Llamados a la santidad y madurez espiritual

La Madre Angelica, de EWTN dice sobre la santidad: “Dejarse cambiar es convertirse. Dejarse transformar es santidad.”

Cuando tomamos nuestra cruz para seguir a Cristo, estamos diciendo que no importa cuán grande es nuestro dolor o sufrimiento, que vamos confiados siguiendo a Jesús. Es que tomar la cruz y seguirle es encaminarnos hacia la santidad. Cuando hemos aceptado ese reto, entonces es cuando nos dejamos convertir por el amor de Cristo, pero eso no solamente se queda allí en una “conversión” ficticia y sin sentido porque, existen momentos en los que las realidades de la vida nos desaniman y entonces ya no queremos seguir cargando la cruz. Pero, cuando dejamos que esa cruz nos transforme, es decir que nuestro corazón confía plenamente en ese amor que nos sostiene, entonces sabemos que estamos dando los pasos firmes para la santidad.

Esa es nuestra misión primordial, la de alcanzar la santidad por medio de una transformación real de corazón y no simplemente de una “conversión” externa que no profundiza en el amor de Dios. El Nuevo Catecismo nos dice: “A los apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios.” NC # 873

Pero, ¿cómo realizaremos esa “misión”? Es más, ¿Qué es la misión a la que estamos llamados? Nos dice el Nuevo Catecismo: “Así, todo laico, por los mismos dones que ha recibido, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma “según la medida del don de Cristo.”” NC # 913

Todos y cada uno de nosotros recibimos un bautismo, que nos invita a hacernos partícipes del conglomerado de la Iglesia, sabiendo que cada uno tiene su parte integral en el Cuerpo. Recordemos lo que nos dice Pablo en la primera Epístola a los Corintios 12: 24-27, en donde expresa que, todos somos parte de un sólo Cuerpo místico de Jesús y que, aun siendo parte del mismo Cuerpo, todos somos diferentes, pero con la misma función de hacer que el Cuerpo se mantenga firme y saludable y no solo eso, sino que, además, es nuestro deber de vigilar que así como parte del Cuerpo, debemos de llevar una vida santa y sin mancha (Lev 19: 2; 20: 26), de la misma manera, vigilar también para que los otros miembros del Cuerpo lleguen a la misma santidad. En términos bíblicos, “santidad” significa “apartado para el Señor.”

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5: 3) y que como «elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia» (Col 3: 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (Ga 5: 22; Rom 6: 22). Pero como todos caemos en muchas faltas (St 3: 2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6: 12). LG 40

 

Llamados a la santidad

“La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (Rom 6: 22; Ga 5: 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración, individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños de los pobres y de los que sufren.” Christifideles Laici, (Exhortación apostólica post-sinodal de S.S. Juan Pablo II sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, 30 de diciembre de 1988)

En está exhortación, el papa nos hace la invitación a seguir fielmente a Cristo; a que nos demos cuenta que hay otros miembros del Cuerpo que están en mayor necesidad que la nuestra y que por lo tanto es nuestro deber como fieles seguidores y -ciertamente- exigidos por nuestro bautismo, a producir frutos de santidad, despojándonos de nuestros propios dolores y en ellos, llevar la palabra de ánimo a todos aquellos que sufren, transmitiendo el amor de Dios que nosotros ya vivimos.

“…y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu (por nuestro bautismo), y que su intercesión a favor de los santos es según Dios mismo. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.” Rom 8:27-30

En todos los ámbitos de nuestro servicio se encuentra el llamado a la santidad (Rom 12: 1). En el hogar, en la comunidad, en el trabajo, en la sociedad, etc. El problema siempre ha sido que, por las circunstancias de la vida, nos hemos transformado en egocentristas. Es decir que no vemos el dolor o sufrimiento en otros. Nos enfocamos en el “yo”: solamente yo tengo problemas, solamente yo tengo persecuciones, solamente yo me siento despreciado y criticado por lo que hago o en su lugar, por lo que no hago. Nos cuesta encontrar el camino a la santidad porque no vemos a Cristo en los demás. Nuestra búsqueda la hacemos por caminos oscuros, pedregosos y llenos de baches en vez de prender una vela para iluminar el camino que nos conduce a la gloria eterna, terminamos por apagar lo poco que nos queda de luz y tomamos decisiones como la de retirarnos de la presencia de Dios. Luego nos preguntamos del porque nos pasa eso. “No ves Señor que estoy cargando la cruz.” Ver Is 58: 1-5

Formados en el sufrimiento:

Debemos de entender que el propio camino de la santidad, implica en muchas ocasiones, atravesar un momento de sufrimiento y ciertamente de dolor, ya que, ello mismo es lo que nos conduce y nos dirige a la virtud real en nuestras vidas. Leer 2 Cor 6: 1-10

El verdadero cristiano, reconoce que el sufrimiento es esperanza y reto. Con frecuencia una persona puede “seguir en su jornada,” porque ha sido moldeado espiritualmente por el dolor y el sufrimiento. Leer 2 Cor 12: 1-10. Leemos también en Lumen Gentium: “Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados (Mt 5: 1-11), y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 Ped 5: 10).” LG 41 párrafo 6

San Pablo escribe: “Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia; de la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza.” (Rom 5: 3-5). Al reconocer esto en nuestro servicio, entonces podremos comprender el amor verdadero al que estamos llamados en camino hacia la santidad con la cruz sobre nuestros hombros. Porque Jesús nos dice en el Evangelio, “…si se aman los unos a los otros, en eso reconocerán que son mis discípulos.” Jn 13: 34-35

Por otro lado, como bautizados en nuestra bendita Iglesia, somos movidos a actuar más allá de nuestro egocentrismo en favor de los necesitados porque conocemos a Cristo en la profundidad de su propio sufrimiento. A esto somos llamados.

“El llamado de los laicos a la santidad es un regalo del Espíritu Santo. Su respuesta es un regalo para la Iglesia y para el mundo.” Conferencia de Obispos Católicos

Este llamado, además de invitarnos a la santidad, nos encamina así mismo a la madurez espiritual. Ya no podemos dedicarnos a servirle a Dios con una actitud de niño malcriado. No podemos decir que nuestro servicio está en el de evangelizar cuando somos unas pequeñas criaturas que se quejan de todo en la vida. Nos hemos vuelto berrinchudos y caprichudos y hasta nos tiramos al suelo poniéndonos de verde y morado cuando no se hace lo que queremos sobre los demás. Es imposible alcanzar nuestro destino sino estamos dispuesto a madurar espiritualmente. Leer Heb 5: 12-15

¿Qué significa esto? Que estamos llamados a crecer físicamente, moralmente, psicológicamente y espiritualmente. “La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: la llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.” Christifideles Laici, n. 57

La santidad, en medio de la comunidad (primordialmente en el hogar), es una faceta del servidor cristiano que alcanzan su expresión plena sólo por medio del desarrollo escatológico de la humildad y misericordia (amor hacia los demás porque se ama así mismo) y su progresión hacia la madurez cristiana. Sin madurez, no podemos amar como Jesús nos ama. Es decir, que, sin ella, no podremos cargar nuestra cruz camino al Calvario. Esto es el significado de madurez espiritual. Cuando soportamos las caídas sin quejarnos; Cuando soportamos los latigazos de la vida en todas sus ramificaciones; Cuando estamos dispuestos a dar nuestra vida por los demás, especialmente por aquellos que nos han hecho daño. El perdonar y pedir perdón es encaminarnos a la madurez espiritual (2 Cor 5: 19; Rom 5: 10), y por ende a la santidad.

Para concluir, debemos de recordar lo que leemos en Lumen Gentium:

“Una misma es la santidad que cultivan (los servidores), en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria. Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios.” LG 41 párrafo 1

 

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La comunión con Dios

La comunión con Dios se obtiene a través de la contemplación. Esta contemplación de Dios la podemos obtener al ver el mar profundo, las montañas más altas, las estrellas en el espacio, pero especialmente, cuando lo contemplamos ante el Santísimo. Estar ante el Santísimo, se hace muchas veces con resistencia y ciertamente con dificultad porque la vida tan apresurada que vivimos no nos permite detenernos un momento para estar con el Señor. Pero si de veras queremos tener un encuentro contemplativo con el Señor, debemos de buscar su rostro y confiar en lo más íntimo en que a través de esa contemplación encontraremos la paz y la Vida misma.

En esta vida, en el día a día, se encuentra la presencia de Dios. Debemos de vivir esa contemplación con los hijos, con el cónyuge, en medio de nuestra vida normal, en el trabajo, en la escuela, en las calles del barrio, cuando vemos a los niños jugando; en los desamparados, en los ancianos; también lo contemplamos cuando visitamos enfermos, cárceles, asilos, etc. Asimismo debemos de comprender que el contemplarlo es una integración entre la psicología y lo espiritual pues Dios nos ha creado carne y espíritu y no solamente lo uno o lo otro (NC 362). Dios nos recibe así en su totalidad. Quitando las capaz del pensamiento creyendo que somos perfectos. (Pacot: “La llamada”).

En nuestra adultez, la vida nos va proponiendo situaciones que tenemos que resolver a partir de la plenitud de la gracia de Dios. Un claro ejemplo lo vemos en María. Ella nos enseñó que la presencia de Dios la encontramos a través del aceptar su plan perfecto en medio de todas las cosas negativas de la vida. Cuando el Ángel vino a ella, ella entrego todo su ser, tanto interior (espiritual) como carnal (su ser racional). Aun viendo la posibilidad de ser muerta a pedradas por su marido, ella confió plenamente en lo íntimo de todo sus ser en que Dios de una forma solventaría aquella aflicción. No lo hizo por sus fuerzas, sino más bien con un corazón contrito y abierto para dejar que sea Dios quien se encargare de esa situación. Otro claro ejemplo lo vemos en Santa Teresa de Calcuta, una mujer entregada en su total ser –cuerpo, alma y espíritu-, a la contemplación profunda. Ella podía contemplar el rostro de Jesús en aquellos seres marginados por la sociedad, enfermos por la vida y dejados como desechos en medio de la sociedad que elige dar oportunidades de sobrevivencia solamente a los “privilegiados,” olvidándose de los que aún con sacrificio nunca lograran sobrevivir por no ser tomados en cuenta. Madre Teresa decía, “Trato de dar a los pobres amor, lo que los ricos podría conseguir por dinero. No tocaría a un leproso por mil libras esterlinas ($1500.00); sin embargo, voluntariamente lo curaría por el amor de Dios.”

Es importante conectarse con la Verdad (el Amor) que es Cristo en nuestros corazones. De nada sirve rezar sopotocientos Rosarios o confiar en todo lo que se hace en la parroquia, más bien, se trata de darnos cuenta de quién soy en relación a Dios. Visualizar internamente en qué puerta es dónde me paro para contemplarlo, es decir, en dónde pongo mi atención; De lo contrario, sería muy difícil que haya paz en nuestro interior. Es que nos dedicamos a hacer cosas constantemente, nos ocupamos al estudio de Dios en la teología, filosofía y tantos otros estudios de letra que nos hace decir intelectualmente lo que sabemos, pero no nos hace vivir lo que sabemos. Esto nos desprende de nuestra acción acción. “¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad.” Mt 23: 27-28

Por otro lado, nos distraen nuestras propias emociones y eso me desliga de mis pensamientos. Tenemos que entender que mi existencia está en Dios y no en mis emociones. Si bien es cierto que estamos llenos de conflictos que perturban nuestra manera de vivir, también debemos de entender que la confianza en Dios sobre lleva las emociones de enojo, de miedo o de incertidumbre. Hay que entender que Dios no nos da la vida solo porque sí. Dios nos participa de su vida en Jesucristo: “Tanto ama Dios al mundo que dio a su Único Hijo para que todo aquel que crea en él no se pierda, sino que para que tenga vida eterna.” Jn 3: 16. Esto es difícil de comprender por la situación en la que vivimos. Necesitamos sumergirnos en los misterios de nuestra existencia en Dios y Dios en nosotros. La vida de Dios se hace vida en cada uno de nosotros. En nuestros conceptos, y nuestros ideales tienen que ir cayendo como parte vieja para abrirnos a lo que es la presencia de Dios y aprender a vivir el Cielo en la tierra, en medio de todo lo que nos pasa.

¿Cómo hacemos esta integración? A través de la oración contemplativa. Es aquí en el instante que descargamos todo en el Señor y dejamos que sea él quién nos sostenga, nos abrace y nos fortalezca. Los Salmos con una manera en la que Jesús oraba. Él muchas veces tomaba su tiempo para orar. Ahí se encontraba con las diferentes puertas con la que se relacionaba en medio de las multitudes. Su vida está centrada en su certeza y en su relación con el Padre, siendo su misión el amar. La pregunta que viene a la mente es, ¿Cuál es la relación que tenemos con Dios? Es porque somos seres de reflexión y por ende para reflejar la vida de Dios, debemos de ir en búsqueda de ese mismo reflejo de amor. ¿En dónde entonces conocemos al Amor? Pues en el corazón. Es ahí en donde percibimos la fuerza y la claridad para saber cómo lidiar con los conflictos de la vida. Él nos hace participes de su fuerza cuando nos adentramos a buscar su reflejo en nuestro interior. “Pero tú, cuando ores, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.” Mt 6: 6

Debemos de permanecer enraizado en la presencia de Dios ya que la felicidad y el sostén dependen de Dios. Las tormentas nos mueven y sacuden, pero estamos invitados a estar enraizado en Dios. Por eso es esencial e importante que dejemos que Dios penetre en lo más hondo dejando que él nos despoje de los sentimientos negativos por las experiencias en las que nos encontramos, es decir adentrarnos en la intimidad de Cristo. Entre más aceptemos las circunstancias que nos rodean eso nos ayudara a decir con dignidad de hijo de Dios, que tengo límites. Cuando reconozco mis límites, entonces reconozco que la gloria de Dios es mucho más grande que la pequeñez de mí ser. (2 Cor 12: 2-10. Rom 8: 17-29).

Somos uno en Dios en toda su plenitud (Jn 17). Pero, ¿cómo nos podemos dar cuenta que Jesús vive en nosotros? Él une su Espíritu al nuestro para ser un sólo ser, en una unidad. Esto lo descubriremos al momento en el que necesitamos de su presencia, en el instante en el que nos sentimos abandonados, en el que necesitamos de su armonía que nos comunica su ser para encontrar la verdadera plenitud de ser humanos. Es en la experiencia de la vida misma como me doy cuenta de la realidad de mi vida. Necesito volver a este encuentro por medio de la oración contemplativa. En el ejercicio de la oración debo reconocer como primer recinto lo que vivo, lo que soy y lo que siento, entrando en comunión con el Señor. Quizá con preguntas del porqué de la vida: las enfermedades, los problemas familiares, las situaciones económicas, etc. Confiando en que Dios todo lo puede en esta entrega y que lo que las experiencias que vivimos en nada se compara con la gloria que nos tiene preparado Dios cuando venimos a su encuentro (Rom 8: 18)

La oración de contemplación es un momento de entrega profunda e íntima en el silencio de nuestro ser. Es llegar a la fuente para beber directamente del manantial de vida. Es dejarnos empapar de su presencia como la lluvia que baja y empapa y no sube de regreso sin haber hecho lo que tenía que hacer. (Is 55: 10-11).

Santa Teresa de Jesús nos dice en su libro Las Moradas del Castillo: “…que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía (debilidad del cuerpo) o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar.” # 6. Cuando la oración no nos lleva a la contemplación son eso, cuerpos tullidos porque no llegamos a lugar santo en nuestro interior. Es por ello que nuestra vida vuelve como el perro al vomito porque no sabe que media ves vomitado ya no vuelve a consumirse. En otras palabras, el que no confiere su voluntad a Dios en el instante de la contemplación, no puede alcanzar la paz deseada.

Propongámonos a cambiar nuestro estilo de vida y confiando en que tenemos un Dios que todo lo puede; doblando nuestras rodillas y postrándonos ante su presencia, entreguemos todo nuestro ser, tanto carnal como espiritual, creyendo en lo íntimo que Dios ya sabe lo que necesitamos desde antes que se lo pidamos. (Mt 6: 8)

René Alvarado

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El hijo prodigo

En esta parábola nos encontramos con el relato de un padre que permite a su hijo experimentar en carne propia la separación del árbol de la vida. El hijo toma la decisión de irse, llevándose con él, todo lo que creía le pertenecía, comportándose en una forma arrogante, inclusive, mostrando orgullo intolerable, pues pensaba que la juventud le duraría para siempre. No se daba cuenta que estaba abandonando el hogar, tirándose a las fantasías del mundo que le presenta colores maravillosos, pero que en realidad son como el arcoíris, se ve tan hermoso cuando aparece, pero que al desvanecerse, la belleza de sus colores se desaparece. San Agustín, al reflexionar sobre esta lectura dice al respecto: “Como un alma que se complace con su poder, pide aquello que lo hace vivir, entender, recordar y distinguirse por su ingenio especial; cosas todas que son dones de Dios y que recibió para usar de ellas a su voluntad.”

Con esa misma actitud nos enfrentamos a la vida. Conocemos de Dios porque hemos oído hablar de él, y sabemos que de alguna manera él nos ha creado y que ha soplado su aliento divino sobre nosotros. Pero aun así, por el libre albedrío, tomamos la decisión de separarnos de su presencia. Nos alejamos de su profundo amor en búsqueda de aquello que pueda llenar el vacío que hay en nuestros corazones. Y no es porque al alejarnos de él, salgamos con las manos vacías al contrario, cuando tomamos la decisión de alejarnos de su presencia, salimos llenos de las abundantes riquezas espirituales que nos sostienen en momentos de dificultad. Lo que ha pasado es que estas riquezas las desgastamos en el mundo materialista, en el que se nos pide que para ser felices debemos de despojarnos del amor, y no hablemos simplemente del amor a cecas, sino más bien del amor de Dios que se encuentra en nuestros hogares, cuando un marido buscando llenar el vacío de su corazón opta por el alcohol, las drogas, el sexo desordenado, es cuando se aleja del amor, atraído por el mundo y como consecuencia, maltrata a su esposa, a sus hijos quienes a su vez por sentirse maltratados, optan por la calle en donde se encuentran con otros jóvenes que viven el mismo martirio, terminando en la calle de la desolación y muchas veces asesinados y dejados como animales tirados como desperdicio para la crítica de la misma sociedad, que los llevó a hasta ese lugar.

¿Cómo es posible que sabiendo de Dios, nos alejemos de él? En Dios, el Buen Padre, encontramos alegría y júbilo desbordante, porque es misericordioso. Santo Tomás de Aquino dijo sobre la misericordia de Dios: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia.” Dios siempre ha querido que el hombre regrese al hogar y está en espera como el Buen Padre que todos los días salía a la puerta en espera de aquel hijo, que tomó la decisión de irse a experimentar en el mundo lo que tenía por garantizado en su casa. Hoy Dios nos invita a que tomemos la decisión de regresar una vez más al nido. Dios, el Buen Padre está en espera de nosotros, no para condenarnos, no para castigarnos, ni siquiera para reclamarnos del porqué decidimos salir del hogar. Más bien, está ahí, en la puerta del frente, para salir corriendo a nuestro encuentro al momento de nuestra llegada.

Que maravilloso es descubrir que aun en medio de lo que vivamos en el mundo, hay un Ser todo poderoso que nos ama con amor eterno (Jer 31: 3), que nunca se aparta ni se olvida de nosotros (Is 49: 14-16). El problema es que aun sabiendo esto, en nuestros corazones no cabe más que el dolor y el sufrimiento. Pensamos que eso es mucho más grande que el amor del Padre. Primero que nada debemos de entender que el sufrimiento es parte del alejamiento, pero que el mismo proceso del sufrimiento nos permite como al joven de la parábola, reflexionar sobre nuestras vidas en este momento. Al darnos cuenta de lo que vivimos, podemos visualizar lo mejor que estaríamos de regreso en el hogar del cual salimos. “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Lc 15: 17. Pensaba el joven tirado en el fango, en el lodo del mundo, comiendo de las miserias que la sociedad le da. El hijo entonces pensó que era necesario regresar y por un momento también pensó que iba a ser causa de burla de aquellos puercos con los que compartía las miserias del mundo, pero aún eso no lo detuvo y es cuando toma la decisión más grande de su vida, “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Lc 15: 17-19. Se levantó y aunque todos se burlaban de él, lo criticaban y le decían que cómo iba a regresar a la casa del Padre, si él no valía nada, que era la basura innata de la sociedad, y le replicaban: qué padre lo recibiría cuando él se portó tan mal, que no merecía clemencia ni misericordia.

Eso es lo que el mundo y sus secuaces quieren de nuestras vidas. Ellos nos invitan a disfrutar de las “delicias del mundo” y cuando nos exprimen de nuestras riquezas espirituales, cuando nos prostituyen en la inmundicia, cuando nos arrancan nuestra dignidad de hijos de Dios y nos ven acabados, nos abandonan para buscar nuevas víctimas y esas víctimas que encuentran son nuestros hijos, nuestros cónyuges, nuestra familia en general. Por consiguiente, debemos de reconocer que hemos fallado, que hemos abandonado la casa, nuestro hogar y que abandonamos a nuestro Buen Padre, pero que al hacerlo también abandonamos a nuestra familia, la que tanto nos ama. Ya basta de vivir en ese fango. Ya basta de comer de las bellotas que el mundo nos ofrece para calmar el hambre y la sed de justicia. Es cierto que tomamos la decisión equivocada, pero también es cierto que hoy Dios nos da la oportunidad de recapacitar y arrepentidos retornar al Padre que con dolor vio nuestra partida, pero que con alegría ve nuestro retorno. “Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.” Lc 15: 22-24. ¡Gloria a Dios!

Aún es tiempo de recapacitar y arrepentirnos. No le demos gusto al mundo que nos quiere ver tirados y derrotados después de habernos exprimido. ¿Para qué hacerle caso a los cerdos que nos invitan a comer de los desperdicios de una sociedad que de apoco en poco se va muriendo por su actos de inmoralidad? Nosotros no pertenecemos a este mundo. Nosotros le pertenecemos al Padre. “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.” Jn 3: 1. El mundo lo sabe y es por eso que nos llama sutilmente a que nos alejemos de casa. No podemos seguir engañados. Como dice aquella canción viejita que cantaba la Sonora Santanera: “Quemaron tus luces mariposa ilusionada las luces de Nueva York.” Eso es lo que hace en nuestras vidas el lodo y el fango del mundo.

Hoy retornemos y dejemos que su amor nos envuelva nuevamente porque su amor es más, mucho más grande que la oscuridad en la que vivimos. Solamente él nos puede dar de comer para llenar el vacío de nuestros corazones. Solamente él tiene el poder de devolvernos la dignidad que un día por decisión propia perdimos en el mundo. No esperemos más, no sigamos sufriendo ni hagamos sufrir a nuestra familia. Hoy es el día que Dios ha creado especialmente para nosotros. Como dice Hechos de los Apóstoles 16: 31: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.”

Ánimo, ¿qué esperas para regresar al Padre que está en la puerta preparado para recibirte hoy?

René Alvarado

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María, el Tabernáculo Santo

Queridos hermanos de mi corazón: Que el amor y la paz de Cristo Jesús nuestro único y verdadero Señor y Salvador esté siempre con ustedes y que nuestra Madre María, los cubra con su manto santo, todos los días de sus vidas.

La Biblia nos habla sobre esa mujer que desobedeciendo el mandato de Dios de no comer de aquel fruto prohibido, se dejó engañar por la serpiente (Gen 3: 1-13). De la misma forma la Escritura nos habla sobre la otra mujer que le daría la vida al Salvador del mundo y de cómo Dios en su gran sabiduría se usó de ella, para ser la portadora del amor que derramaría en nuestra vida (Lc 1: 26-38)

Dios no eligió a María por su belleza, su porte o porque fuera “buena”. ¡No! Él la escogió porque vio en ella la profundidad del mismo amor que brotaba como esa cascada que se desprende del manantial nacido en lo íntimo de su corazón.

Hoy de la misma forma nos ve Dios y a cada uno de nosotros nos hace el mismo llamado de acuerdo a lo que dejamos brotar en nuestros corazones. No podemos atender el llamado del Señor a nuestras vidas, si verdaderamente no vivimos de acuerdo a ese amor que purifica los corazones y en ello vivimos a plenitud la belleza de la humildad.

Nuestro interior es ese mismo Templo de Dios en donde habita la presencia del Espíritu de Dios (1 Cor 3: 16) Pero, ¿cómo estará nuestro templo? Será que el interior del mismo se asemeja en mucho al interior de María Inmaculada y que verdaderamente nos dejamos conducir por la humildad y la entrega consagrada que no solamente ama a Dios, sino que también ama a todos aquellos que le han ofendido o maltratado; que los han humillado y denigrado; que los han hecho sentir basura. Es acaso que lo que siempre buscamos es hacer de Dios nuestro servidor, a quien castigamos con no seguirle si él no cumple lo que le pedimos.

María, al escuchar las palabras de anuncio del ángel, se sintió conmovida hasta el corazón y como ella no buscaba más que agradar a Dios en medio de su caridad y atención a los demás, sin preocuparse de lo que a ella le faltara, dando hasta lo que no tenía, a los que eran más pobres que ella. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no trabajaba para aportar a su hogar que era pobre? Simple y sencillamente porque amaba a Dios y creía en él al ver su rostro en medio de todos aquellos que estaban enfermos y que nadie los atendía, que veía su rostro en los niños desamparados, en los ancianos que eran botados como basura, en los perseguidos, en los marginados por su enfermedad, en los marginados por su orientación sexual, en los que por no poder pagar el denario al César, eran encarcelados y castigados, en los esclavos que ansiaban su libertad. A ella nunca le importó no comer con tal que otros comieran; ella se despojaba de su comodidad para que otros tuvieran comodidad, y por ello su recompensa fue el de ser escogida por el Señor para ser la Madre de aquel que vendría a salvar al mundo de la muerte del pecado.

La sociedad en la que María se envolvía era una que experimentaba opresión de un sistema de esclavitud, en la que el poder del César era lo absoluto y aunque por el mismo sistema romano, el pueblo judío tenía ciertas libertades como la de poder adorar al Dios verdadero por medio du sus sacerdotes, levitas y maestros de la ley, estos daban la espalda al pueblo con tal de tener un hueso del imperio y con sus acciones se apartaban de todas aquellas enseñanzas del Antiguo Testamento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” Dt 6, 4; Lev 19: 10

Es por ello que María pasaría a ser la mujer consagrada, la llena de gracia, la verdadera Madre del Dios vivo. Por su entrega, por su apertura a las necesidades de los demás y sobre todo por confiar plenamente en el anuncio recibido en su corazón, al no llenarse de vanagloria y salir gritando al mundo entero: “¡Mírenme, Dios me ha elegido para ser su madre! Por el contrario “todo se lo guardaba en su corazón” Lc 2: 19

En el instante en el que creyó en el mensaje, doblando rodilla e inclinándose hasta tocar el suelo dijo aquellas palabras que deberían de resonar en lo más íntimo de nuestro ser: “Yo soy la esclava del Señor, que se haga en mi tu voluntad” Lc 1: 38.

¿Estaremos nosotros dispuestos a humillarnos ante la presencia del Dios todo poderoso para aceptar hacer su gran voluntad en nuestras vidas? El problema es que no entendemos completamente su voluntad. ¿Qué significado tiene para nosotros esa palabra? Para María, la llena de gracias, hacer su voluntad significaba que estaba dispuesta a desapartarse de todo lo material para el bienestar de los demás y sobre todo, haciéndolo todo por amor. Eso es lo que no comprendemos, amar como Dios ama, es decir dar nuestras vidas por los otros no como un mero héroe sino más bien, reconociendo que en el amor se encuentra la verdadera alegría la misma que nos llevara a la vida eterna, el mismo lugar en donde se encuentra María el Tabernáculo Santo.

Dios te bendiga abundantemente

En el amor de Jesús

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Hombres y mujeres sedientos de su presencia

En el libro de Isaías 55 del 1 en adelante nos habla sobre algo que es muy interesante para nuestras vidas. “Tú que andas con sed, ven a mí que yo te daré de beber…” Maravilloso. Pero, ¿qué significa tener sed y que es lo que él nos ofrece?

Para comprender esto, es necesario analizar primero que nada el hecho de tener sed. El cuerpo humano en su parte físico o carnal, está compuesto de cinco “niveles,” atómico, molecular, celular, anatómico y cuerpo íntegro. Desde el punto de vista atómico y molecular, nuestro cuerpo no puede estar sin tomar agua puesto que la tercera parte del mismo es agua (75% al nacer y 65% al envejecer) y por lo tanto si no bebemos el suficiente líquido, el mismo se deshidrata y puede causar por ejemplo daños profundos en nuestros órganos principales como los riñones.

El agua es una parte muy importante del mantenimiento del cuerpo. Es este líquido que se conserva en el cuerpo para la fluidez de los órganos y el bienestar de las células que componen nuestro cuerpo. El agua por ejemplo es llevada por la sangre para bañar a nuestros tejidos proveyendo de oxígeno a nuestro cerebro. Otro punto interesante es el hecho de que nuestro cuerpo no puede estar sin beber líquidos por más de cinco o seis días consecutivos sin tener el riesgo de una severa deshidratación, y en casos extremos está deshidratación nos puede llevar a la muerte.

Imaginémonos cuantos migrantes cruzan el desierto arriesgando sus vidas por una mejor. Cuántos de ellos no mueren en medio del calor que en algunos casos llega a 114 °F (unos 45.5 °C). El cuerpo humano no está diseñado para tales extremos y perecerá o dañará sus órganos principales por la falta de agua. Pero aun así, estos migrantes arriesgan su vida para encontrar algo mejor, la tierra en donde mana la leche y miel. ¿Cuántos no se han quedado en la mitad de su jornada en medio del desierto? Es que su travesía por el desierto es dolorosa y costosa. Todos los que han tenido la experiencia de migrar por el desierto han de saber lo que esto significa para sus vidas. Como dice aquel cantico “Cansado del camino, sediento de ti. Un desierto he caminado, mi armadura he desgastado, vengo a ti…”

Ahora veamos el significado de estar sedientos de Dios. Los desiertos espirituales que atravesamos en la vida, van secando nuestro espíritu y algunos sin fuerzas acabamos muertos a la mitad del camino. Sentimos morir y deseamos no continuar más porque el camino en medio de ese desierto es muy largo y ardiente. Ese problema en el que nos encontramos nos debilita y aunque tratamos de beber líquido, no es el suficiente como para terminar la travesía. Y es que bebemos cualquier cosa que nos ayude a solventar los momentos duros que estamos viviendo. Así es, el mundo siempre está dispuesto a ofrecernos agua pero, ¿nos hemos detenido alguna vez para analizar qué tipo de agua es la que bebemos para calmar la sed de nuestro desierto?

Recordemos que así como nuestro cuerpo corporal está compuesto de cinco niveles que son necesarios para existir, nuestro ser interior está compuesto por tres elementos, amor, fe y esperanza, que hacen de nosotros un ser espiritual. Del mismo modo que el corporal necesita beber líquido para subsistir, nuestro ser espiritual necesita hidratar nuestro interior con el sublime amor de Dios, con la plena confianza de que Dios nunca nos abandona y con la esperanza que un día llegaremos a nuestra casa celestial. Es por ello que necesitamos beber del Espíritu de Dios para poder subsistir, y si el cuerpo externo se debilita por no beber agua en medio del candente desierto que atraviesa para migrar, el espiritual se mantiene firme en medio de sus problemas, de sus dolores y enfermedades porque su bebida es el mismo Espíritu del Dios de poder que los guía en medio de sus desiertos.

Dios que es tan grande y sabio, nos hace la invitación a acercarnos a él, aunque no tengamos plata pues él nos dará a beber del manantial de agua de vida. San Juan de Ávila nos dice: “Y conociendo Tú, Señor sapientísimo, como Creador nuestro, que nuestra inclinación es a tener descanso y deleite, y que un ánima no puede estar mucho tiempo sin buscar consolación, buena o mala, nos convidas con los santos deleites que en Ti hay, para que no nos perdamos por buscar malos deleites en las criaturas. Voz tuya es, Señor (Mt 11: 28): Venid a Mi todos los que trabajáis y estáis cargados, que Yo os recrearé. Y Tú mandaste pregonar en tu nombre (IS 55): Todos los sedientos venid a las aguas. Y nos hiciste saber que hay deleites en tu mano derecha que duran hasta el fin (Sal 15: 11). Y que con el río de tu deleite, no con medida ni tasa, has de dar a beber a los tuyos en tu reino (Sal 35: 9).” (San Juan de Ávila – Lectura del orante 9).

Por muy fuertes o difíciles que parezcan nuestros desiertos, una cosa debemos de entender, que nuestro espíritu siempre estará sediento del Manantial incomparable de Dios que se nos da a cada uno de nosotros no por nuestros méritos, pero por la misma gracia de Dios. En realidad, si nos ponemos a pensar, podríamos analizar perfectamente lo que San Pablo nos relata en la carta a los Romanos en el capítulo 8 y verso 18ss “Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo? Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.”

Debemos de entender por ende, que somos también migrantes espirituales que en nuestra búsqueda de nuestro bienestar espiritual, atravesamos momentos duros y en algunos casos de muerte. Lo triste es darnos cuenta de que la muerte espiritual es peor que la corporal, puesto que el cuerpo material regresa al polvo, mientras que el que muere espiritualmente bebiendo aguas del mundo, pierde su entrada en la Nueva Jerusalén del Cielo.

“Prestad oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma. Haré con vosotros un pacto eterno, según la fiel promesa que hice a David… Buscad al Señor mientras puede ser hallado; clamad a él mientras está cerca.” Is 55: 3.6

No dejemos que nuestro espíritu se deshidrate por las circunstancias de la vida. No permitamos que las aguas negras y envenenadas del mundo nos aniquilen mientras sufrimos la travesía de nuestro desierto. Sepamos escuchar la voz de Dios que nos invita a beber de los manantiales de donde brotan ríos de agua viva. “Jesús le respondió: “El que bebe esta agua (del mundo) tendrá otra vez sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás; más aún, el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna”.

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