamos en el camino de la oración.

La alabanza

La adoración

La contemplación

Es bueno mencionar que el método que usemos personalmente, puede ser muy distinto al que aquí nos referimos, pues cada uno de nosotros llevará una vida de oración muy diferente de otras personas y, la experiencia a su vez será distinta una de la otra.

Debemos notar también que el deseo de orar debe de ser sincero, exponiendo todo lo que somos al Padre. Recordemos que podemos engañar a muchas personas, e inclusive podemos hasta engañarnos a nosotros mismos, pero a Dios nunca lo podremos engañar. Él nos conoce mejor que nuestras propias madres. Dice su palabra: “Escúchenme, islas lejanas, pongan atención, pueblos. Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre, conoció mi nombre desde antes que naciera” Is. 49:1. Por lo tanto seamos sinceros ante la presencia del Señor.

La alabanza

Es la manera usual en la que empezamos nuestro diálogo con el Padre. Es aquí en donde comenzamos a calentar el motor del vehículo que nos llevará hacia la presencia de Dios. “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que él es” NC 2639. Es a través de los cánticos y de nuestra unión en la alegría del espíritu, como podemos dar inicio a una oración profunda, agradeciendo al Señor su inmensa misericordia por cada uno de los momentos en los que él ha obrado por nosotros.

Es éste el paso que necesitamos muchos de nosotros, para quebrantar el hielo de los corazones. La alabanza es la manera en la cual integraremos nuestro espíritu con el Espíritu del Padre, preparándonos interiormente con el deseo de dialogar con él y el deseo de visualizar su rostro (Fil. 4:4-7) Como nos dice el Santo Job: “¡Ojalá que mis palabras se escribieran y se grabaran en el bronce, y con un punzón de hierro o estilete para siempre en la piedra se esculpieran! Bien sé yo que mi Defensor vive y que él hablará el último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a Dios. Yo lo contemplaré, yo mismo. Él es a quien veré y no a otro: mi corazón desfallece esperándolo” Job. 19:23-27

Desde el momento de la alabanza, nuestras almas empezarán a disfrutar de la presencia del Padre en el Espíritu Santo, lanzando nuestra oración al Señor en una acción de gracias y llenando nuestro ser de un gozo tal que podremos desde el mismo inicio experimentar a Dios obrando desde ya, en nuestras vidas (Sal. 68:33-36; Ex. 15:11-18)

La adoración

Es la primera actitud de nuestro espíritu al reconocer que hablar con el Padre a través de Jesús, lo hacemos libre de todo pensamiento material y que lo reconocemos en el silencio de nuestros corazones, un momento lleno de entrega y humildad, aceptando su Espíritu de amor y bondad en lo más profundo de nuestro ser, teniendo en cuenta que somos sus hijos amados.

Es éste el momento en el que el Espíritu conduce nuestras almas a la exaltación del Padre. Es el tiempo en el que lanzamos palabras llenas de humildad, reconociéndolo como el verdadero Dios; como el verdadero Señor de nuestras vidas; como el que nos muestra su imagen preciosa, con los brazos abiertos y diciendo a nuestros corazones “¡Hijo te amo, hija te amo!“

Podemos reconocer a través de la adoración, que él está verdaderamente ahí al lado nuestro y que con nuestras palabras, exaltamos su nombre alabándolo y glorificándolo en lo más íntimo de nuestro ser (Sal. 96:1-7)

Adorarlo es hacerlo nuestro verdadero Padre, es saber escucharlo y saber atender a su voz en nuestros corazones; Es poder palparlo y abrazarlo en medio de nuestras penas, dolores y sufrimientos; Es decirle un “¡Te alabo y te exalto, porque tú eres mi Dios y mi Señor! “ Es poder derramar lágrimas de alegría; es extender nuestros brazos y cantarle aleluya desde lo más profundo de nuestro corazón; Es poder decirle Abbá papito; es injertarnos en toda su grandeza y proclamarlo Rey de reyes y Señor de señores.

“Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la «nada de la criatura», que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en la Magnífica, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.” NC 2097

La contemplación

Es el momento en el que profundizamos en nuestro diálogo con el Padre, el instante en el que contemplamos el rostro del Señor.

Hablar de contemplación significa que, nos dejaremos llevar por la presencia de Dios, experimentando el estar a su lado, desde el punto más profundo del corazón, en el silencio de nuestras almas.

Es por ello que muchos de nosotros no alcanzamos éste nivel de oración. Nos esforzamos en pensar como Dios nos va agradar y no guardamos el silencio necesario.

Contemplarlo es vernos anonadados ante su presencia, es no pensar en “yo y Jesús “, sino en el Jesús total.

En la oración de contemplación, buscamos siempre a Jesús a quien no se le tiene que dirigir palabra alguna para poder disfrutar de su presencia. Más bien, se trata de verlo y de escuchar su voz en nuestro corazón (Hc. 2:25-28) Porque si es cierto que a Dios no se le puede ver, también es cierto que lo podemos contemplar a través de ver a Jesús, pues “él es la imagen del Dios que no se puede ver” Col. 1:15.

Es en éste momento en el que podremos experimentar su real grandeza, dirigiéndose a nosotros con amor y ternura. Es poder ver su imagen reflejando su Luz eterna sobre nosotros, sembrando en nuestros corazones un espíritu de paz y de armonía.

Qué más se podrá decir de este momento tan especial, si no lo vivimos, si no lo experimentamos nosotros mismos, nunca podremos descifrarlo a plenitud.

Entonces diremos que la contemplación es el momento más importante dentro de la oración, pues ella nos lleva directos a la presencia de Dios por medio de Jesús a través del Espíritu Santo.

Para terminar esta sección, tenemos que recordar dos aspectos importantes dentro de la vida del servidor de Dios: 1. Que somos sus hijos y 2. Que tenemos que vivir, una vida constante de comunicación con él. Voy a recordar nuevamente esto: “No podemos ser fieles servidores, cuando solamente nos dedicamos a hablar de Dios a los demás” Por el contrario, nuestro deber como cristianos servidores es el de tener un diálogo constante con el Padre, para poder llevar su mensaje de salvación a la humanidad. Tenemos que vivirlo y disfrutarlo en la oración, para trasmitir esa misma alegría a los corazones que están en necesidad de experimentar la paz y la alegría del Señor.

“Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y prosigan sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo a favor de todos sus hermanos” Ef. 6:18

La búsqueda de Dios se hace más profunda cuando lo buscamos no en una vida material y mundana, más bien, en nuestro propio espíritu, porque esa es la realidad de nuestro servicio y si no comprendemos esto, ¿entonces qué tipo de servidores somos?

La Eucaristía como centro de nuestra oración

Bueno, una de las muchas maneras, en las cuales podemos experimentar la presencia del Señor en nuestras vidas, es por medio de la Santa Eucaristía (la más importante) Un buen servidor, tiene que ser consciente de la importancia de comulgar constantemente, pues el hecho de hacerlo, nos acerca más a Dios, ya que en el Cuerpo de su Hijo Jesús, encontramos su bendita presencia y al comulgar, estamos diciendo: “Sí Padre te amo y en tu amor me refugio”.

Un buen servidor tiene que tener presente que antes de estar al servicio de Dios, antes de servirle a los demás, antes de visitar enfermos, asilos, cárceles, tiene que primero que nada estar en comunión con el Padre. Te imaginas tú que estás invitando a todo el mundo a una gran cena para celebrar tu aniversario de bodas y preparas comida para toda la gente y de todas las invitaciones que has mandado, solamente unos cuantos se aparecen. Cómo te sentirías con esa respuesta de tus amistades. Y lo que más dolería sería que los que no asistieron, empezaran a hablar de tu fiesta, sin siquiera ellos haber estado en ella.

De la misma manera hermano, si asistimos a la comunión, si asistimos a compartir el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestra conciencia tiene que estar limpia, pues si vamos a comulgar en pecado, eso mismo nos llevará a nuestra propia condenación. Como nos dice la primera carta a los Corintios 11:26-29 “Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo”

Cuando uno vive con conciencia intranquila, puede llegar a cometer errores que luego vamos a querer quitar de nuestras vidas, pero que por el tiempo que llevamos en ello, se nos hace difícil de hacerlo. Es decir que cuando nosotros vivimos en constante pecado, cualquiera que este sea, ello nos aparta de la presencia de Dios.

Dios se dio a sí mismo por amor. Él, en su grandeza, se partió por cada uno de nosotros. “Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía” Lc. 22:19

Tomó el Pan y lo partió. El amor del Padre no se queda reflejado solamente en la Cruz del Calvario. ¡No! Su amor eterno lo plasmó en el momento de la consagración de la Santa Eucaristía.

Muchos de nosotros los servidores, no creemos en el poder de la comunión. No logramos muchas veces comprender el poder sanador y salvador del Cuerpo y la Sangre. Por eso es que venimos a servir, no más por servir, sin experimentar a plenitud su grandeza en nuestras propias vidas.

Cuando reconocemos su poder, cuando podemos experimentar su bendita presencia en medio de esa consagración, es cuando verdaderamente vamos a servir al Dios verdadero y no al dios que nosotros inventamos, al que decimos servir.

Además si decimos que creemos en ese Cuerpo partido, pero no comulgamos, entonces verdaderamente no lo creemos. Debemos de ser honestos con nosotros mismos y honestos con los hermanos a los que servimos. Qué clase de ejemplo estamos poniendo a los demás, cuando nosotros mismos no hacemos lo que predicamos. Recuerda Jesús puso un ejemplo claro. Él hacía lo que predicaba. Cuando él dijo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes… ” Él cumplió lo que dijo. Él no se anduvo con tantos cuentos. Él no predicó, solamente para que el pueblo dijera: “que bonito predica” Él predicó con su propio ejemplo y por lo tanto si nosotros nos decimos servidores o discípulos del Señor, tenemos que estar plenamente viviendo lo que estamos predicando.

¿Cuántos de nosotros, solo llevamos almas a los pies de Jesús y no venimos nosotros mismo a sus pies? No es posible que tanto tú como yo, no vivamos de acuerdo al Evangelio, de acuerdo a la voluntad de aquel que es Todo poderoso.

Jesús mismo lo dijo: “Hagan esto en memoria mía” Pero qué es lo que está pasando con nosotros. Qué es lo que está verdaderamente sucediendo en nuestras vidas que ya no nos importa la presencia de Jesús en la Santa Eucaristía. Tanto así estamos, que cuando servimos, decimos que estamos con un corazón entero y dispuesto a ser, su santa voluntad, pero vivimos nuestras vidas sin compartir su Cuerpo y su Sangre. Esto hermano de mi corazón es falsedad.

Si tú estás viviendo en pecado y sabiéndolo, de todas maneras le sirves al Señor, Tu servicio, será tomado en cuenta, pero no sé si verdaderamente entrarás a la tierra prometida. “Y le dijo Yahvé: «Esta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, y juré que se la daría a su descendencia. Dejo que la veas con tus propios ojos, pero no entrarás en ella» Allí murió Moisés, siervo de Yahvé, en el país de Moab, conforme Yahvé lo había dispuesto” Y todo por una desobediencia de Moisés.

Si estás en pecado, te invito a que te confieses y con un corazón arrepentido, vengas hoy a entregarte a Jesús, compartiendo su cuerpo y su Sangre.

Si tú no estás casado, hoy te invito a que te cases, y así en compañía de tu cónyuge, puedan juntos experimentar la presencia bendita del Señor.

Un verdadero servidor, es aquel que, con un corazón abierto se humilla ante su presencia y arrepentido de sus pecados, comparte su Cuerpo y su Sangre. Ese Cuerpo es el que nos da las fuerzas para seguir adelante. Esa es la Sangre de la Nueva alianza. Esa Sangre que es el manantial de agua viva, de la cual ya nunca tendremos más sed.

La Santa Eucaristía es “El alma de todo apostolado” NC 864 Es decir que sin compartir su Cuerpo y su Sangre, nunca podremos verdaderamente participar de un apostolado total y real.

“Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu; incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor” NC 901

Dios Padre es un ser de amor y sobre todo de mucha paciencia con sus hijos amados. Él siempre está en espera a que retornemos a él y qué, como invitados especiales, disfrutemos de su Carne y su Sangre en plena acción actuando en nuestras propias vidas.

Ya no sirvamos a medias, pues aunque consagremos nuestras vidas al servicio del Señor, pero si no comulgamos, entonces ¿cómo podremos verdaderamente vivir ese servicio que prestamos a los demás?

“Nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo” NC 1000 En ella, podremos verdaderamente alcanzar la vida eterna. Ella es como un anticipo de la gracia divina en nuestras vidas de alabanza y oración y nos acerca más y más a nuestra morada eterna, la Nueva Jerusalén. Ala vez, nos prepara con anticipación para el día de la resurrección. “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección ” NC1000

En la Eucaristía, podemos encontrar la respuesta a nuestras propias necesidades, y consagrados en ella, podemos a su vez, encontrar la paz anhelada en nuestro corazón.

“Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con él llenos de gloria»” (Col 3, 4) NC 1003

Por lo tanto podemos decir entonces que la Santa Eucaristía, es el centro de nuestra vida cristiana y, sobre todo es el centro de nuestra propia vida en Cristo Jesús.

¿Quieres alcanzar la vida eterna? ¿Quieres servir a Dios todo poderoso? ¿Quieres que él haga prodigios y grandes milagros por medio de ti? Si tu respuesta fue sí a todas estas preguntas, entonces es necesario, que no solamente prediques y le sirvas como cualquier otro o como hermano separado. Tienes que servirle realmente en cuerpo, alma y espíritu. Recuerda que Juan nos dice en su Evangelio: “Llega la hora y ya estamos en ella en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” Jn. 4:23

Dios nos quiere enteros a su servicio y no a medias. Lo vuelvo a repetir: “si no estás comulgando, tu servicio esta a medias” No hay excusa para el católico consagrado, para no comulgar. No hay manera de evadir la verdad y la realidad de nuestro servicio. Solamente cuando compartimos el Cuerpo y sangre de Cristo Jesús, es como verdaderamente serviremos a plenitud y con entera confianza traeremos almas a los pies de Jesús, pues nosotros vivimos lo que estamos predicando.

Yo sé que es duro lo que estamos leyendo, pero así como es de duro, así de plenitud, será nuestra ida al cielo y sobre todo de mucha alegría en el momento en el que frente al rostro del Padre, podamos decir: “Padre misión cumplida ” ¡Amén! ¡Aleluya!

Entonces hermano confiesa tus pecados y comulga para la gloria del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La oración del Señor

“El Hijo de Dios hecho Hijo de la Virgen aprendió a orar conforme a su corazón de hombre”. NC 2599

Jesús oró en todo momento. Antes de un milagro (Mt. 15:35-36) Durante su martirio en la Cruz del Calvario (Mc. 15:33-34) El Señor nunca dejó la comunicación con el Padre. Inclusive en los momentos en que pareciera que no mucho le interesaba los dolores de los demás, él siempre estuvo orando (Jn. 11:21-22; 38:44)

El Señor siempre oró confiado en que el Padre lo escuchaba siendo toda su oración llena de entrega y humildad, dejando que fuera Dios mismo, quien obrara desde antes que se lo pidiese (Jn. 11:41-43)

A pesar de su humanidad, Jesús nunca se dejó llevar por las circunstancias que le rodeaban, ni por los problemas, cansancios ni dolores (Mc. 4:35-40) Él siempre sostuvo la comunicación con el Padre hasta el máximo, dando su propia vida por obedecerle. De la misma manera nuestra vida de oración debe de consistir en entrega y sacrificio, en obediencia y en amor (NC 2549)

Jesús nos enseña que debemos de confiar plenamente en el Padre, que nunca vengamos a él sin creer que lo necesitamos, él ya nos lo a concedido (Mt. 6:6)

Además el Señor también nos enseña que debemos tratar de alejarnos del bullicio del mundo. Que constantemente busquemos los lugares más silenciosos. Él, aprovechó a plenitud esos momentos a solas con el Padre, compartiendo su oración humana, en medio de sus debilidades y angustias, (Lc. 22:41-42) pidiendo constantemente por cada uno de sus seguidores y por las necesidades de su pueblo (Jn. 17:9-11)

Jesús nos pide que dediquemos tiempo para nuestra oración personal. Que por un momento nos apartemos de lo que nos rodea y que sin desanimarnos doblemos nuestras rodillas para hablar con el Padre que escucha y que atiende a nuestras súplicas y que nos aparta de las tentaciones del enemigo (Mc. 14:37-38)

Uno de los aspectos más importantes de la oración de Jesús es que nos guía a la presencia del Padre a través de la oración de contemplación, es decir que nos lleva a un acercamiento más directo con Dios, hasta el punto tal que podemos lograr visualizarlo en el mismo Señor Jesucristo (Jn. 14:7-14 y Col 1:15)

Si verdaderamente deseamos llegar a éste momento, debemos reconocer que a Dios se le busca en los buenos y en los malos momentos. Hay quienes lo buscan solamente cuando se encuentran enfermos o porque sus hijos tienen problemas, etc., olvidándose de él cuando se encuentran bien.

Es por ello que se hace muy difícil para muchos de nosotros lograr comprender del por qué estamos en tal situación (de enfermedad o dolor), y por más que pedimos al Padre que nos sane, es como que él no nos escucha. Pero debemos de aprender a perseverar en esos momentos de angustias, penas o enfermedades, sin preocuparnos del por qué Dios no nos atiende, más bien dándole gloria por los momentos difíciles que atravesamos.

Santa Rosa de Lima, oraba de la siguiente manera: “¡Padre, aumenta mis dolores, pero con la misma medida, auméntame tu amor! “ Su bella oración nos enseña que tenemos que ir más allá del tiempo o el momento en el que nos encontramos; y es precisamente en ese instante en el que verdaderamente nos acercamos más y más al Señor.

Por otro lado Jesús siempre estuvo atento a las necesidades de su comunidad. Cuando vio al gentío, les pidió a sus apóstoles que les dieran de comer y ellos respondieron que no tenían que y que la tienda más cerca estaba a unas cuantas millas de distancia. Pero Jesús les vuelve a insistir y pregunta que es lo que hay de comer: “Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, le siguieron a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida.» Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer.» Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.» Él dijo: «Traédmelos acá.» Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiéndolos, dio los panes a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” Mt 14:13-21

¡Que tremendo! Jesús les pide que ellos le den de comer, pero como iban a dar cuando no tenían ni ellos mismos. Jesús dio, porque él tenía una fuente inagotable y no porque fuera Dios mismo encarnado (de ser así él mismo se aprovecharía y no trataría de orar), más bien nos demostró que solamente con la oración podremos alcanzar lo deseado.

¿Estamos nosotros alimentando a nuestras ovejas? (dejar un momento para ello) Si no aprendemos de Jesús, en la manera en la que él siempre buscaba sus momentos a solas, nunca podremos nosotros realmente ser fieles servidores del Señor.

Aunque Jesús estuvo siempre rodeado de gente (gentuza), él siempre busco sus momentos a solas y eso lo vimos en la cita antes mencionada. Además lo podemos ver en los versos que continúan en ese mismo capítulo (Mt 14:22-25) Nosotros como discípulos debemos de hacer lo mismo. Retirarnos a nuestro lugar de oración. Este puede bien ser nuestro cuarto o tal vez nuestro rinconcito frente al Santísimo. Que sé yo. Lo importante es que estemos siempre abiertos a nuestra oración constate como la de Jesús y que si los apóstoles hubieran comprendido todo esto antes de que el Señor partiera, entonces bien hubiesen alimentado a toda esa gente. Si tan solo comprendieran que solamente por medio de la oración se alcanza lo deseado.

El momento crucial de la oración de Jesús fue allá clavado en el madero del Calvario, cuando con el dolor físico lo estaba terminando, levanto los ojos al Cielo y dijo estas palabras: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?», -que quiere decir- « ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Al oír esto algunos de los presentes decían: «Mira, llama a Elías.» Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: «Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle.» Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios.»” Mc 15:33-39

Eso es el momento crítico para nosotros los servidores que queremos imitar en todo al Señor. El problema es que solamente lo queremos imitar haciendo milagros, pero nunca doblando rodillas para alabarlo y glorificarlo. Oramos solamente para pedir y pedir y no para ensalzar su bello nombre


Comentarios

La oración del servidor — 4 comentarios

  1. mucho que aprender, pero mas importante ponerlo en practica y asi ser verdaderos servidores y testigos del evangelio. Gracias por publicar esta exelente.

  2. La oracion es la unica manera de unirnos a nuestro Padre Dios, y tener una relacion mas profunda.

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