El hijo prodigo

En esta parábola nos encontramos con el relato de un padre que permite a su hijo experimentar en carne propia la separación del árbol de la vida. El hijo toma la decisión de irse, llevándose con él, todo lo que creía le pertenecía, comportándose en una forma arrogante, inclusive, mostrando orgullo intolerable, pues pensaba que la juventud le duraría para siempre. No se daba cuenta que estaba abandonando el hogar, tirándose a las fantasías del mundo que le presenta colores maravillosos, pero que en realidad son como el arcoíris, se ve tan hermoso cuando aparece, pero que al desvanecerse, la belleza de sus colores se desaparece. San Agustín, al reflexionar sobre esta lectura dice al respecto: “Como un alma que se complace con su poder, pide aquello que lo hace vivir, entender, recordar y distinguirse por su ingenio especial; cosas todas que son dones de Dios y que recibió para usar de ellas a su voluntad.”

Con esa misma actitud nos enfrentamos a la vida. Conocemos de Dios porque hemos oído hablar de él, y sabemos que de alguna manera él nos ha creado y que ha soplado su aliento divino sobre nosotros. Pero aun así, por el libre albedrío, tomamos la decisión de separarnos de su presencia. Nos alejamos de su profundo amor en búsqueda de aquello que pueda llenar el vacío que hay en nuestros corazones. Y no es porque al alejarnos de él, salgamos con las manos vacías al contrario, cuando tomamos la decisión de alejarnos de su presencia, salimos llenos de las abundantes riquezas espirituales que nos sostienen en momentos de dificultad. Lo que ha pasado es que estas riquezas las desgastamos en el mundo materialista, en el que se nos pide que para ser felices debemos de despojarnos del amor, y no hablemos simplemente del amor a cecas, sino más bien del amor de Dios que se encuentra en nuestros hogares, cuando un marido buscando llenar el vacío de su corazón opta por el alcohol, las drogas, el sexo desordenado, es cuando se aleja del amor, atraído por el mundo y como consecuencia, maltrata a su esposa, a sus hijos quienes a su vez por sentirse maltratados, optan por la calle en donde se encuentran con otros jóvenes que viven el mismo martirio, terminando en la calle de la desolación y muchas veces asesinados y dejados como animales tirados como desperdicio para la crítica de la misma sociedad, que los llevó a hasta ese lugar.

¿Cómo es posible que sabiendo de Dios, nos alejemos de él? En Dios, el Buen Padre, encontramos alegría y júbilo desbordante, porque es misericordioso. Santo Tomás de Aquino dijo sobre la misericordia de Dios: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia.” Dios siempre ha querido que el hombre regrese al hogar y está en espera como el Buen Padre que todos los días salía a la puerta en espera de aquel hijo, que tomó la decisión de irse a experimentar en el mundo lo que tenía por garantizado en su casa. Hoy Dios nos invita a que tomemos la decisión de regresar una vez más al nido. Dios, el Buen Padre está en espera de nosotros, no para condenarnos, no para castigarnos, ni siquiera para reclamarnos del porqué decidimos salir del hogar. Más bien, está ahí, en la puerta del frente, para salir corriendo a nuestro encuentro al momento de nuestra llegada.

Que maravilloso es descubrir que aun en medio de lo que vivamos en el mundo, hay un Ser todo poderoso que nos ama con amor eterno (Jer 31: 3), que nunca se aparta ni se olvida de nosotros (Is 49: 14-16). El problema es que aun sabiendo esto, en nuestros corazones no cabe más que el dolor y el sufrimiento. Pensamos que eso es mucho más grande que el amor del Padre. Primero que nada debemos de entender que el sufrimiento es parte del alejamiento, pero que el mismo proceso del sufrimiento nos permite como al joven de la parábola, reflexionar sobre nuestras vidas en este momento. Al darnos cuenta de lo que vivimos, podemos visualizar lo mejor que estaríamos de regreso en el hogar del cual salimos. “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Lc 15: 17. Pensaba el joven tirado en el fango, en el lodo del mundo, comiendo de las miserias que la sociedad le da. El hijo entonces pensó que era necesario regresar y por un momento también pensó que iba a ser causa de burla de aquellos puercos con los que compartía las miserias del mundo, pero aún eso no lo detuvo y es cuando toma la decisión más grande de su vida, “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Lc 15: 17-19. Se levantó y aunque todos se burlaban de él, lo criticaban y le decían que cómo iba a regresar a la casa del Padre, si él no valía nada, que era la basura innata de la sociedad, y le replicaban: qué padre lo recibiría cuando él se portó tan mal, que no merecía clemencia ni misericordia.

Eso es lo que el mundo y sus secuaces quieren de nuestras vidas. Ellos nos invitan a disfrutar de las “delicias del mundo” y cuando nos exprimen de nuestras riquezas espirituales, cuando nos prostituyen en la inmundicia, cuando nos arrancan nuestra dignidad de hijos de Dios y nos ven acabados, nos abandonan para buscar nuevas víctimas y esas víctimas que encuentran son nuestros hijos, nuestros cónyuges, nuestra familia en general. Por consiguiente, debemos de reconocer que hemos fallado, que hemos abandonado la casa, nuestro hogar y que abandonamos a nuestro Buen Padre, pero que al hacerlo también abandonamos a nuestra familia, la que tanto nos ama. Ya basta de vivir en ese fango. Ya basta de comer de las bellotas que el mundo nos ofrece para calmar el hambre y la sed de justicia. Es cierto que tomamos la decisión equivocada, pero también es cierto que hoy Dios nos da la oportunidad de recapacitar y arrepentidos retornar al Padre que con dolor vio nuestra partida, pero que con alegría ve nuestro retorno. “Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.” Lc 15: 22-24. ¡Gloria a Dios!

Aún es tiempo de recapacitar y arrepentirnos. No le demos gusto al mundo que nos quiere ver tirados y derrotados después de habernos exprimido. ¿Para qué hacerle caso a los cerdos que nos invitan a comer de los desperdicios de una sociedad que de apoco en poco se va muriendo por su actos de inmoralidad? Nosotros no pertenecemos a este mundo. Nosotros le pertenecemos al Padre. “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.” Jn 3: 1. El mundo lo sabe y es por eso que nos llama sutilmente a que nos alejemos de casa. No podemos seguir engañados. Como dice aquella canción viejita que cantaba la Sonora Santanera: “Quemaron tus luces mariposa ilusionada las luces de Nueva York.” Eso es lo que hace en nuestras vidas el lodo y el fango del mundo.

Hoy retornemos y dejemos que su amor nos envuelva nuevamente porque su amor es más, mucho más grande que la oscuridad en la que vivimos. Solamente él nos puede dar de comer para llenar el vacío de nuestros corazones. Solamente él tiene el poder de devolvernos la dignidad que un día por decisión propia perdimos en el mundo. No esperemos más, no sigamos sufriendo ni hagamos sufrir a nuestra familia. Hoy es el día que Dios ha creado especialmente para nosotros. Como dice Hechos de los Apóstoles 16: 31: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.”

Ánimo, ¿qué esperas para regresar al Padre que está en la puerta preparado para recibirte hoy?

René Alvarado

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María, el Tabernáculo Santo

Queridos hermanos de mi corazón: Que el amor y la paz de Cristo Jesús nuestro único y verdadero Señor y Salvador esté siempre con ustedes y que nuestra Madre María, los cubra con su manto santo, todos los días de sus vidas.

La Biblia nos habla sobre esa mujer que desobedeciendo el mandato de Dios de no comer de aquel fruto prohibido, se dejó engañar por la serpiente (Gen 3: 1-13). De la misma forma la Escritura nos habla sobre la otra mujer que le daría la vida al Salvador del mundo y de cómo Dios en su gran sabiduría se usó de ella, para ser la portadora del amor que derramaría en nuestra vida (Lc 1: 26-38)

Dios no eligió a María por su belleza, su porte o porque fuera “buena”. ¡No! Él la escogió porque vio en ella la profundidad del mismo amor que brotaba como esa cascada que se desprende del manantial nacido en lo íntimo de su corazón.

Hoy de la misma forma nos ve Dios y a cada uno de nosotros nos hace el mismo llamado de acuerdo a lo que dejamos brotar en nuestros corazones. No podemos atender el llamado del Señor a nuestras vidas, si verdaderamente no vivimos de acuerdo a ese amor que purifica los corazones y en ello vivimos a plenitud la belleza de la humildad.

Nuestro interior es ese mismo Templo de Dios en donde habita la presencia del Espíritu de Dios (1 Cor 3: 16) Pero, ¿cómo estará nuestro templo? Será que el interior del mismo se asemeja en mucho al interior de María Inmaculada y que verdaderamente nos dejamos conducir por la humildad y la entrega consagrada que no solamente ama a Dios, sino que también ama a todos aquellos que le han ofendido o maltratado; que los han humillado y denigrado; que los han hecho sentir basura. Es acaso que lo que siempre buscamos es hacer de Dios nuestro servidor, a quien castigamos con no seguirle si él no cumple lo que le pedimos.

María, al escuchar las palabras de anuncio del ángel, se sintió conmovida hasta el corazón y como ella no buscaba más que agradar a Dios en medio de su caridad y atención a los demás, sin preocuparse de lo que a ella le faltara, dando hasta lo que no tenía, a los que eran más pobres que ella. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no trabajaba para aportar a su hogar que era pobre? Simple y sencillamente porque amaba a Dios y creía en él al ver su rostro en medio de todos aquellos que estaban enfermos y que nadie los atendía, que veía su rostro en los niños desamparados, en los ancianos que eran botados como basura, en los perseguidos, en los marginados por su enfermedad, en los marginados por su orientación sexual, en los que por no poder pagar el denario al César, eran encarcelados y castigados, en los esclavos que ansiaban su libertad. A ella nunca le importó no comer con tal que otros comieran; ella se despojaba de su comodidad para que otros tuvieran comodidad, y por ello su recompensa fue el de ser escogida por el Señor para ser la Madre de aquel que vendría a salvar al mundo de la muerte del pecado.

La sociedad en la que María se envolvía era una que experimentaba opresión de un sistema de esclavitud, en la que el poder del César era lo absoluto y aunque por el mismo sistema romano, el pueblo judío tenía ciertas libertades como la de poder adorar al Dios verdadero por medio du sus sacerdotes, levitas y maestros de la ley, estos daban la espalda al pueblo con tal de tener un hueso del imperio y con sus acciones se apartaban de todas aquellas enseñanzas del Antiguo Testamento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” Dt 6, 4; Lev 19: 10

Es por ello que María pasaría a ser la mujer consagrada, la llena de gracia, la verdadera Madre del Dios vivo. Por su entrega, por su apertura a las necesidades de los demás y sobre todo por confiar plenamente en el anuncio recibido en su corazón, al no llenarse de vanagloria y salir gritando al mundo entero: “¡Mírenme, Dios me ha elegido para ser su madre! Por el contrario “todo se lo guardaba en su corazón” Lc 2: 19

En el instante en el que creyó en el mensaje, doblando rodilla e inclinándose hasta tocar el suelo dijo aquellas palabras que deberían de resonar en lo más íntimo de nuestro ser: “Yo soy la esclava del Señor, que se haga en mi tu voluntad” Lc 1: 38.

¿Estaremos nosotros dispuestos a humillarnos ante la presencia del Dios todo poderoso para aceptar hacer su gran voluntad en nuestras vidas? El problema es que no entendemos completamente su voluntad. ¿Qué significado tiene para nosotros esa palabra? Para María, la llena de gracias, hacer su voluntad significaba que estaba dispuesta a desapartarse de todo lo material para el bienestar de los demás y sobre todo, haciéndolo todo por amor. Eso es lo que no comprendemos, amar como Dios ama, es decir dar nuestras vidas por los otros no como un mero héroe sino más bien, reconociendo que en el amor se encuentra la verdadera alegría la misma que nos llevara a la vida eterna, el mismo lugar en donde se encuentra María el Tabernáculo Santo.

Dios te bendiga abundantemente

En el amor de Jesús

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Hombres y mujeres sedientos de su presencia

En el libro de Isaías 55 del 1 en adelante nos habla sobre algo que es muy interesante para nuestras vidas. “Tú que andas con sed, ven a mí que yo te daré de beber…” Maravilloso. Pero, ¿qué significa tener sed y que es lo que él nos ofrece?

Para comprender esto, es necesario analizar primero que nada el hecho de tener sed. El cuerpo humano en su parte físico o carnal, está compuesto de cinco “niveles,” atómico, molecular, celular, anatómico y cuerpo íntegro. Desde el punto de vista atómico y molecular, nuestro cuerpo no puede estar sin tomar agua puesto que la tercera parte del mismo es agua (75% al nacer y 65% al envejecer) y por lo tanto si no bebemos el suficiente líquido, el mismo se deshidrata y puede causar por ejemplo daños profundos en nuestros órganos principales como los riñones.

El agua es una parte muy importante del mantenimiento del cuerpo. Es este líquido que se conserva en el cuerpo para la fluidez de los órganos y el bienestar de las células que componen nuestro cuerpo. El agua por ejemplo es llevada por la sangre para bañar a nuestros tejidos proveyendo de oxígeno a nuestro cerebro. Otro punto interesante es el hecho de que nuestro cuerpo no puede estar sin beber líquidos por más de cinco o seis días consecutivos sin tener el riesgo de una severa deshidratación, y en casos extremos está deshidratación nos puede llevar a la muerte.

Imaginémonos cuantos migrantes cruzan el desierto arriesgando sus vidas por una mejor. Cuántos de ellos no mueren en medio del calor que en algunos casos llega a 114 °F (unos 45.5 °C). El cuerpo humano no está diseñado para tales extremos y perecerá o dañará sus órganos principales por la falta de agua. Pero aun así, estos migrantes arriesgan su vida para encontrar algo mejor, la tierra en donde mana la leche y miel. ¿Cuántos no se han quedado en la mitad de su jornada en medio del desierto? Es que su travesía por el desierto es dolorosa y costosa. Todos los que han tenido la experiencia de migrar por el desierto han de saber lo que esto significa para sus vidas. Como dice aquel cantico “Cansado del camino, sediento de ti. Un desierto he caminado, mi armadura he desgastado, vengo a ti…”

Ahora veamos el significado de estar sedientos de Dios. Los desiertos espirituales que atravesamos en la vida, van secando nuestro espíritu y algunos sin fuerzas acabamos muertos a la mitad del camino. Sentimos morir y deseamos no continuar más porque el camino en medio de ese desierto es muy largo y ardiente. Ese problema en el que nos encontramos nos debilita y aunque tratamos de beber líquido, no es el suficiente como para terminar la travesía. Y es que bebemos cualquier cosa que nos ayude a solventar los momentos duros que estamos viviendo. Así es, el mundo siempre está dispuesto a ofrecernos agua pero, ¿nos hemos detenido alguna vez para analizar qué tipo de agua es la que bebemos para calmar la sed de nuestro desierto?

Recordemos que así como nuestro cuerpo corporal está compuesto de cinco niveles que son necesarios para existir, nuestro ser interior está compuesto por tres elementos, amor, fe y esperanza, que hacen de nosotros un ser espiritual. Del mismo modo que el corporal necesita beber líquido para subsistir, nuestro ser espiritual necesita hidratar nuestro interior con el sublime amor de Dios, con la plena confianza de que Dios nunca nos abandona y con la esperanza que un día llegaremos a nuestra casa celestial. Es por ello que necesitamos beber del Espíritu de Dios para poder subsistir, y si el cuerpo externo se debilita por no beber agua en medio del candente desierto que atraviesa para migrar, el espiritual se mantiene firme en medio de sus problemas, de sus dolores y enfermedades porque su bebida es el mismo Espíritu del Dios de poder que los guía en medio de sus desiertos.

Dios que es tan grande y sabio, nos hace la invitación a acercarnos a él, aunque no tengamos plata pues él nos dará a beber del manantial de agua de vida. San Juan de Ávila nos dice: “Y conociendo Tú, Señor sapientísimo, como Creador nuestro, que nuestra inclinación es a tener descanso y deleite, y que un ánima no puede estar mucho tiempo sin buscar consolación, buena o mala, nos convidas con los santos deleites que en Ti hay, para que no nos perdamos por buscar malos deleites en las criaturas. Voz tuya es, Señor (Mt 11: 28): Venid a Mi todos los que trabajáis y estáis cargados, que Yo os recrearé. Y Tú mandaste pregonar en tu nombre (IS 55): Todos los sedientos venid a las aguas. Y nos hiciste saber que hay deleites en tu mano derecha que duran hasta el fin (Sal 15: 11). Y que con el río de tu deleite, no con medida ni tasa, has de dar a beber a los tuyos en tu reino (Sal 35: 9).” (San Juan de Ávila – Lectura del orante 9).

Por muy fuertes o difíciles que parezcan nuestros desiertos, una cosa debemos de entender, que nuestro espíritu siempre estará sediento del Manantial incomparable de Dios que se nos da a cada uno de nosotros no por nuestros méritos, pero por la misma gracia de Dios. En realidad, si nos ponemos a pensar, podríamos analizar perfectamente lo que San Pablo nos relata en la carta a los Romanos en el capítulo 8 y verso 18ss “Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo? Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.”

Debemos de entender por ende, que somos también migrantes espirituales que en nuestra búsqueda de nuestro bienestar espiritual, atravesamos momentos duros y en algunos casos de muerte. Lo triste es darnos cuenta de que la muerte espiritual es peor que la corporal, puesto que el cuerpo material regresa al polvo, mientras que el que muere espiritualmente bebiendo aguas del mundo, pierde su entrada en la Nueva Jerusalén del Cielo.

“Prestad oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma. Haré con vosotros un pacto eterno, según la fiel promesa que hice a David… Buscad al Señor mientras puede ser hallado; clamad a él mientras está cerca.” Is 55: 3.6

No dejemos que nuestro espíritu se deshidrate por las circunstancias de la vida. No permitamos que las aguas negras y envenenadas del mundo nos aniquilen mientras sufrimos la travesía de nuestro desierto. Sepamos escuchar la voz de Dios que nos invita a beber de los manantiales de donde brotan ríos de agua viva. “Jesús le respondió: “El que bebe esta agua (del mundo) tendrá otra vez sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás; más aún, el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna”.

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El Camino la Verdad y la Vida

El Evangelio del quinto domingo de Pascua nos habla sobre el destino que nos aguarda para aquellos que creemos en el Señor. “No estéis angustiados. Confiad en Dios, confiad también en mí. En la casa de mi Padre hay sitio para todos; si no fuera así, os lo habría dicho; voy a prepararos un sitio.” Jn 14: 1-2 Antes de cualquier cosa, Jesús nos pide que no nos angustiemos. Que confiemos en él, quien es el que tiene control de todo lo que vivimos, de los problemas que atravesamos o del sufrimiento que nos aqueja en este momento. Pero como es que vamos a confiar en Dios a quien no vemos. Es lógico cuestionar la presencia de Dios en medio de lo que sufrimos. Él mismo lo experimentó en la Cruz del Calvario: “Y hacia las tres de la tarde Jesús gritó con fuerte voz: “Eloí, Eloí, lemá sabactani”, que quiere decir: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?“. Marcos 15: 33-34. Nuestra naturaleza humana no nos permite aceptar el proceso de la vida misma. Es que en el medio de situaciones complicadas, en donde no logramos encontrar una pronta solución al dilema que vivimos, nos vemos inmovilizados y tanto la mente como el corazón se paralizan y no nos dejan ni pensar en el amor de Dios, ni mucho menos creer que él está allí a nuestro lado.

Confiar en él significa que vamos a dejar que su infinito amor nos cubra con su presencia. Ese amor es el que nos da la fuerza y empatía para continuar nuestro diario vivir, sin importar lo que hemos de atravesar. La realidad de nuestras vidas está enfrascada en esa misma certidumbre. Si creemos que él está a nuestro lado, por lo mismo, con el mismo énfasis, debemos de creer que es él quien nos sostiene y por ende en medio de nuestro temor ante la incertidumbre de la vida, saldremos triunfantes gracias a aquel que nos ama con amor eterno (Jer 31:3). Esto es muy importante de saber digerir y analizar no solamente con el pensamiento carnal (cerebro), pero al mismo tiempo discernirlo desde lo profundo de nuestro espíritu (corazón), que es en dónde “Dios sabe lo que necesitamos antes que se lo pidamos.” Mt 6: 8

Por otro lado, debemos reconocer que Jesús es ese Camino que nos encamina a la gloria eterna, el que un día no llevará hacía el Padre. Pero, ¿cómo entender esto? Desde el punto de vista lógico es imposible comprender, porque hoy día de todos lados se nos bombardea la idea de Tomás, “hasta no ver, no creer”. Eso imposibilita ver a Jesús como el verdadero Camino que nos conlleva a la vida eterna. Ya Pablo lo manifiesta en   1 de Corintios: “Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de una manera imperfecta; entonces conoceré de la misma manera que Dios me conoce a mí.” 1 Cor 13: 12. Es tan simple poder entender esto; no se necesita de gran sabiduría o conocimiento intelectual, más bien, simplemente se necesita abrir nuestro corazón para dejar que el plan perfecto de Dios se realice en nuestras vidas. Esto será sin duda, lo que nos permita dar los pasos necesarios en ese Camino, sin temor, sin miedo, simplemente dejándonos conducir de su mano, pues como dice el Salmo 91: “A ti no te alcanzará la desgracia ni la plaga llegará a tu tienda, pues él ordenó a sus santos ángeles que te guardaran en todos tus caminos; te llevarán en sus brazos para que tu pie no tropiece en piedra alguna; andarás sobre el león y la serpiente, pisarás al tigre y al dragón. Porque él se ha unido a mí, yo lo liberaré; lo protegeré, pues conoce mi nombre; si me llama, yo le responderé, estaré con él en la desgracia, lo libraré y lo llenaré de honores; le daré una larga vida, le haré gozar de mi salvación.”

Además, tenemos que reconocer que el Camino que es Jesús, nos conduce por la Verdad. Pero… ¿qué significa esa Verdad? Para los grandes eruditos, exegetas o biblistas, esa verdad es simplemente Jesús como el verdadero Mesías. Claro es eso es cierto, pero la realidad es que si lo enfocamos desde el punto de vista espiritual y no académico, entonces podremos reconocer que esa Verdad es el mismo Amor del Padre manifestado en su Hijo Jesucristo. “Tanto ama Dios al mundo que Dios a su Hijo Único, para que todo aquel que confiará en él no se perdiera, sino que tuviera vida eterna” Jn 3: 16. En Jesús está manifestado el verdadero Amor. Esa es la Verdad de la que habla el Evangelio y si creemos entonces ese Amor nos conducirá a la Vida eterna. “Yo Soy el Camino, la Verdad (el Amor) y la Vida y nadie viene al Padre sino es por Mí.” Jn 14: 6.

Entonces ¿por qué seguir afligidos? Las problemáticas de la vida en nada se comparan con la gloria que tenemos predestinadas allá en el Cielo para todos aquellos que creemos en él. (Rom 8: 18) Solamente en Cristo podremos alcanzar la vida eterna; solamente en él viviremos en la paz que no da el mundo. Solamente hay un simple requisito que llenar. Debemos de creer en su amor para que un día alcancemos nuestra corona preparada allá en el Cielo.

Puedes enviarme un comentario a renealvarado@elpoderdedios.org.

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Estamos llamados a evangelizar

Introducción a los evangelios

En el Evangelio de San Mateo en el capítulo 28 del verso 18 en adelante, Jesús nos hace la invitación a evangelizar en una manera muy especial: “Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra.  Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.»” 

Es interesante en la forma en la que Jesús nos pide el anunciar la
Buena Nueva. Pero para que nosotros podamos comprender este mandato, tenemos primero que nada, empezar a experimentar por nosotros mismos esta Nueva Buena en nuestras propias vidas.

Tenemos que saber que desde el momento en el que fuimos bautizados dentro de nuestra fe, estamos llamados a llevar el Evangelio de amor y redención a la humanidad. ¿Pero, cómo lo haremos? Pues envolviéndonos en todo lo que la Iglesia nos permite, de acuerdo a nuestras capacidades. Recuerda, no estoy diciendo de acuerdo a nuestra inteligencia, sino más bien de acuerdo a nuestros carismas y dones espirituales.

En la cita que mencionamos anteriormente, nos enfocaremos en algunos puntos muy importantes, para poder comprender el llamado a evangelizar. Empecemos por el primero: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra…”  Jesús siendo uno con el Padre (Jn 14:6-9), tiene autoridad sobre la Iglesia que se adhiere a él en un mismo espíritu, y en su autoridad, nos invita a evangelizar no solamente como un mandato por obligación, si no qué, con su propia experiencia, enseñándonos a llevar una vida recta, para por medio de nuestras vidas, podamos de la misma manera dar ejemplo de seres que viven a plenitud la experiencia de haber sido evangelizados. Ese mismo poder, Jesús nos lo da a nosotros, los que creemos verdaderamente en él y que nos dejamos envolver de su amor. Recordemos que su autoridad es obtenida por su relación con el Padre y su deseo absoluto de llevar la Buena Nueva a la humanidad, sacrificando su vida por amor al Padre y a cada uno de nosotros. Ese es su poder. El poder de amar como el Padre nos ama, demostrándonos que si lo hacemos por amor y confiamos plenamente en su poder, obtendremos victoria.

Su poder no es autoritativo, aunque él pudiese hacerlo así. Bien pudiera Jesús haber tomado un látigo y a latigazo limpio, obligar a los apóstoles a evangelizar, infundiendo el miedo en sus corazones, para que ellos a su vez infundieran el miedo a los que iban a ser evangelizados, pero como nos dice la Escritura: “y sabrán todas estas gentes que Yahvé no necesita espada o lanza para dar la victoria, porque la suerte de la batalla está en sus manos.»” 1 Sam 17:47

La segunda frase que estudiaremos es la siguiente: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el  Nombre  del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” En la primera Jesús nos dice quien es él y su autoridad tanto en el Cielo como en la tierra, expresando su concordancia con lo que él mismo nos enseño al rezar el Padre nuestro, “haciendo la voluntad de su Padre tanto en el Cielo como en la tierra” Mt 6:10 En la siguiente parte, nos da su mandato, de hacer que “todos los pueblos” sean sus discípulos, pero la pregunta del siglo es ésta: ¿Cómo lo voy a hacer? Bueno esa es una pregunta muy fácil de responder, ya que implica nuestro sincero deseo de hacer la voluntad del Padre. Ahora que es ahí en donde irradia nuestro problema. Nunca queremos hacer la voluntad del Padre cuando él nos pide que sacrifiquemos nuestras vidas, por su amor. No nos gusta la idea de salir y compartir con el vecino, en nuestros trabajos, en la escuela, y mucho menos queremos compartir la Buena nueva con nuestra propia familia.

Pensemos por un momento lo que Jesús hizo por cada uno de nosotros, al compartir su amor en una entrega total que lo llevó al madero. Así nos ama y así de esa manera se dio así mismo como último sacrificio para enseñarnos la manera en la que debemos de evangelizar, llevando su Palabra de amor y salvación y a su vez trayendo almas a sus pies.

Es necesario pues, que nos despojemos de todo nuestro interior y que rechacemos los miedos, los temores al fracaso y digo “al fracaso”, porque muchas veces pensamos que somos ineptos, que no sabemos hablar y que no tenemos sabiduría para poder compartir lo que Cristo ya hizo por nosotros en la Cruz del Calvario. Mira por ejemplo a Moisés, él tenía preparación secular, digamos que llegó a estudiar en la universidad de Los Angeles (UCLA), estaba bien preparado para las cosas del mundo secular, pero cuando fue llamado por el Señor, todo lo que aprendió en la universidad, quedo hecho papilla, pues Dios no pedía de él sabiduría humana, más bien Su petición fue el de ir y rescatar al pueblo que vivía bajo la esclavitud en Egipto. Moisés le puso pretextos a Dios, diciéndole que él no podía hacer lo que le pedía, pues no era muy elocuente y que hasta tartamudeaba: “Moisés dijo a Yahvé: «Mira, Señor, que yo nunca he tenido facilidad para hablar, y no me ha ido mejor desde que hablas a tu servidor: mi boca y mi lengua no me obedecen.» Le respondió Yahvé: « ¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace que uno hable y otro no? ¿Quién hace que uno vea y que el otro sea ciego o sordo? ¿No soy yo, Yahvé?  Anda ya, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar.» Pero él insistió: «Por favor, Señor, ¿por qué no mandas a otro?» Esta vez Yahvé se enojó con Moisés y le dijo: « ¿No tienes a tu hermano Aarón, el levita?  Bien sé yo que a él no le faltan las palabras. Y precisamente ha salido de viaje en busca tuya y, al verte, se alegrará mucho. Tú le hablarás y se lo enseñarás de memoria, y yo les enseñaré todo lo que han de hacer, pues estaré en tu boca cuando tú le hables, y en la suya cuando él lo transmita.  Aarón hablará por ti igual que un profeta habla por su Dios, y tú, con este bastón en la mano, harás milagros.»” Ex 4:10-17

¿Cuántos pretextos le hemos puesto a Dios para no hacer su voluntad? Que otros prediquen, que otros sean los que evangelicen a mi familia, a mi comunidad. Además es responsabilidad del sacerdote y de las monjas de hablar de Dios y nos quedamos siempre esperando a que nos atiendan y nos enojamos cuando el clero no hace como nosotros les pedimos, cuando no nos atiende el padre de la parroquia y es entonces que decidimos ir en búsqueda de otros lugares en los que supuestamente nos atenderán mejor. Jesús vino a servir y no a ser servido nos dice su Palabra (Mc 10:45) y lo demostró a tal grado que su amor todavía persiste en medio de nosotros.

Debemos de compenetrarnos en su amor, experimentar su dolor, para poder comprender del por qué él nos pide que hagamos de todos los pueblos sus discípulos. No podemos traer almas a sus pies, cuando nosotros no hemos venido a él. Cuando sabemos de un vecino que se fue a la guerra, oramos para que todo le vaya bien, pero no sabemos en nuestra propia carne lo que la familia está atravesando al tener a ese hijo o padre en el frente de batalla. Si él muere, solamente decimos “pobrecito, dio su vida por amor a su país” y lo dejamos hasta ahí. No entendemos el dolor profundo que esta familia experimenta en este momento, hasta que eso sucede con nuestra propia familia. Es entonces que podemos comprender ese dolor al perder a nuestro ser querido. De la misma manera no podemos hacer que todos los pueblos sean discípulos del Señor cuando nosotros mismos no estamos viviendo ese discipulado.

Recuerda que no es el conocimiento de la letra, lo que te forjará sabio, ni tampoco el ser un gran orador o que manejes bien el verbo, todo lo contrario, pues si tienes todos estos conocimientos humanos, pero no te sueltas en la sabiduría del Señor, de nada te servirá. Dios te ha dado dones y carismas, lo dijimos anteriormente y cada uno de nosotros tiene uno en particular, ya sea este de hablador como yo, o que cantes (no como yo) o que se te facilite escribir o pintar o que te sientas cómodo moviendo una silla, tomando una escoba y ayudando a limpiar el Templo, etc. Todo esto ponlo al servicio del Señor, pues la recompensa será grande, la vida eterna.

Ahora moviéndonos al último párrafo de la lectura: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” Mira solamente que promesa tan especial nos hace Jesús. Él nunca nos dejará abandonados a nuestros propios destinos. Jesús que no tenía en donde recostar su cabeza (Lc 9:57), que caminó sólo en el desierto (Lc 4:1-13) y que en el momento de su aprensión, fue abandonado por todo el mundo especialmente los más allegados a él (Mt 26:56), nos promete que nunca nos dejará en las mismas condiciones en las que nosotros lo dejamos a él cuando no hacemos su voluntad y trabajamos solamente para satisfacer nuestros propios egos personales, para vanagloriarnos de lo que hacemos en la Iglesia y no necesariamente, para darle honor, honra y gloria a aquel que nunca nos abandona.

Ese es el Señor para nosotros, pero lo que debemos de preguntarnos en este momento es: ¿Soy yo verdaderamente para el Señor? ó simplemente hago lo que hago sin estar consciente de su amor.

Claro que hay que comprender que en ocasiones, la vida rutinaria que llevamos, no nos permite servirle verdaderamente y a veces por cuestiones de compromisos seculares, no podemos experimentar la presencia de Jesús a nuestro lado. Especialmente cuando estamos viviendo una enfermedad, o un problema de violencia doméstica, nos preguntamos si en realidad esa promesa del Señor es verdaderamente real. Eso nos va hundiendo en nuestro interior y va ahogando lo mucho que queremos servirle. Pero es que no queremos profundizar en su promesa. Dios está constantemente ahí junto a nosotros, experimentando nuestro propio dolor y sufrimiento, derramando lágrimas por ti, y aun nosotros nos sentimos abandonados y en lugar de acercarnos a él, mejor buscamos todo tipo de experiencia exterior, en vicios como el alcohol, las drogas, las pasiones desordenadas, las infidelidades y hasta los golpes a nuestros seres queridos. No encontramos paz, porque nos sentimos abandonados por Dios. Lanzamos una mirada al Cielo y preguntamos: “Dios mío, por qué no me respondes, ¿es acaso que estás sordo?” A lo que Yahvé te responde: “¡No hijo, no estoy gordo!” Es que su mano está sosteniéndonos en cada tropiezo que damos. Es como nuestros hijos cuando empiezan a caminar: los tomamos fuerte de sus manitas y poco a poco los vamos soltando hasta que empiezan a dar pasos por ellos mismos, pero cuando tropiezan, vamos inmediatamente a levantarlos y a contemplarlos y ellos a su vez se sienten protegidos y su llanto dura solamente un instante, pues experimenta el amor de sus padres. Lo mismo es con el Señor, él es nuestro Padre que nunca nos abandona y “aunque nuestros pies tropiecen con piedra alguna, no debemos de temer, pues él está ahí para sostenernos” Sal 91

Leamos en la carta de San Pablo a los romanos: “¿Qué más podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?  Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con él todo lo demás? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada?  Pero no; en todo eso saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó.  Yo sé que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” Rom 8:31-37

Dios en su Hijo Jesucristo, nunca nos abandonará en nuestro trabajo de evangelización y por muy duro que esto nos parezca, él siempre estará a nuestro lado, pues su promesa es justa, ya que él es justo.

Para que nosotros podamos comprender lo que el Señor nos promete, debemos de estar compenetrados en la lectura asidua de la Biblia, profundizando y reflexionando a plenitud todo lo que él hizo por cada uno de sus amados. En realidad eso es la Biblia, especialmente cuando hablamos del Nuevo Testamento y más aun cuando nos enfocamos en la lectura de los Evangelios.

En ellos Jesús nos da una clara visión de lo que significa evangelizar, siendo obediente al Padre en todos los aspectos y aunque los cuatro Evangelios nos apunten a Jesús en diferente manera (esto lo estudiaremos en la próxima clase), los cuatro nos invitan a adentrarnos en nuestra misión evangelizadora, proclamando su Palabra de amor, no solamente leyendo la Biblia, si no qué poniendo en acción lo que ahí leímos.

Recordemos que la palabra Evangelio, viene de la palabra griega “Euanglion” que significa “buenas noticias” y que tiene sus raíces en “ángel” y como todos sabemos ángel significa enviado o mensajero de Dios. Por lo tanto si dividimos ésta palabra griega en dos tenemos que “Eu” significa “Buena” “anglion” mensajero. Cuando la utilizamos en la lectura de la Biblia, está palabra significa “Buenas nuevas del Señor Jesús” Por lo tanto al leer la Biblia, nos estamos comprometiendo con el Señor Jesús a ser mensajeros de la Buena Nueva que primero que nada ha transformado nuestras propias vidas, y por lo tanto con nuestra experiencia, proclamaremos el Evangelio de salvación a la humanidad.

También hay que hacer referencia a un punto bien importante, que no se nos debe de olvidar: Jesús en los cuatro Evangelios, se entregó por amor hasta dar su propia vida como recompensa por el pago de nuestros pecados (Fil 2:6-11) Pedro también dio su vida por el Evangelio siendo crucificado de cabeza, pues no se sentía digno de morir como su Señor; Pablo mismo fue decapitado por causa del Evangelio; Esteban (Hc 7), quien murió apedreado por compartir la promesa de salvación. También podemos mencionar mártires modernos como: Monseñor Romero, Obispo de El Salvador, quien dio su vida, por denunciar injusticias sociales: “Señores gobernantes, les pido, les ruego, les imploro, ¡les ordeno que paren la violencia!” ¿Y cómo terminó? muerto. Martín Luther King quien lucho por los derechos de los Afro americanos, manifestando por sus derechos en una manera pacífica, también termino asesinado y así podemos mencionar a muchos otros que proclamando el Evangelio, experimentaron en carne propia lo que significa verdaderamente el anunciar la Buena Nueva, que leyeron en la Biblia y que sin más pusieron a trabajar, pues como nos dice Santiago en el capítulo 2 y verso 17: “Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, muere solita”

¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que el Evangelio que leemos en la Biblia es un Evangelio de acción y que esa acción nos llevará hasta el dar nuestra vida, con precesiones, con implicaciones que serán duras de aceptar, pero que al final de cuentas, nos llevará a la vida eterna y como Pablo nos dice: “No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un «perfecto», sino que prosigo mi carrera hasta conquistar, puesto que ya he sido conquistado por Cristo.  No, hermanos, yo no me creo todavía calificado, pero para mí ahora sólo vale lo que está adelante, y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, quiero decir, de la llamada de  Dios  en  Cristo  Jesús. Nosotros tenemos nuestra patria en el cielo, y de allí esperamos al Salvador que tanto anhelamos, Cristo Jesús, el Señor.  Pues él cambiará nuestro cuerpo miserable, usando esa fuerza con la que puede someter a sí el universo, y lo hará semejante a su propio cuerpo del que irradia su gloria.” Fil 3:13-20

Qué bello es poder contar con la promesa del Señor, saber que él estará a nuestro lado y que una promesa más grande aun nos ha hecho, nuestra casa en el Cielo. Ah, pero esto será solamente para aquellos que verdaderamente vivan a plenitud lo que se lee en los Evangelios.
 
El Evangelio no se queda solamente en un sentir bonito y eso ya lo hemos repetido muchas veces, tampoco significa que tenemos que estar metidos todo el tiempo en el Templo y menos que nos dediquemos todo el día a rezar, todo lo contrario. El Evangelio es acción y por eso nosotros debemos de ser acción y predicar la Buena Nueva primordialmente, en medio de nuestro hogar, en nuestra comunidad y sobre todo en medio de nuestra sociedad, velando por las injusticias sociales, tales como las leyes de inmigración que afectan a nuestros hermanos que se encuentran sin documentos; velar por el derecho a la vida, luchar por mejorar las condiciones de nuestros hermanos que se encuentran hundidos en la pobreza, luchado por sus derechos y no aprovechándonos de ellos; velando porque nuestros hijos prosperen en medio de una sociedad que les pinta un mudo fantasioso, haciéndoles caer en vicios mundanos; comprometiéndonos a luchar en contra las injusticias religiosas, en medio de nuestra parroquia, en medio de nuestra Sede eclesiástica, velando por los intereses de los más afectados, demostrándoles con acción, que sí tienen a Cristo a su lado. Eso es el ser parte integral del Evangelio del Señor. Él nos lo demostró con hechos y nos pide que lo mismo hagamos por los demás.

¿Cómo lo lograremos? Con oración (no rezos vanos y vagos), con ayuno (no tratando de perder peso), pero sobre todo con nuestra entrega total al Señor de la Gloria eterna. Perseverando aun en la persecución y sin miedo de dar nuestras vidas por amor a Dios y al prójimo.

Es tiempo que la Biblia y los Evangelios sean más que lecturas bonitas que nos hablan de Jesús. Es el momento en el que nosotros los renovados en el Espíritu Santo, tomemos posesión de nuestros puestos y que preparados en la Eucaristía, proclamemos con valentía a un Dios de amor que nos dio a su Hijo a morir por cada uno de nosotros, y que al resucitar de entre los muertos nos da vida eterna. Pongámonos la armadura del Señor y proclamemos al mundo entero que Dios nos llama al arrepentimiento y a la conversión, espiritual, moral y social en medio de un mundo perdido por los vicios inculcados por hombres que llenos de odios y rencores y sobre todo llenos de soberbia, ambición y ansias de poder, llevan a la sociedad a la incertidumbre, a la pobreza, a la injusticia en contra de los más pobres y todo lo oscuro que esto acarrea.

No caigamos nosotros los renovados en los mismos vicios, más bien, seamos sobrios y presentémonos rectos ante el Señor. No busquemos y menos luchemos por puestos dentro de nuestra Iglesia. ¿Para qué? Eso nos lleva a la vanagloria y al despotismo, como sucede en medio de nuestras parroquias, que al pelear un puesto uno pone de cabeza al otro, peleándose como perros y gatos, demostrando que realmente lo que les interesa es tener su propia adoración y alabanza, como políticos que prometen y hasta matan a sus contrincantes, por ser mejores que ellos. Y aun así nos atrevemos a decir que somos renovados en el Espíritu de Dios.

Veamos también como caemos en esos vicios cuando dos grupos se pelean por la gente y hacen retiros o eventos de evangelización en las mismas fechas, tratando cada uno de tener la muchedumbre más grande. Eso no es el Evangelio. Por qué no nos unimos todos en el verdadero Espíritu y proclamemos juntos la Buena Nueva, trayendo almas a sus pies, usando todas herramientas posibles para lograr llevar a cabo el mandato del Señor de “ir por todas las naciones y hacerlos sus discípulos” Porque es triste ver como la Iglesia aun en su renovación, está llena de discípulos como Judas que por ambición entregó al Señor y no contento con ello, se quitó la vida. Él caminó con Jesús y vio sus milagros, escuchó del Maestro, enseñanzas profundas y más sin embargo ¿qué hizo? Lo entregó con un beso. Nosotros en la Iglesia actual hacemos lo mismo. Por obtener un puesto, por tener la mayor cantidad de gente, por quedar bien con los líderes, por querer un hueso, entregamos al hermano que verdaderamente evangeliza por amor al Señor sin importar consecuencias y cuando estas mismas suceden, entonces nuestras conciencias quedan manchadas, sucias por lo que hicimos y la mayoría, después de hacer el daño se alejan, no solamente del grupo, de la Iglesia, sino que de Dios.

Recordemos que evangelizar, es amar y si no amamos, nunca podremos llevar la Buena Nueva a la humanidad y mucho menos podremos hacer de los pueblos sus discípulos. 

Jesús nos envía, sabiendo que hemos comprendido su Palabra, sus enseñanzas y que sus milagros los vivimos en lo más profundo de nuestro corazón. Pero la clave de todo es el de “estar unidos” A los apóstoles los reunió en un mismo lugar y a todos los habló de la misma forma, no individualmente, por lo tanto nosotros debemos de unirnos en su Palabra, para poder ser los mensajeros del poder de Dios.

Que Dios Padre nos ayude a ser mejores evangelizadores y proclamadores de las Buena Nueva, para que el mundo crea que verdaderamente existe un Dios de poder, que los ama y desea su salvación. Amén

No olvidemos que nuestra Iglesia nos recomienda que la lectura de la Biblia, tiene que ser asidua, es decir que la Palabra debe de ser leída constantemente y que más que todo si somos principiantes, empecemos por leer los Evangelios.

René Alvarado

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