Pentecostés

Pentecostés

Estamos celebrando un momento histórico muy importante dentro de nuestra bendita Iglesia católica. Celebramos 2019 años desde que el Espíritu Santo se derramó con poder. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios hacía la promesa en la que su Espíritu de Amor sería derramado sobre todo mortal. “Y después de esto: derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; sus ancianos verán en sueños, y sus jóvenes tendrán visiones. También sobre mis siervos y mis siervas, en aquellos días, derramaré mi Espíritu. Realizaré prodigios en los cielos y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo…Y sucederá que todo el que invoque el Nombre del Señor será salvo; porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá salvación — como dijo el Señor — y entre los supervivientes, a los que llame el Señor.” Joel 3: 1-5.

Dios siempre ha deseado nuestra salvación y por ende cumple su promesa en el nuevo Pentecostés. Él lo hace de una manera muy especial, lo hace por medio de su Hijo Jesucristo a quién envió como el Cordero sacrificado por el perdón de los pecados. En Cristo se cumple el deseo profundo del Padre de derramar su Amor sobre todo “mortal” sin descalificar a nadie ya sea por joven o viejo, hombre o mujer. Esto debe de ser causa de mucha alegría en nuestro corazón; saber que Dios en su grandeza se ha despojado a sí mismo por amor y no un simple amor platónico que se da de una persona a otra. Pero porque el amor humano es limitado, es por ello por lo que vivimos tristes y amargados. Aunque venimos a misa, comulgamos y nos damos de golpes en el pecho, nuestras vidas siguen tristes porque no logramos entender el Amor tan profundo de Dios en el corazón.

Jesús les dice a sus discípulos que no se alejaran de Jerusalén, pues el Padre enviaría al otro Consolador, el paráclito, que vendría a soltarlos de todas las ataduras que los encadenaban al miedo. Ellos obedientemente se quedaron en Jerusalén y encerrados por temor a ser ejecutados, oraban y cuando llegó el momento, el Amor del Padre empezó a derramarse con ese soplo divino, el “Ruah” de Dios.

Ahora, debemos de entender que, en ese preciso momento, existe una acción de parte de Dios. Recordemos que el Padre siempre está en acción (Gén 1: 1-2, Jn 5: 17) y, es precisamente esa acción que caracterizó el Espíritu Santo en las vidas de aquellos que estaban encerrados por miedo a los romanos. Fue en ese momento en el que llenos de esa efusión que se derramaba como lenguas de fuego, cuando empiezan a darse cuenta de que Jesús ha resucitado y que, si él está vivo, entonces hay que salir de la cueva para ponerse a trabajar.

A esto es lo que nos invita hoy el Espíritu Santo que se ha derramado en nuestros corazones. Debemos tener la plena confianza que Jesús ha resucitado y que su amor transforma nuestras vidas en una manera especial y que llenos de esa euforia, debemos de salir de ese rincón que nos tiene atados a la indiferencia hacia los demás. Debemos de salir para compartir ese amor eterno con el que el buen Padre nos ama (Jer 31: 3). Cuando los discípulos fueron bautizados en aquel fuego, empiezan a hablar en “lenguas”, lo que se conoce como “xenoglosia”. Ellos empiezan a predicar la Buena Nueva a los oyentes que asombrados los escuchaban hablar en su propio idioma (es lo que hacemos hoy aquí).  Pedro comparte con el poder del Espíritu para reunir a los pueblos en una sola lengua, la lengua espiritual que se traduce literalmente en amor filial y lleno de misericordia, sin ver color de piel o que tan pobre o rico pueda ser al que le compartimos ese amor.

Hoy día, vivimos en un mundo lleno de materialismo, en donde el rico es más rico, el poderoso más poderoso, dejando al borde de la muerte a los hermanos que, sin las condiciones debidas, viven en pobreza extrema, pisoteados por el dios dinero y marginado por aquellos que, aun llamándose cristianos, les latiguean, quitándoles el pan de la boca y el techo sobre sus cabezas. Así de triste es la situación de nuestro país. Hoy vemos más indigentes botados en las calles como desperdicio de la sociedad. Niños que, por la situación de desempleo de sus padres, viven y duermen bajo los puentes, sin futuro, mientras nosotros los bautizados, los llenos de gracia, nos complacemos con “amar” al que nos ama. Nos golpeamos el pecho en el Templo aparentando ser verdaderos santos y, al salir golpeamos a nuestros semejantes cuando estos nos piden dinero para comer o para pagar un motel para pasar la noche.

Nos emos vuelto fariseos, hipócritas que blanqueamos nuestras ropas y más, sin embargo, el corazón lo tenemos lleno de podredumbre. No hay acción de nuestra parte porque seguimos escondidos en nuestras habitaciones. Tenemos miedo de compartir con los que tienen piel diferente, con los que hablan diferente a nosotros y que poseen cultura diferente. Tenemos miedo de ser compasivos y misericordiosos. Criticamos y pelamos a los que no tienen nuestra posición social, por lo que no damos de comer al hambriento ni vestimos al desnudo (Mt 25: 31-45).

Después de esa efusión, Pedro y Juan caminan por las calles de Jerusalén y al llegar al Templo, se encuentran con un tullido de nacimiento que pide limosna. Pedro le ve con misericordia y le dice: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: ¡En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda! Y tomándolo de la mano derecha lo levantó, y al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos. De un brinco se puso en pie y comenzó a andar…” Hechos 3: 1-8. Pedro actuó de esa forma porque comprendió que el Espíritu de Dios le exigía una acción. Nosotros debemos de tener eso en cuenta. Necesitamos ponernos en acción si es que hemos sido bautizados con el fuego del Señor.

Debemos de darnos cuenta en el mismo ejemplo de Jesús. Él hablaba sí es cierto, pero, más que hablar él, actuaba en medio de su pueblo. Sanaba a los enfermos, resucitaba a los muertos de cuerpo y alma y daba libertad a los oprimidos (Lc 4: 18-21). Cuántos de los que estamos hoy reunidos aquí, podemos decir que estamos llenos de ese Espíritu de amor. Es que, si analizamos esto, nos vamos a dar cuenta que el Espíritu de Dios ya está en nosotros desde el mismo momento de nuestro bautismo. Quizá no hemos actuado como Dios manda porque la ignorancia nos ha tenido escondidos en nuestra habitación. Hoy es el momento en el que debemos de escuchar ese llamado de Dios a nuestros corazones. Dejemos que es efusión nos lleve a hablar en nuevas lenguas, en el idioma del amor, compartiendo con los enfermos, visitando cárceles, velando por los niños desamparados y los ancianos que se abandonan en asilos en los que los tratan como basura, compartiendo el pan con el hambriento, aceptando a los demás como aceptamos a Cristo Jesús para tenderles la mano derecha en los momentos de necesidad.

Que en este Pentecostés Dios Padre realice la obra en cada uno de nuestros corazones, rompiendo cadenas y ataduras para que, en esa libertad, podamos compartir la Buena Nueva con el mundo entero (Mt 28: 16-20). Amén, así sea. Emunah.

Comentarios

Nuevo año, nueva esperanza

Bendito sea Dios todo poderoso que nos permite la oportunidad de empezar un nuevo año, acompañado de la esperanza que nos da el Creador en que todo aquello que anhelamos podría realizarse, es sorprendentemente agradable para nuestras vidas.

Todo aquello que nos prometimos hacer este año que terminó y no lo pudimos lograr, se puede realizar con una nueva oportunidad en la que vamos a luchar para lograr lo que nos proponemos. Es que todo es posible para los que creemos. Esa es la verdad. Posiblemente se nos ha dicho una y otra vez que no lo lograremos, que no se puede, que es algo imposible porque no tenemos las capacidades intelectuales para lograrlo, pero todo eso se queda en el pasado. Hoy empieza una nueva carrera para lograr con positivismo todo aquello que anhelamos en la vida.

Quizá nuestro deseo es simplemente bajar de peso, tener un mejor empleo, un mejor sueldo, conseguir una casa para que nuestro sueño deseado se cumpla, o que nuestra enfermedad se cure. Pero, eso que anhelamos no lo es todo en la vida. Por supuesto que la gran mayoría de nosotros deseamos un mejor empleo, o una mejor casa, pero la realidad es que nuestras energías las desgastamos en cosas que si bien es cierto son importantes para la realización de nuestras vidas, no son lo que más nos debería de interesar. El problema es que nos hemos apartado de todo aquello que realmente importa como lo es, el amar y sentirse amado. El mundo nos impide pensar en ello y por lo mismo el amor ha desaparecido de nuestras vidas. Hoy amamos las cosas materiales (el dinero, el carro, la casa, etc.) sobre las personas; amamos más a los perros y gatos que nuestros propios hijos.  Es por ello que vivimos frustrados todo el tiempo. Quizá sea por ello que no logramos ser felices en la vida. Por ende, cada que termina un año queremos darle vuelta a la página y así, nos prometemos una vez más sin éxito, que para el próximo lo lograremos. En esta promesa de alcanzar lo que nos hará feliz, nos hace caer en una pestilente rutina que nunca nos llevará a realizarnos como personas capacitadas para ser felices.

El amar es tan importante como el mismo aire que respiramos. Cuando nos falta el oxígeno a nuestros pulmones sentimos morir, de la misma manera es el amor. El no sentirnos amados, es sentirnos despreciados y por lo mismo creamos en nuestro corazón un cierto vacío que deseamos llenar aspirando a cosas ajenas a nuestra naturaleza espiritual. Para algunos, el sentirse no amado, lo conduce a buscar el amor en medio de otros que experimentan el mismo sentido desalentador en sus propias vidas. Veamos por ejemplo mujeres que buscando sentirse amadas caen en las garras de hombres que, aprovechándose de su vacío, las envuelven en sus miserias, haciéndolas sentir basura y en eso piensan que el sentirse amada es ser abusada física y emocionalmente. Un día, Juanita, una mujer de 75 años y casada con Juvenal por 55, le dice a su esposo, “Viejo, siento que ya no me amas.” “¿Por qué dices eso vieja?” Le pregunta Juvenal. “Porqué ya no me pegas como antes…” Unos buscan llenar ese vacío en el alcohol, las drogas, la prostitución, el homosexualismo, el pandillerismo. Otros, se sienten atraídos por las ansias de poder. Para ellos el estar en control de la situación y de los demás les produce una cierta sensación de llenar su corazón, porque ellas estuvieron bajo control de alguien que las/los lastimo.

La realidad es que, por más que se busque con cosas externas llenar ese vacío, nunca se logrará precisamente porque son cosas “externas”. El vacío solamente se llena con el verdadero amor. No simplemente como un sentimiento ideológico preparado y manipulado por el hombre, sino más bien, provocado por el deseo de saberse valorado como ser espiritual. Esto significa que lo que nos va dar la satisfacción de experimentar la verdadera felicidad, será solamente cuando nos demos cuenta que el vacío lo podemos llenar solamente sintiéndonos nosotros mismos amados. Cabe expresar aquí, lo que hemos escuchado tantas veces y que más sin embargo nos cuesta asimilar: después de Dios, nadie nos va amar tanto como nosotros mismos.

Si nos damos cuenta de la profundidad de esto en nuestras vidas, entonces podremos realizar todas aquellas cosas que nos hemos propuesto por siempre. Porque el amor como una experiencia de vida, nos da lo suficiente para mantener viva la esperanza de un mejor futuro. El amarme a mí por mí, es una experiencia que nos lleva a un nivel de gracia que el amor del mundo como sentimiento no logrará conseguir jamás. Pero, el sentirme amado por mí, significa que tengo el poder de perdonar mi ser, por sentirme despreciado, por sentirme sometido(a) a los abusos de otros, por haber buscado en el alcohol, las drogas, el sexo desordenado, el homosexualismo, por el simple hecho de sentirme basura y, además, porque he cometido abusos en contra de mi persona, no solamente físicamente, pero que también los he cometido espiritualmente.

El perdón conlleva a la felicidad. Por otro lado, también debemos de sentirnos amados cuando aprendemos a perdonar a los que nos hicieron daño. Por muy grande que este daño haya sido o por muy profundo el dolor que el mismo nos haya causado, debemos de creer que hay algo más grande y poderoso que está en espera a que le abramos para que sane nuestras heridas y nos haga libres. Eso es el perdón que nos lleva al amor. Pensemos por ejemplo como el daño que nos hicieron se compara con un arbolito que se planta, pero que, en vez de ponerle agua, se le pone arena. El arbolito quizá de cierto modo crecerá, pero lo hará débilmente, se sentirá que por momentos se muere, pero que cuando deja que le quiten la arena acumulada y se deja regar con agua cristalina, ese arbolito olvidará por siempre que un día acumuló arena sin agua y crecerá hasta producir fruto y este en abundancia. Este arbolito permanecerá siempre firme, mientras siga siendo regado. Lo mismo sucede con nuestras vidas. El daño que nos causaron otras personas, se ha convertido en esa arena que no deja penetrar el agua para hacernos crecer. Si vemos hoy para atrás nos daremos cuenta que, si bien hemos crecido físicamente e intelectualmente, nuestro espíritu se ha quedado estancado en el dolor del pasado y, por consiguiente, sigue anhelando crecer en el amor. Hoy es necesario dejarnos regar por el amor, es decir, aprender a perdonar para crecer y producir frutos en abundancia. Esos frutos se verán realizados en nuestros propios hijos y de estos a sus hijos, rompiendo con ello aquella maldición que no nos permitía llenar el vacío de nuestro corazón.

Que nuestro propósito en este año que empieza, no sea nuestra prioridad simplemente perder una o dos libras, conseguir una casa nueva o un mejor salario, porque esas son cosas secundarias, más bien, busquemos como sentirnos amados y perdonados para amar y perdonar a los demás. Porque recordemos que las escrituras dicen: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán.” Mt 6: 33.

Feliz año nuevo y que la bendición del todo Poderoso los acompañe en este nuevo año.

Su hermano en Cristo

René Alvarado

Comentarios

Llamados a la santidad y madurez espiritual

La Madre Angelica, de EWTN dice sobre la santidad: “Dejarse cambiar es convertirse. Dejarse transformar es santidad.”

Cuando tomamos nuestra cruz para seguir a Cristo, estamos diciendo que no importa cuán grande es nuestro dolor o sufrimiento, que vamos confiados siguiendo a Jesús. Es que tomar la cruz y seguirle es encaminarnos hacia la santidad. Cuando hemos aceptado ese reto, entonces es cuando nos dejamos convertir por el amor de Cristo, pero eso no solamente se queda allí en una “conversión” ficticia y sin sentido porque, existen momentos en los que las realidades de la vida nos desaniman y entonces ya no queremos seguir cargando la cruz. Pero, cuando dejamos que esa cruz nos transforme, es decir que nuestro corazón confía plenamente en ese amor que nos sostiene, entonces sabemos que estamos dando los pasos firmes para la santidad.

Esa es nuestra misión primordial, la de alcanzar la santidad por medio de una transformación real de corazón y no simplemente de una “conversión” externa que no profundiza en el amor de Dios. El Nuevo Catecismo nos dice: “A los apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios.” NC # 873

Pero, ¿cómo realizaremos esa “misión”? Es más, ¿Qué es la misión a la que estamos llamados? Nos dice el Nuevo Catecismo: “Así, todo laico, por los mismos dones que ha recibido, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma “según la medida del don de Cristo.”” NC # 913

Todos y cada uno de nosotros recibimos un bautismo, que nos invita a hacernos partícipes del conglomerado de la Iglesia, sabiendo que cada uno tiene su parte integral en el Cuerpo. Recordemos lo que nos dice Pablo en la primera Epístola a los Corintios 12: 24-27, en donde expresa que, todos somos parte de un sólo Cuerpo místico de Jesús y que, aun siendo parte del mismo Cuerpo, todos somos diferentes, pero con la misma función de hacer que el Cuerpo se mantenga firme y saludable y no solo eso, sino que, además, es nuestro deber de vigilar que así como parte del Cuerpo, debemos de llevar una vida santa y sin mancha (Lev 19: 2; 20: 26), de la misma manera, vigilar también para que los otros miembros del Cuerpo lleguen a la misma santidad. En términos bíblicos, “santidad” significa “apartado para el Señor.”

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5: 3) y que como «elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia» (Col 3: 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (Ga 5: 22; Rom 6: 22). Pero como todos caemos en muchas faltas (St 3: 2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6: 12). LG 40

 

Llamados a la santidad

“La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (Rom 6: 22; Ga 5: 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración, individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños de los pobres y de los que sufren.” Christifideles Laici, (Exhortación apostólica post-sinodal de S.S. Juan Pablo II sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, 30 de diciembre de 1988)

En está exhortación, el papa nos hace la invitación a seguir fielmente a Cristo; a que nos demos cuenta que hay otros miembros del Cuerpo que están en mayor necesidad que la nuestra y que por lo tanto es nuestro deber como fieles seguidores y -ciertamente- exigidos por nuestro bautismo, a producir frutos de santidad, despojándonos de nuestros propios dolores y en ellos, llevar la palabra de ánimo a todos aquellos que sufren, transmitiendo el amor de Dios que nosotros ya vivimos.

“…y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu (por nuestro bautismo), y que su intercesión a favor de los santos es según Dios mismo. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.” Rom 8:27-30

En todos los ámbitos de nuestro servicio se encuentra el llamado a la santidad (Rom 12: 1). En el hogar, en la comunidad, en el trabajo, en la sociedad, etc. El problema siempre ha sido que, por las circunstancias de la vida, nos hemos transformado en egocentristas. Es decir que no vemos el dolor o sufrimiento en otros. Nos enfocamos en el “yo”: solamente yo tengo problemas, solamente yo tengo persecuciones, solamente yo me siento despreciado y criticado por lo que hago o en su lugar, por lo que no hago. Nos cuesta encontrar el camino a la santidad porque no vemos a Cristo en los demás. Nuestra búsqueda la hacemos por caminos oscuros, pedregosos y llenos de baches en vez de prender una vela para iluminar el camino que nos conduce a la gloria eterna, terminamos por apagar lo poco que nos queda de luz y tomamos decisiones como la de retirarnos de la presencia de Dios. Luego nos preguntamos del porque nos pasa eso. “No ves Señor que estoy cargando la cruz.” Ver Is 58: 1-5

Formados en el sufrimiento:

Debemos de entender que el propio camino de la santidad, implica en muchas ocasiones, atravesar un momento de sufrimiento y ciertamente de dolor, ya que, ello mismo es lo que nos conduce y nos dirige a la virtud real en nuestras vidas. Leer 2 Cor 6: 1-10

El verdadero cristiano, reconoce que el sufrimiento es esperanza y reto. Con frecuencia una persona puede “seguir en su jornada,” porque ha sido moldeado espiritualmente por el dolor y el sufrimiento. Leer 2 Cor 12: 1-10. Leemos también en Lumen Gentium: “Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados (Mt 5: 1-11), y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 Ped 5: 10).” LG 41 párrafo 6

San Pablo escribe: “Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia; de la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza.” (Rom 5: 3-5). Al reconocer esto en nuestro servicio, entonces podremos comprender el amor verdadero al que estamos llamados en camino hacia la santidad con la cruz sobre nuestros hombros. Porque Jesús nos dice en el Evangelio, “…si se aman los unos a los otros, en eso reconocerán que son mis discípulos.” Jn 13: 34-35

Por otro lado, como bautizados en nuestra bendita Iglesia, somos movidos a actuar más allá de nuestro egocentrismo en favor de los necesitados porque conocemos a Cristo en la profundidad de su propio sufrimiento. A esto somos llamados.

“El llamado de los laicos a la santidad es un regalo del Espíritu Santo. Su respuesta es un regalo para la Iglesia y para el mundo.” Conferencia de Obispos Católicos

Este llamado, además de invitarnos a la santidad, nos encamina así mismo a la madurez espiritual. Ya no podemos dedicarnos a servirle a Dios con una actitud de niño malcriado. No podemos decir que nuestro servicio está en el de evangelizar cuando somos unas pequeñas criaturas que se quejan de todo en la vida. Nos hemos vuelto berrinchudos y caprichudos y hasta nos tiramos al suelo poniéndonos de verde y morado cuando no se hace lo que queremos sobre los demás. Es imposible alcanzar nuestro destino sino estamos dispuesto a madurar espiritualmente. Leer Heb 5: 12-15

¿Qué significa esto? Que estamos llamados a crecer físicamente, moralmente, psicológicamente y espiritualmente. “La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: la llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.” Christifideles Laici, n. 57

La santidad, en medio de la comunidad (primordialmente en el hogar), es una faceta del servidor cristiano que alcanzan su expresión plena sólo por medio del desarrollo escatológico de la humildad y misericordia (amor hacia los demás porque se ama así mismo) y su progresión hacia la madurez cristiana. Sin madurez, no podemos amar como Jesús nos ama. Es decir, que, sin ella, no podremos cargar nuestra cruz camino al Calvario. Esto es el significado de madurez espiritual. Cuando soportamos las caídas sin quejarnos; Cuando soportamos los latigazos de la vida en todas sus ramificaciones; Cuando estamos dispuestos a dar nuestra vida por los demás, especialmente por aquellos que nos han hecho daño. El perdonar y pedir perdón es encaminarnos a la madurez espiritual (2 Cor 5: 19; Rom 5: 10), y por ende a la santidad.

Para concluir, debemos de recordar lo que leemos en Lumen Gentium:

“Una misma es la santidad que cultivan (los servidores), en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria. Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios.” LG 41 párrafo 1

 

Comentarios

La comunión con Dios

La comunión con Dios se obtiene a través de la contemplación. Esta contemplación de Dios la podemos obtener al ver el mar profundo, las montañas más altas, las estrellas en el espacio, pero especialmente, cuando lo contemplamos ante el Santísimo. Estar ante el Santísimo, se hace muchas veces con resistencia y ciertamente con dificultad porque la vida tan apresurada que vivimos no nos permite detenernos un momento para estar con el Señor. Pero si de veras queremos tener un encuentro contemplativo con el Señor, debemos de buscar su rostro y confiar en lo más íntimo en que a través de esa contemplación encontraremos la paz y la Vida misma.

En esta vida, en el día a día, se encuentra la presencia de Dios. Debemos de vivir esa contemplación con los hijos, con el cónyuge, en medio de nuestra vida normal, en el trabajo, en la escuela, en las calles del barrio, cuando vemos a los niños jugando; en los desamparados, en los ancianos; también lo contemplamos cuando visitamos enfermos, cárceles, asilos, etc. Asimismo debemos de comprender que el contemplarlo es una integración entre la psicología y lo espiritual pues Dios nos ha creado carne y espíritu y no solamente lo uno o lo otro (NC 362). Dios nos recibe así en su totalidad. Quitando las capaz del pensamiento creyendo que somos perfectos. (Pacot: “La llamada”).

En nuestra adultez, la vida nos va proponiendo situaciones que tenemos que resolver a partir de la plenitud de la gracia de Dios. Un claro ejemplo lo vemos en María. Ella nos enseñó que la presencia de Dios la encontramos a través del aceptar su plan perfecto en medio de todas las cosas negativas de la vida. Cuando el Ángel vino a ella, ella entrego todo su ser, tanto interior (espiritual) como carnal (su ser racional). Aun viendo la posibilidad de ser muerta a pedradas por su marido, ella confió plenamente en lo íntimo de todo sus ser en que Dios de una forma solventaría aquella aflicción. No lo hizo por sus fuerzas, sino más bien con un corazón contrito y abierto para dejar que sea Dios quien se encargare de esa situación. Otro claro ejemplo lo vemos en Santa Teresa de Calcuta, una mujer entregada en su total ser –cuerpo, alma y espíritu-, a la contemplación profunda. Ella podía contemplar el rostro de Jesús en aquellos seres marginados por la sociedad, enfermos por la vida y dejados como desechos en medio de la sociedad que elige dar oportunidades de sobrevivencia solamente a los “privilegiados,” olvidándose de los que aún con sacrificio nunca lograran sobrevivir por no ser tomados en cuenta. Madre Teresa decía, “Trato de dar a los pobres amor, lo que los ricos podría conseguir por dinero. No tocaría a un leproso por mil libras esterlinas ($1500.00); sin embargo, voluntariamente lo curaría por el amor de Dios.”

Es importante conectarse con la Verdad (el Amor) que es Cristo en nuestros corazones. De nada sirve rezar sopotocientos Rosarios o confiar en todo lo que se hace en la parroquia, más bien, se trata de darnos cuenta de quién soy en relación a Dios. Visualizar internamente en qué puerta es dónde me paro para contemplarlo, es decir, en dónde pongo mi atención; De lo contrario, sería muy difícil que haya paz en nuestro interior. Es que nos dedicamos a hacer cosas constantemente, nos ocupamos al estudio de Dios en la teología, filosofía y tantos otros estudios de letra que nos hace decir intelectualmente lo que sabemos, pero no nos hace vivir lo que sabemos. Esto nos desprende de nuestra acción acción. “¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad.” Mt 23: 27-28

Por otro lado, nos distraen nuestras propias emociones y eso me desliga de mis pensamientos. Tenemos que entender que mi existencia está en Dios y no en mis emociones. Si bien es cierto que estamos llenos de conflictos que perturban nuestra manera de vivir, también debemos de entender que la confianza en Dios sobre lleva las emociones de enojo, de miedo o de incertidumbre. Hay que entender que Dios no nos da la vida solo porque sí. Dios nos participa de su vida en Jesucristo: “Tanto ama Dios al mundo que dio a su Único Hijo para que todo aquel que crea en él no se pierda, sino que para que tenga vida eterna.” Jn 3: 16. Esto es difícil de comprender por la situación en la que vivimos. Necesitamos sumergirnos en los misterios de nuestra existencia en Dios y Dios en nosotros. La vida de Dios se hace vida en cada uno de nosotros. En nuestros conceptos, y nuestros ideales tienen que ir cayendo como parte vieja para abrirnos a lo que es la presencia de Dios y aprender a vivir el Cielo en la tierra, en medio de todo lo que nos pasa.

¿Cómo hacemos esta integración? A través de la oración contemplativa. Es aquí en el instante que descargamos todo en el Señor y dejamos que sea él quién nos sostenga, nos abrace y nos fortalezca. Los Salmos con una manera en la que Jesús oraba. Él muchas veces tomaba su tiempo para orar. Ahí se encontraba con las diferentes puertas con la que se relacionaba en medio de las multitudes. Su vida está centrada en su certeza y en su relación con el Padre, siendo su misión el amar. La pregunta que viene a la mente es, ¿Cuál es la relación que tenemos con Dios? Es porque somos seres de reflexión y por ende para reflejar la vida de Dios, debemos de ir en búsqueda de ese mismo reflejo de amor. ¿En dónde entonces conocemos al Amor? Pues en el corazón. Es ahí en donde percibimos la fuerza y la claridad para saber cómo lidiar con los conflictos de la vida. Él nos hace participes de su fuerza cuando nos adentramos a buscar su reflejo en nuestro interior. “Pero tú, cuando ores, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.” Mt 6: 6

Debemos de permanecer enraizado en la presencia de Dios ya que la felicidad y el sostén dependen de Dios. Las tormentas nos mueven y sacuden, pero estamos invitados a estar enraizado en Dios. Por eso es esencial e importante que dejemos que Dios penetre en lo más hondo dejando que él nos despoje de los sentimientos negativos por las experiencias en las que nos encontramos, es decir adentrarnos en la intimidad de Cristo. Entre más aceptemos las circunstancias que nos rodean eso nos ayudara a decir con dignidad de hijo de Dios, que tengo límites. Cuando reconozco mis límites, entonces reconozco que la gloria de Dios es mucho más grande que la pequeñez de mí ser. (2 Cor 12: 2-10. Rom 8: 17-29).

Somos uno en Dios en toda su plenitud (Jn 17). Pero, ¿cómo nos podemos dar cuenta que Jesús vive en nosotros? Él une su Espíritu al nuestro para ser un sólo ser, en una unidad. Esto lo descubriremos al momento en el que necesitamos de su presencia, en el instante en el que nos sentimos abandonados, en el que necesitamos de su armonía que nos comunica su ser para encontrar la verdadera plenitud de ser humanos. Es en la experiencia de la vida misma como me doy cuenta de la realidad de mi vida. Necesito volver a este encuentro por medio de la oración contemplativa. En el ejercicio de la oración debo reconocer como primer recinto lo que vivo, lo que soy y lo que siento, entrando en comunión con el Señor. Quizá con preguntas del porqué de la vida: las enfermedades, los problemas familiares, las situaciones económicas, etc. Confiando en que Dios todo lo puede en esta entrega y que lo que las experiencias que vivimos en nada se compara con la gloria que nos tiene preparado Dios cuando venimos a su encuentro (Rom 8: 18)

La oración de contemplación es un momento de entrega profunda e íntima en el silencio de nuestro ser. Es llegar a la fuente para beber directamente del manantial de vida. Es dejarnos empapar de su presencia como la lluvia que baja y empapa y no sube de regreso sin haber hecho lo que tenía que hacer. (Is 55: 10-11).

Santa Teresa de Jesús nos dice en su libro Las Moradas del Castillo: “…que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía (debilidad del cuerpo) o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar.” # 6. Cuando la oración no nos lleva a la contemplación son eso, cuerpos tullidos porque no llegamos a lugar santo en nuestro interior. Es por ello que nuestra vida vuelve como el perro al vomito porque no sabe que media ves vomitado ya no vuelve a consumirse. En otras palabras, el que no confiere su voluntad a Dios en el instante de la contemplación, no puede alcanzar la paz deseada.

Propongámonos a cambiar nuestro estilo de vida y confiando en que tenemos un Dios que todo lo puede; doblando nuestras rodillas y postrándonos ante su presencia, entreguemos todo nuestro ser, tanto carnal como espiritual, creyendo en lo íntimo que Dios ya sabe lo que necesitamos desde antes que se lo pidamos. (Mt 6: 8)

René Alvarado

Comentarios

El hijo prodigo

En esta parábola nos encontramos con el relato de un padre que permite a su hijo experimentar en carne propia la separación del árbol de la vida. El hijo toma la decisión de irse, llevándose con él, todo lo que creía le pertenecía, comportándose en una forma arrogante, inclusive, mostrando orgullo intolerable, pues pensaba que la juventud le duraría para siempre. No se daba cuenta que estaba abandonando el hogar, tirándose a las fantasías del mundo que le presenta colores maravillosos, pero que en realidad son como el arcoíris, se ve tan hermoso cuando aparece, pero que al desvanecerse, la belleza de sus colores se desaparece. San Agustín, al reflexionar sobre esta lectura dice al respecto: “Como un alma que se complace con su poder, pide aquello que lo hace vivir, entender, recordar y distinguirse por su ingenio especial; cosas todas que son dones de Dios y que recibió para usar de ellas a su voluntad.”

Con esa misma actitud nos enfrentamos a la vida. Conocemos de Dios porque hemos oído hablar de él, y sabemos que de alguna manera él nos ha creado y que ha soplado su aliento divino sobre nosotros. Pero aun así, por el libre albedrío, tomamos la decisión de separarnos de su presencia. Nos alejamos de su profundo amor en búsqueda de aquello que pueda llenar el vacío que hay en nuestros corazones. Y no es porque al alejarnos de él, salgamos con las manos vacías al contrario, cuando tomamos la decisión de alejarnos de su presencia, salimos llenos de las abundantes riquezas espirituales que nos sostienen en momentos de dificultad. Lo que ha pasado es que estas riquezas las desgastamos en el mundo materialista, en el que se nos pide que para ser felices debemos de despojarnos del amor, y no hablemos simplemente del amor a cecas, sino más bien del amor de Dios que se encuentra en nuestros hogares, cuando un marido buscando llenar el vacío de su corazón opta por el alcohol, las drogas, el sexo desordenado, es cuando se aleja del amor, atraído por el mundo y como consecuencia, maltrata a su esposa, a sus hijos quienes a su vez por sentirse maltratados, optan por la calle en donde se encuentran con otros jóvenes que viven el mismo martirio, terminando en la calle de la desolación y muchas veces asesinados y dejados como animales tirados como desperdicio para la crítica de la misma sociedad, que los llevó a hasta ese lugar.

¿Cómo es posible que sabiendo de Dios, nos alejemos de él? En Dios, el Buen Padre, encontramos alegría y júbilo desbordante, porque es misericordioso. Santo Tomás de Aquino dijo sobre la misericordia de Dios: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia.” Dios siempre ha querido que el hombre regrese al hogar y está en espera como el Buen Padre que todos los días salía a la puerta en espera de aquel hijo, que tomó la decisión de irse a experimentar en el mundo lo que tenía por garantizado en su casa. Hoy Dios nos invita a que tomemos la decisión de regresar una vez más al nido. Dios, el Buen Padre está en espera de nosotros, no para condenarnos, no para castigarnos, ni siquiera para reclamarnos del porqué decidimos salir del hogar. Más bien, está ahí, en la puerta del frente, para salir corriendo a nuestro encuentro al momento de nuestra llegada.

Que maravilloso es descubrir que aun en medio de lo que vivamos en el mundo, hay un Ser todo poderoso que nos ama con amor eterno (Jer 31: 3), que nunca se aparta ni se olvida de nosotros (Is 49: 14-16). El problema es que aun sabiendo esto, en nuestros corazones no cabe más que el dolor y el sufrimiento. Pensamos que eso es mucho más grande que el amor del Padre. Primero que nada debemos de entender que el sufrimiento es parte del alejamiento, pero que el mismo proceso del sufrimiento nos permite como al joven de la parábola, reflexionar sobre nuestras vidas en este momento. Al darnos cuenta de lo que vivimos, podemos visualizar lo mejor que estaríamos de regreso en el hogar del cual salimos. “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Lc 15: 17. Pensaba el joven tirado en el fango, en el lodo del mundo, comiendo de las miserias que la sociedad le da. El hijo entonces pensó que era necesario regresar y por un momento también pensó que iba a ser causa de burla de aquellos puercos con los que compartía las miserias del mundo, pero aún eso no lo detuvo y es cuando toma la decisión más grande de su vida, “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Lc 15: 17-19. Se levantó y aunque todos se burlaban de él, lo criticaban y le decían que cómo iba a regresar a la casa del Padre, si él no valía nada, que era la basura innata de la sociedad, y le replicaban: qué padre lo recibiría cuando él se portó tan mal, que no merecía clemencia ni misericordia.

Eso es lo que el mundo y sus secuaces quieren de nuestras vidas. Ellos nos invitan a disfrutar de las “delicias del mundo” y cuando nos exprimen de nuestras riquezas espirituales, cuando nos prostituyen en la inmundicia, cuando nos arrancan nuestra dignidad de hijos de Dios y nos ven acabados, nos abandonan para buscar nuevas víctimas y esas víctimas que encuentran son nuestros hijos, nuestros cónyuges, nuestra familia en general. Por consiguiente, debemos de reconocer que hemos fallado, que hemos abandonado la casa, nuestro hogar y que abandonamos a nuestro Buen Padre, pero que al hacerlo también abandonamos a nuestra familia, la que tanto nos ama. Ya basta de vivir en ese fango. Ya basta de comer de las bellotas que el mundo nos ofrece para calmar el hambre y la sed de justicia. Es cierto que tomamos la decisión equivocada, pero también es cierto que hoy Dios nos da la oportunidad de recapacitar y arrepentidos retornar al Padre que con dolor vio nuestra partida, pero que con alegría ve nuestro retorno. “Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.” Lc 15: 22-24. ¡Gloria a Dios!

Aún es tiempo de recapacitar y arrepentirnos. No le demos gusto al mundo que nos quiere ver tirados y derrotados después de habernos exprimido. ¿Para qué hacerle caso a los cerdos que nos invitan a comer de los desperdicios de una sociedad que de apoco en poco se va muriendo por su actos de inmoralidad? Nosotros no pertenecemos a este mundo. Nosotros le pertenecemos al Padre. “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.” Jn 3: 1. El mundo lo sabe y es por eso que nos llama sutilmente a que nos alejemos de casa. No podemos seguir engañados. Como dice aquella canción viejita que cantaba la Sonora Santanera: “Quemaron tus luces mariposa ilusionada las luces de Nueva York.” Eso es lo que hace en nuestras vidas el lodo y el fango del mundo.

Hoy retornemos y dejemos que su amor nos envuelva nuevamente porque su amor es más, mucho más grande que la oscuridad en la que vivimos. Solamente él nos puede dar de comer para llenar el vacío de nuestros corazones. Solamente él tiene el poder de devolvernos la dignidad que un día por decisión propia perdimos en el mundo. No esperemos más, no sigamos sufriendo ni hagamos sufrir a nuestra familia. Hoy es el día que Dios ha creado especialmente para nosotros. Como dice Hechos de los Apóstoles 16: 31: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.”

Ánimo, ¿qué esperas para regresar al Padre que está en la puerta preparado para recibirte hoy?

René Alvarado

Comentarios