De alabanza a la contemplación

Ya no podemos dejar que las situaciones adversas detengan nuestra jornada hacia nuestro Shalom; debemos de continuar y es precisamente por medio de la oración como vamos a lograrlo. Recordemos que en la clase pasada vimos como por medio de la oración, buscamos no como Dios me puede agradar a mí, sino cómo estoy siendo fortalecido en mi misión de alcanzar almas a sus pies. Veamos el ejemplo de Martha y María, las hermanas de Lázaro a quien Jesús resucitó: “…Tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra. Mientras tanto Marta estaba absorbida por los muchos quehaceres de la casa. En cierto momento Marta se acercó a Jesús (en quejabanza) y le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para atender? Dile que me ayude.» Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, tú andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»”Jn 6:27Jn 12:31:He 6:2

Lo primordial de nuestra oración no es el tanto hablar, sino más bien, el saber escuchar su voz que clama en el desierto de nuestras vidas. A nosotros los servidores se nos va el tiempo en hablar tanto de Dios a los demás por medio de conejos, digo “consejos”, que se nos olvida que es todo lo contrario, que debemos de hablar más con él que hablar de él. Es como aquella muchacha que tenía dos enamorados, uno de ellos era su novio y el otro su amigo. El novio siempre hablaba a todos sus amigos sobre la maravillosa novia que tenía, mientras que el amigo se dedicaba todo el tiempo a hablar con ella. ¿Con quién se quedo la muchacha? Pues con el amigo. Lo mismo sucede con el servidor que pasa el tiempo hablando de Dios olvidándose de hablar con él.

Una vez más lo repetimos, cuando se dice de hablar más con él, no es necesariamente para que aprovechemos el tiempo para la quejabanza. Este tiempo es importante para que guardemos un poco de silencio y sepamos escuchar su voz latente en nuestro interior y luego anonadados, le respondamos con alabanza.

Cuando Dios habla, no es para que transformemos la vida de los demás pues eso de por si es nuestra misión, por medio del testimonio; cuando nos habla es más bien, para que podamos experimentar su fortaleza en medio de todo lo que “sufrimos” en el servicio. Es precisamente de esto en lo que nos enfocaremos en esta clase.

¿Cómo le haremos para alcanzar la cúspide de nuestra oración? Pues, para comenzar hay tres puntos importantes que debemos de considerar: La alabanza, la adoración y la contemplación.

Es bueno mencionar que el método que usemos personalmente, puede ser muy distinto al que aquí nos referimos, pues cada uno de nosotros llevará una vida de oración muy diferente de otras personas y, la experiencia a su vez, será distinta una de la otra.

Debemos notar también que el deseo de orar debe de ser sincero (Del lat. Sincērus = puro, sin mancha), exponiendo todo lo que somos al Padre. Recordemos que podemos engañar a muchas personas, e inclusive podemos hasta engañarnos a nosotros mismos, pero a Dios nunca lo podremos engañar. Él nos conoce mejor que nuestras propias madres. Dice su palabra: “Escúchenme, islas lejanas, pongan atención, pueblos. Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre, conoció mi nombre desde antes que naciera” Is 49:1. Por lo tanto seamos sinceros ante la presencia del Señor.

La alabanza

Es la manera usual en la que empezamos nuestro diálogo con el Padre. Es aquí en donde comenzamos a calentar el motor del vehículo que nos llevará hacia la presencia de Dios. “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que él es” NC 2639. Es a través de los cánticos y de nuestra unión en la alegría del espíritu, como podemos dar inicio a una oración profunda, agradeciendo al Señor su inmensa misericordia por cada uno de los momentos en los que él ha obrado por nosotros.

Es éste el paso que necesitamos muchos de nosotros, para quebrantar el hielo de los corazones. La alabanza es la manera en la cual integraremos nuestro espíritu con el Espíritu del Padre, preparándonos interiormente con el deseo de dialogar con él y el deseo de visualizar su rostro (Fil 4: 4-7) Como nos dice el Santo Job: “¡Ojalá que mis palabras se escribieran y se grabaran en el bronce, y con un punzón de hierro o estilete para siempre en la piedra se esculpieran! Bien sé yo que mi Defensor vive y que él hablará el último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a Dios. Yo lo contemplaré, yo mismo. Él es a quien veré y no a otro: mi corazón desfallece esperándolo” Job 19: 23-27

Desde el momento de la alabanza, nuestras almas empezarán a disfrutar de la presencia del Padre en el Espíritu Santo, lanzando nuestra oración al Señor en una acción de gracias y llenando nuestro ser de un gozo tal que podremos desde el mismo inicio experimentar a Dios obrando desde ya, en nuestras vidas (Sal 68: 33-36; Ex 15: 11-18). Es aquí en donde empezamos a dejar por un lado todo aquello que no nos permite adórale a plenitud, como ese odio o rencor, esa ira, esos celos, esas vanaglorias, etc., es decir nuestras oscuridades.

La adoración

Es la primera actitud de nuestro espíritu al reconocer que hablar con el Padre a través de Jesús, lo hacemos libre de todo pensamiento material y que lo reconocemos en el silencio de nuestros corazones, un momento lleno de entrega y humildad, aceptando su Espíritu de amor y bondad en lo más profundo de nuestro ser, teniendo en cuenta que somos sus hijos amados.

Es éste el momento en el que el Espíritu conduce nuestras almas a la exaltación del Padre. Es el tiempo en el que lanzamos palabras llenas de humildad, reconociéndolo como el verdadero Dios; como el verdadero Señor de nuestras vidas; como el que nos muestra su imagen preciosa, con los brazos abiertos y diciendo a nuestros corazones “¡Hijo te amo, hija te amo!“

Podemos reconocer a través de la adoración, que él está verdaderamente ahí al lado nuestro y que con nuestras palabras, exaltamos su nombre alabándolo y glorificándolo en lo más íntimo de nuestro ser (Sal 96: 1-7)

Adorarlo es hacerlo nuestro verdadero Padre, es saber escucharlo y saber atender a su voz en nuestros corazones; Es poder palparlo y abrazarlo en medio de nuestras penas, dolores y sufrimientos; Es decirle un “¡Te alabo y te exalto, porque tú eres mi Dios y mi Señor! “ Es poder derramar lágrimas de alegría; es extender nuestros brazos y cantarle aleluya desde lo más profundo de nuestro corazón; Es poder decirle Abbá papito; es injertarnos en toda su grandeza y proclamarlo Rey de reyes y Señor de señores.

“Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la «nada de la criatura», que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en la Magnífica, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.” NC 2097 Ez 16:60; He 13:34

La contemplación

Es el momento en el que profundizamos en nuestro diálogo con el Padre, el instante en el que contemplamos el rostro del Señor.

Hablar de contemplación significa que, nos dejaremos llevar por la presencia de Dios, experimentando el estar a su lado, desde el punto más profundo del corazón, en el silencio de nuestras almas. Jesus_078

Es por ello que muchos de nosotros no alcanzamos éste nivel de oración. Nos esforzamos en pensar como Dios nos va agradar y no guardamos el silencio necesario. Contemplarlo es vernos anonadados ante su presencia, es no pensar en “yo y Jesús“, sino en el Jesús total.

En la oración de contemplación, buscamos siempre a Jesús a quien no se le tiene que dirigir palabra alguna para poder disfrutar de su presencia. Más bien, se trata de verlo y de escuchar su voz en nuestro corazón (Hc 2:25-28) Porque si es cierto que a Dios no se le puede ver, también es cierto que lo podemos contemplar a través de ver a Jesús, pues “él es la imagen del Dios que no se puede ver” Col. 1: 15.

Es en éste momento en el que podremos experimentar su real grandeza, dirigiéndose a nosotros con amor y ternura. Es poder ver su imagen reflejando su Luz eterna sobre nosotros, sembrando en nuestros corazones un espíritu de paz y de armonía.

Qué más se podrá decir de este momento tan especial, si no lo vivimos, si no lo experimentamos nosotros mismos, nunca podremos descifrarlo a plenitud.

Entonces diremos que la contemplación es el momento más importante dentro de la oración, pues ella nos lleva directos a la presencia de Dios por medio de Jesús a través del Espíritu Santo.

Para terminar esta sección, tenemos que recordar dos aspectos importantes dentro de la vida del servidor de Dios: 1. Que somos sus hijos y 2. Que tenemos que vivir una vida constante de comunicación con él. Voy a recordar nuevamente esto: “No podemos ser fieles servidores, cuando solamente nos dedicamos a hablar de Dios a los demás” Por el contrario, nuestro deber como cristianos servidores es el de tener un diálogo constante con el Padre, para poder llevar su mensaje de salvación a la humanidad. Tenemos que vivirlo y disfrutarlo en la oración, para trasmitir esa misma alegría a los corazones que están en necesidad de experimentar la paz y la alegría del Señor.

Muchos servidores dentro de la renovación carismática, tienden a olvidar que la oración es lo más importante de sus vidas. Olvidan sobre todo que cuando se ora el Espíritu de Dios se derrama, especialmente sobre aquellos que están dispuestos a dejarse llenar de él. Es que solo nos gusta la euforia, el bullicio del momento y cuando nos dicen: “Hermanos, inclinemos nuestro rostro y cerremos esos ojos hermosos que el Señor nos regaló, vamos a orar”, es triste ver como aquellos servidores se ponen a hablar allá atrás de las ovejitas. ¿Qué hablarán? O más bien dicho ¿De quién hablarán?

La realidad es que, aunque el Espíritu del Padre, es dicha y felicidad, también y más aun es gozo y paz interior. Ese mismo gozo nos hace levantar nuestras manos y declarar con firmeza que confiamos plenamente en su amor. Que no hay nada ni nadie que tiene el poder para realizar en nuestras vidas todo aquello que anhela nuestro corazón. Es ahí precisamente en el que muchos caemos, porque no comprendemos que para que él obre, hay que dejarnos doblegar por ese Espíritu de amor.

Es por eso mismo que Dios nos dice a través del profeta Isaías: “A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan;… Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.” Is 55: 1-3

Lo que sucede creo, es que, muchos tenemos miedo de abrirnos a él. Esto es un tanto ridículo pues él ya conoce de qué pata cojeamos. (Mt 6: 6) Es por ello que les cuesta adentrarse a esa paz y amor que se da mediante la oración y especialmente cuando hay que escuchar su voz que con claridad quiere llegar a nuestro interior. Los miedos, las angustias y toda basura que llevamos anidados en el corazón, no permiten adorarlo, pues los gritos de desesperación pidiendo sane nuestros dolores y sufrimientos, opacan el Espíritu de Dios que quiere fundir su plenitud, para extirpar nuestras dolencias y regalarnos la tranquilidad deseada.

Démosle una oportunidad al Espíritu de Dios que produzca en nosotros aquellos dones, frutos y carismas espirituales, para que un día alcancemos Shalom. No permitamos que el enemigo venga a quitarnos lo que ya por el bautismo hemos recibido como regalo de Dios y venzámoslo por medio de la oración y entonces nuestras almas vivirán.

“Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y prosigan sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo a favor de todos sus hermanos” Ef 6:18

En el amor de Jesús

René Alvarado

El orar en Espíritu y en verdad

 

Cuando leemos las Escrituras, encontramos muchas maneras en las que se nos introduce o se nos enseña a orar. Una de ellas es la oración del Padrenuestro. Otra es la que como Iglesia hemos rezado por siglos y la cual nos ha ayudado en muchas maneras como lo es, el Ave María y usualmente lo rezamos en el Santo Rosario. Pero una de las mejores maneras de oración es el de orar en Espíritu y verdad. (Jn 4: 23)

¿Pero qué significa ese adorarlo en espíritu y verdad? Pues significa que estamos vinculados a él, en conciencia, pero no obligados a él. Es decir, que nuestro ser interior estará unido a él, pero sin ser forzados. Y el mismo Señor Jesús nos lo enseñó, dándose a sí mismo y mostrándonos su vinculación con el Padre, no forzadamente, sino que en una manera humilde, no obligado, pero con el libre deseo de hacerlo.

Por otro lado tenemos que estar conscientes que al adentrarnos a la oración interior, estamos aceptando voluntariamente tener ese encuentro personal con Jesús, así como él lo tuvo con su Padre. Veamos por ejemplo el Evangelio de San Lucas 22: 39-42: “Después Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación». Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, y doblando las rodillas oraba con estas palabras: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo.”

Qué hermoso encuentro de Jesús con Abbá papito. Se debe llegar a tal punto que podamos dialogar con él, de tal manera, que en nuestro interior podamos descubrir el deseo fecundo del Padre para nuestras vidas. Y claro eso significa sacrificio y entrega total, aceptando lo que él disponga y no lo que nosotros queramos de él. Además, Jesús en su oración profunda, nunca escuchó del Padre decir: “Mira Hijo, te voy a decir lo que debes de decirle a los que te van a crucificar…” Dios no trata con nadie de esa manera. La misma experiencia de la Pasión sería la que daría la pauta y el testimonio de lo que Dios ha querido siempre para su pueblo, la salvación de sus almas.

En nuestra oración buscamos no como Dios me puede agradar a mí, ni buscamos lo que Dios le quiere decir a alguien más por mi conducto, sino: como yo puedo agradar a Dios. Además recordemos que a Dios no lo debemos de buscar solamente en la algarabía (bullicio desordenado) o, en medio de la euforia, más bien, debemos buscarlo en el silencio de nuestras almas, ya que es ahí en donde verdaderamente podremos escuchar su Palabra. “La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre” (Mt 7: 21)

Eso es precisamente lo que hizo Jesús, doblando rodillas y rostro postrado en tierra. Recordemos que Jesús fue hombre carnal (Sarx), que experimentaba como nosotros dolor ya sea físico o corporal. ¿No es cierto que cuando nos hacen daño, sufrimos? Más sin embargo, únicamente aquellos que han estado a punto de ser asesinados, quizá con una pistola apuntada en su rostro o su corazón, después de haber sido torturado, podrá comprender el momento tan crítico que el Señor atravesó en ese huerto. Solamente la fe proyectada en su humanidad, logró que el mismo Espíritu del Padre le diera las fuerzas necesarias para sobre llevar a aquel instante de angustia.

Jesús, supo siempre desde su niñez, a lo que se había comprometido. Isaías en el capítulo 6 y verso 8 nos habla al respecto: “Y oí la voz del Señor que decía: « ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» Y respondí: «Aquí me tienes, mándame a mí”. Él sabía exactamente el propósito de ese instante al que llamamos Kénosis, es decir ese desprendimiento de su divinidad e igualdad con Dios Padre. Aun así sabiendo su misión, experimentó el sentirse abandonado no solamente por los que aunque caminaron con él, nunca supieron el verdadero valor, ni mucho menos el significado del nacer de nuevo en el Espíritu, sino que también en cierta manera percibió a plenitud el desprendimiento del Espíritu, para experimentar la carne que forma nuestra humanidad.

En ese proceso, Jesús oró con mucho más ímpetu, aunque la carne lo dominaba por instantes, él confió que el Espíritu del Padre respaldaría su accionar.

“La carne es débil, pero el Espíritu es fortaleza”. Creo que esa misma es nuestra lucha. Nuestra carne es débil y por lo tanto nos dejamos conducir por la misma y nos olvidamos que en medio de nuestros problemas o situaciones dolorosas, el Espíritu del Padre es quien está ahí, siempre dispuesto a atendernos en los momentos más críticos de nuestras vidas. Es por ello que muchos se alejan, porque no saben apreciar la gracia de Dios en medio de sus desiertos o huerto de sus pasiones. Es que cuesta doblar rodillas y postrar nuestro rostro en tierra, humillados ante su bendita presencia para decir: “Padre, que en medio de lo que estoy sufriendo, tu nombre sea glorificado”.

Hay que soltarnos al Espíritu de bondad, desistiendo de nosotros mismos para que el Señor, ilumine nuestro ser, siendo él, el que nos introduzca a la verdad total y, sobre todo, para que en medio de nuestra oración, sepamos a plenitud el destino de nuestra misión.

Jesús nos enseña a orar

“El Hijo de Dios hecho Hijo de la Virgen aprendió a orar conforme a su corazón de hombre”. NC 2599

Jesús oró en todo momento. Antes de un milagro (Mt 15: 35-36); Durante su martirio en la Cruz del Calvario (Mc 15: 33-34). El Señor nunca dejó la comunicación con el Padre. Inclusive en los momentos en que pareciera que no mucho le interesaba los dolores de los demás, él siempre estuvo orando (Jn 11: 21-22; 38: 44)

El Señor siempre oró confiado en que el Padre lo escuchaba siendo toda su oración llena de entrega y humildad, dejando que fuera Dios mismo, quien obrara desde antes que se lo pidiese (Jn 11: 41-43). Sería interesante saber cuántos de nosotros somos humildes y entregados al diálogo con Dios. Claro alguien dirá pro ahí que son humildes por el hecho de no tener dinero. Todos los que conocemos del amor del Padre sabemos que la falta de dinero no nos hace serlo, por el contrario hay tantos pobres de dinero que son más orgullosos y soberbios que algunos acomodados en sus riquezas. Más bien, debemos de recordar lo que nos dice el Evangelio de San Mateo en el 5: 3 “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

A pesar de su humanidad, Jesús nunca se dejó llevar por las circunstancias que le rodeaban, ni por los problemas, cansancios ni dolores (Mc 4: 35-40) Él siempre sostuvo la comunicación con el Padre hasta el máximo, dando su propia vida por obedecerle. De la misma manera nuestra vida de oración debe de consistir en entrega y sacrificio, en obediencia y en amor[2] .

Jesús, nos enseña que debemos de confiar plenamente en el Padre, que nunca vengamos a él, sin creer que lo que necesitamos, ya nos lo ha concedido (Mt 6: 6)

Además el Señor también nos enseña que debemos tratar de alejarnos del bullicio del mundo. Que constantemente busquemos los lugares más silenciosos. Él, aprovechó a plenitud esos momentos a solas con el Padre, compartiendo su oración humana, en medio de sus debilidades y angustias, (Lc 22: 41-42) pidiendo constantemente por cada uno de sus seguidores y por las necesidades de su pueblo (Jn 17: 9-11). Una vez más insistimos, no para que Dios nos diga lo que a otros les pasa, más bien, es para que por medio de nuestra oración, las necesidades de los demás, sean atendidas por Dios.

Jesús nos pide que dediquemos tiempo para nuestra oración personal. Que por un momento nos apartemos de lo que nos rodea y que sin desanimarnos doblemos nuestras rodillas para hablar con el Padre que escucha y que atiende a nuestras súplicas (Mc 14: 37-38)

Uno de los aspectos más importantes de la oración de Jesús es que nos guía a la presencia del Padre a través de la oración de contemplación, es decir que nos lleva a un acercamiento más directo con Dios, hasta el punto tal, que lograremos visualizarlo en el mismo Señor Jesucristo. (Jn 14: 7-14; Col 1:15)

Si verdaderamente deseamos llegar a éste instante, debemos reconocer que a Dios se le busca en los buenos y en los malos momentos. Hay quienes lo buscan solamente cuando se encuentran enfermos o porque sus hijos tienen problemas, etc., olvidándose de él cuando se encuentran bien.

Es por ello que se hace muy difícil para muchos de nosotros lograr comprender del por qué estamos en tal situación (de enfermedad o dolor), y por más que pedimos al Padre que nos sane, es como que él no nos escucha. Pero debemos de aprender a perseverar en esos momentos de angustias, penas o enfermedades, sin preocuparnos del por qué Dios no nos atiende, más bien dándole gloria por los momentos difíciles que atravesamos. Veamos nuevamente a Jesús en el huerto, tres veces oró la misma oración: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa”. Aun así no recibió respuesta audible del Padre; sin embargo, reconoció en su interior que el Padre estaba ahí, junto a él, y eso lo animó a levantarse y con fortaleza espiritual dijo: “…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Un ejemplo bien hermoso que tenemos es el de Santa Rosa de Lima, quien oraba de la siguiente manera: “¡Padre, aumenta mis dolores, pero con la misma medida, auméntame tu amor! “ Su bella oración nos enseña que tenemos que ir más allá del tiempo o el momento en el que nos encontramos; y tomados de las manos del Espíritu Santo, es precisamente en ese instante en el que verdaderamente nos acercamos más y más al Señor.

No se trata simplemente de lanzar una oración de flecha: “¡Ayúdame Dios mío!”, o que al comenzar nuestra oración, nos de sueño y nos quedemos dormidos, diz que descansando en el Espíritu. Si nos dormimos en los momentos en los que todo nos sale bien, ¿qué pasará cuando nuestra oración sea llevada por la necesidad de adorar y ensalzar su bello nombre?

Santa Teresa la Grande, oraba en todo momento para vencer las tentaciones de la carne. Un día está en su oración cuando le dieron ganas de ir al baño a hacer del dos. Entró pues al sanitario y sentadita empezó a adorar al Padre diciendo: “Mi alma te alaba mi Dios y mi Señor…” Cuando en eso entra el Diablo y le dice: “Pero mira nada más, cómo tu orando, en gran alabanza a Dios en medio de estos olores; este no es el lugar indicado para tu adoración.” Entonces Teresa le responde: “Mira Diablo, todo lo que sale de mi pecho, va para Dios y todo lo que sale de mi estomago, va para ti.” En ese momento el Diablo se retiro.

Jesús oró con gran intensidad en el Huerto hasta sudar sangre dijimos y aun así la Escritura no nos dice que Dios le respondió, pero el Espíritu le acompañó. El Señor siempre supo que ese Ruah del Padre ya moraba sobre él, y que sería aquel soplo Jesus_067quien le daría la fortaleza para continuar su Pasión.

Es curioso escudriñar los instantes en los que Jesús orando se comunicaba con el Padre. Cuántas veces pidió por él mismo y cuantas por el pueblo. En nuestro balance, ¿Cuántas veces le pedimos a Dios por nuestros problemas y cuántas veces pedimos por las necesidades del mundo? ¿Cuántas veces estamos como la llorona? Siempre en quejabanza y no en verdadera alabanza.

Cuando Jesús fue llevado al matadero, fue maltratado y abusado físicamente y más sin embargo nos damos cuenta a través de las Escrituras que nunca se quejó, excepto una en la que preguntó a aquel soldado del por qué le había pegado. (Jn 18: 22-23) Es que él sabía perfectamente que en medio de aquel dolor, de todo sufrimiento, el poder y la gloria de Dios se manifestaría por medio de su Espíritu de amor. Eso le animó a levantarse después de caer tres veces y de soportar aquellos clavos que poco a poco penetraban sus manos y sus pies. Aun así, ya clavado, nunca dejo de misionar, siempre fiel y obediente salvando a un mal hechor de todos sus pecados, bebiendo de aquel vino agridulce, que significaba las amarguras que cargaba en sí de la humanidad y finalmente, el proceso de experimentar hasta su último aliento aquella Kénosis y sentirse abandonado por él mismo: “…y a esa hora Jesús gritó con voz potente: «Eloí, Eloí, lammá sabactani», que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»”

Ese es el drama de la oración. Pensar por un momento que Jesús se sintió abandonado y lograr por encima de eso la victoria sobre el pecado. ¿Cuál es el drama de nuestra oración? ¿De qué pata nos estamos quejando? Analicemos seriamente nuestras vidas y pongamos sobre una balanza el peso de la oración y el peso de nuestra quejabanza. ¿Qué pesa más? ¿El Espíritu de amor o nuestras propias necesidades?

Por supuesto que no solamente en la tristeza se encuentra al Señor. También lo encontramos en medio de la alegría. Cuando los hermanos vienen a mí en búsqueda de oración, y vienen con cara de chucho a medio morir, les advierto que para que Dios responda a su petición deben de venir alegres pues en precisamente el venir así como Dios sabe que en medio de toda oscuridad, su nombre será enaltecido, pero si venimos hasta con la lengua de fuera, entonces la respuesta de Dios dilatará hasta que mostremos que creemos sin ver.


El pecado en contra del Espíritu Santo

Es bueno saber que Dios siempre ha querido nuestro bienestar, pero nosotros con nuestras terquedades, nos soltamos de sus manos para tomar caminos diferentes y contrarios a la voluntad latente del Padre, para la salvación de nuestras almas. El problema ha sido, creo, el hecho que siempre andamos buscando aquello que nos recompense externamente y más sin embargo, nos cuesta comprender que lo importante no es la ropa que nos ponemos, porque de nada sirve un lindo vestido o el mejor pantalón, si nunca nos bañamos. Como dice aquel viejo refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Hay ciertas cosas a las que debemos de poner atención para que realmente podamos sembrar una buena semilla para producir los frutos deseados. Primero, tenemos que entender que es Dios el que nos da sus dones, no somos nosotros los que por arte de magia los sacamos de la manga. Segundo, debemos de darnos cuenta que es su Espíritu el que nos conduce por medio de esos dones y tercero, comprender que un día tendremos que retornar esos dones, al momento de entregar la vida. (Lc 26: 46. Sal 31:6)

Por otro lado, bien sabemos que al dejarnos conducir por ese Espíritu de amor con fidelidad, significa que nuestra voluntad está volcada a contribuir con el amor eterno con el que el Padre nos ama. Pero eso siempre ha sido nuestro talón de Aquiles; aun así seamos renovados en el Espíritu Santo o solamente seamos de los que venimos a calentar bancas, debemos de mantenernos fiel a la fidelidad con la misma benignidad que el Señor la tiene con nosotros.

Jesús mismo le fue fiel a su padre y a su misión. Ya anteriormente dijimos como él, dejándose conducir por el Espíritu de amor, emprendió su misión en medio de un mundo que parecía complaciente ante las calamidades ocurridas específicamente hablando de Palestina, en donde Jesús se desenvolvió. Pero no por ello él dejó por un lado su misión, siendo fiel hasta la muerte. Es que tenemos que escudriñar las Escrituras y darnos cuenta que Jesús siendo el Verbo, alcanzó la condición de hombre carnal (en griego sarx = carne que se pudre). Filipenses en capítulo 2 versos del 6 al 8, nos habla al respecto: “Él compartía la naturaleza divina, 6 y no consideraba indebida la igualdad con Dios, 6 sin embargo se redujo a nada (del griego ekénosen = vaciarse), tomando la condición de siervo, 7 y se hizo semejante a los hombres (a esto le llamamos Kénosis es decir estar anonadado). Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo8 haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” 8 Es decir, él en su condición humana, se aferró siempre a su fidelidad con Dios, aunque esto le presentara momentos duros en los que carnalmente hubiere perdido el control y por ende, darse la vuelta y proseguir su camino en sentido contrario a su misión.

En su catequesis “Jesús, verdadero Dios, verdadero hombre”, el Papa Juan Pablo II nos habla que: “Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: es el misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas,” además agrega: “Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión”

En nuestro caso se puede decir que somos un tanto al revezado. Empezamos por la carne y terminamos por el Espíritu y luego volvemos a la carne. Las consecuencias del vivir la kénosis, en nuestra propia vida se tornan difíciles pues no nos gusta experimentar dolor o sufrimiento y ello nos lleva a actuar contrario a lo que es nuestra misión.

Cuando nos desviamos de nuestra misión, nos encontramos con un mundo lleno de “mejórales” para calmar nuestros dolores y ansiedades y por ende caemos en pecados que dañan no solamente a nuestro propio espíritu, sino que también dañan a los que nos rodean. Es que si no queremos experimentar ningún tipo de desierto, ni mucho menos queremos experimentar la soledad del Getsemaní, entonces nunca llegaremos a la cruz y, si logramos llegar a pesar de todo, lo haremos como uno de los dos malhechores crucificados al lado del Señor.

Lo curioso es que siempre somos como Pedro que viendo el semblante entristecido del Señor, le dice: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la prisión y a la muerte”. Al escucharlo, Jesús le responde en una manera tierna, viéndolo directamente a los ojos: “Hay Pedrito, no sabes lo que estás diciendo. Esta misma noche, antes que cante el gallo me habrás negado tres veces”. Sería interesante averiguar cuántas veces nos ha cantado ya el gallo.

Recordemos que el mundo está lleno de mucha falsa felicidad y que nosotros somos parte de ese mundo, pero que no pertenecemos a él. Esto causa algo de problemas pues, en nuestra ansia de ser felices, de alguna manera nos vemos envueltos en actividades que ofenden no sólo a Dios, sino que a nuestro propio ser y a la vez, ofenden a nuestro semejantes y sobre todo y lo más crítico de todo, es que, ofendemos al Espíritu que Dios ha soplado sobre nuestras vidas el día de nuestro bautismo y si no corregimos la falta, entonces aunque vivamos una vida llena de euforia espiritual, quién sabe si entraremos a la tierra prometida.

Esto afecta nuestra intimidad con Dios y, en alguna manera nos va alejando de su amor que es al final de cuentas lo que es importante en nuestras vidas. Recordemos que el pecado que en apariencia es bueno mientras lo cometemos siempre nos cobra un precio y que el mismo tomándonos de la mano, nos lleva por los senderos de la muerte siendo esa la realidad que para muchos al darse cuenta para donde van, es demasiado tarde para corregir. Es como aquel hombre que iba con esposas en sus manos, acompañado por dos oficiales de la policía. En el camino lo encuentran unos viejos amigos que le preguntan: “¿Para dónde vas? A lo que responde: “¡No voy, me llevan!

Eso sí que es triste, “no voy, me llevan”. Para muchos que se dicen renovados en el Espíritu, su hipocresía los conduce hacía la muerte eterna. Van como programados por el pecado, encadenados, sin futuro, porque no viven el presente de acuerdo a la misión que les fue encomendada por el Padre. Es por eso que ante cualquier calamidad caen rotundamente y luego se preguntan: “¿Por qué a mí? Si yo aplaudo en el grupo y me golpeo el pecho ante el Santísimo”

Claro, en el grupo aplaudimos con enjundia, pero en la casa, en el trabajo o en la misma calle, actuamos con bajeza, golpeando y maldiciendo y sobre todo, blasfemando en contra del Espíritu Santo. Para muchos es fácil venir a derramar lágrimas ante una asamblea de oración y hay hermanos predicadores que poseen el carisma de la oración profunda que hace llorar a la gente y más sin embargo, lo mismo les da orar al Dios vivo en las asambleas que ir inmediatamente después a un centro espiritista para hablar con los muertos.

“En verdad les digo: se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean. En cambio el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará” Mc 3: 28

Pensemos por un instante en todo cuanto hicimos antes de ser renovados en el Espíritu Santo y todo cuanto hemos hecho desde ese instante. Pongámoslo todo en la balanza y descubramos que es lo que ha tenido más peso: la vida anterior o la que vivimos hoy día. Solamente cuando ponemos nuestra vida en la balanza, es como sabremos cuanto hemos ofendido a Dios.

¿Cuántas veces Dios ha querido que nos dejemos conducir por su Espíritu de amor? “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no has querido!” Lc 13: 34. Y más sin embargo como los israelitas, resistimos al Espíritu, es como si alguien viniera y nos dijera que si le damos un billete de $5.00, él nos lo cambiará por uno de $100.00; ¿qué pasa? Si no confiamos en aquel personaje, nunca le daremos nuestro billete porque es de $5.00 y nos ha costado el sudor de la frente tenerlo. Nos resistimos a dárselo porque el dinero nos conduce y no pensamos que en realidad podríamos hacernos riquillos con cien en la mano que con los cinco que no quisimos dar. Lo mismo sucede cuando viene el Espíritu de amor a cambiar nuestras vidas cochambrosas, por una vida pura, sino confiamos en él, siempre seguiremos enlodados por el pecado.

Por otro lado debemos de reconocer que ese Espíritu que el Padre bueno nos ha dado el día de nuestro bautismo, es transformado en una llama ardiente que purifica el interior y que quiere arder para la eternidad y, ¿qué hacemos nosotros? Pues convertirnos en bomberos voluntarios, es decir, vamos todo el tiempo con la manguera lista, siempre dispuestos para apagar ese fuego. Es como aquel cántico que dice: “Manda el fuego Señor, manda el fuego y bautízame con tu poder” y cuando él lo envía y comienza a quemarnos, decimos: “Manda la lluvia…” Es que el Espíritu quema porque está chamuscando todo aquello que existió en nuestro pasado, para que el día menos pensado, ya limpios ya de todo pecado, seamos levantados en gloria para la vida eterna.

El Apóstol Pablo, hacía este ruego a los tesalonicenses: “¡No apaguen el (fuego del) Espíritu! Ellos fueron una comunidad que vivía una renovación espiritual y más sin embargo, aunque aplaudían y lloriqueaban hasta salírseles las candelas de colores, se trataban mal entre los hermanos, criticándose unos a otros, jalándose las greñas y discutiendo si el líder actual era el correcto o no, siempre manguereando el fuego derramado por Dios . Es por ello que Pablo interviene y les recuerda que el Espíritu de Dios es muy contrario a todas esas actitudes oscuras y ajenas a las realidades de amor y mansedumbre que el Señor pidió de sus seguidores.

Cada instante en el que pecamos, es como si le diéramos la espalda a Dios mismo. Es como si después de haber dado todo lo que teníamos por nuestros hijos, llegado el momento, ellos no respondieran a nuestros sacrificios de amor y emprendiendo sus propios caminos se alejaran de nosotros, sin poner atención a todas aquellas palabras de sabiduría y de tantos concejos que les dimos, para caminar rectos en la vida. Claro esto a parte de los besos y abrazos que siempre recibieron de nosotros. Es triste ver que aun así les dimos todo el calor de nuestro corazón, ellos simplemente lo apagan con sus actitudes rebeldes y caprichosas, alejándose a cada momento de nuestras vidas. ¿No sufrimos y entristecemos por ello? Ahora pensemos por un momento, ¿no es lo mismo que hacemos nosotros con el Padre que ha dado su propia vida en Jesús por el mismo amor que nos tiene?

“No entristezcan al Espíritu santo de Dios; éste es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación” Efe 4: 30 (Is 63: 45). Es lo que Pablo ruega constantemente, porque eso es lo que hacemos cuando pecamos y nos resistimos al Espíritu. Cuando vivimos llenos de odios y rencores, llenos de iras y arrebatos, de enojos, gritos y ofensas contra el prójimo. Porque todo cuanto hicimos por aquellos indefensos, lo hicimos con Dios. (Mt 25: 45)

No podemos seguir blasfemando contra el Espíritu Santo, no debemos seguir pecando en su contra pues cuanto más lo hagamos, más nos alejamos del amor inmaculado de Dios en nuestras vidas. Nuestras vidas tienen que tener dirección. Un profesional de tiro con arco, está en constante práctica, siempre tratando de darle al centro de la marca; de la misma manera nuestra debe de ser la práctica que apunte no a una marca en la vida, sino que nuestro apunte debe de ser dirigido hacia Shalom, la vida eterna.

¿A qué le apuntamos?

Pablo concluye con lo siguiente: “Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente como Dios los perdonó en Cristo.” Efe 4:32


El Espíritu de Dios está sobre mí: ¿Qué significa esto?

En el evangelio de San Lucas, capítulo 4 versos 14 al 19 nos dice: “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu. Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

En este pasaje nos damos cuenta de la unción espiritual que Jesús obtuvo el día de su bautismo. Hay varias cosas que vamos a analizar en este párrafo, pero antes que nada debemos de escudriñar un poco más el mismo hecho del bautismo. Ya hemos discutido en varias ocasiones el sentido general del mismo en Jesús, pero en esta ocasión debemos de analizarlo desde el punto de vista de nuestro propio bautismo.

Dijimos que cuando a nosotros nos llevan a la pila bautismal, son nuestros padres y padrinos los responsables de que nuestras vidas estén encarriladas a una vida recta en el mismo amor de Dios. ¿Pero qué ha pasado? Nuestras vidas tomaron rumbos diferentes, en los que algunos fuimos desviados por las circunstancias que nos rodeaban. Algunos, llevados por el dolor o la tristeza, cayeron en las garras de la tentación del odio y del rencor, de las ansias de venganza y por lo tanto sintiéndose abandonados, cayeron en depresión y apatía espiritual.

Jesús mismo en su humanidad, experimentó una sensación de entusiasmo al escuchar aquellas palabras que bajaban del cielo: “Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida”. Lc 3: 22 Pero al igual que nuestros familiares, después de la fiesta, viene la cruda. Jesús fue llevado por ese Espíritu recibido, al desierto de su vida. Fue ese instante de 40 días y 40 noches en las que se le revelaría el destino en el que sería atravesado, el cual él mismo había escogido. Recordemos que el Señor antes de su bautismo, fue preparado para su sacrificio por su misma Madre. Ella le dio el conocimiento de todo aquello que lo llevaría a dar la vida por la humanidad. Lc 2: 40. Lc 2: 52

El desierto de Jesús, representa en nosotros, todo aquello que va sucediendo en nuestras propias vidas. Cuánto dolor no hemos experimentado, sintiéndonos sedientos de una mejor vida, hambrientos de amor. A cuántos nos hizo falta un abraso o un beso; quizá nunca escuchamos aquella frase anhelada en el corazón: “Te amo”. Posiblemente lo que experimentamos fue violencia, abandono, y por lo mismo hoy día sufrimos aun las consecuencias de aquel desierto por el que fuimos conducidos después de haber sido bautizados.

Veamos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta que aun llevamos con nosotros, aunque muy escondido dentro de nuestro corazón, aquellas desconfianzas, aquellos miedos de sentirnos nuevamente abandonados en la soledad. Es por ello que algunas mujeres sufren violencias de parte de sus compañeros de vida, porque tienen miedo de estar solas, de que nadie las alimente o les de techo, poniendo las mismas cantaletas de, “qué pasará con mis hijos sin su padre”, como escusas para no salir adelante como verdadera hija de Dios.

Cuántos hombres usan el alcohol como excusa para no recordar su pasado, en el que quizá fueron violados, maltratados o abandonados por aquel padre que supuestamente debía de haber estado allí para cuidar de ellos.

Las tentaciones por las que Jesús fue pasado en su desierto, son las mismas que nos persiguen hoy día en los nuestros. Hay que recordar que al igual que nosotros, Jesús tuvo puesta la vestidura de la misma humanidad, experimentando las mismas necesidades que nosotros. En el Gaudium et Spes 22 párrafo 3, nos dice: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”.

El Papa Juan Pablo II afirmaba en su catequesis “Jesús verdadero Dios, verdadero hombre” en la sección “semejante en todo a nosotros, menos en el pecado”, en el numeral 3 nos explica la humanidad del Señor: “Él experimentaba verdaderamente los sentimientos humanos: la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor. Leemos, por ejemplo (nos dice el Santo Padre), que Jesús “se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo” (Lc 10: 21); que lloró sobre Jerusalén: “Al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!” (Lc 9; 41-42); lloró también después de la muerte de su amigo Lázaro: “Viéndola llorar Jesús (a María), y que lloraban también los judíos que venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó, y dijo ¿Dónde le habéis puesto? Dijéronle Señor, ven y ve. Lloró Jesús…”” (Jn 11: 33-35).

Siendo Jesús el hombre verdadero, aun sabiendo su destino, se dejó conducir a ese desierto y fortalecido por la presencia de ese Espíritu de amor, logró vencer aquellas tentaciones que el enemigo sutilmente le proponía. Pero después de vencer aquellas tentaciones, Jesús no dijo: “Que chulo, ahora ya todo va a ser de color de hormiga”. Qué bueno hubiese sido para el Señor que ya nada más le atormentara. No fue así. Con el mismo valor con el que venció en el desierto, toma la decisión de agarrar al toro por los cuernos y se presenta en la ciudad en donde creció. Es allí en donde da principio a su ministerio, anunciando al mundo entero a lo que ha venido.

¿Fue eso fácil para Jesús? Mmm. Alguno podremos decir que sí porque era Dios mismo, pero otros dirán que no porque saben lo que esto significa en carne propia. Miremos el valor del Señor al entrar en aquella Sinagoga y atreverse a tomar el rollo de Isaías y leer en el capítulo 61 y verso 1 y terminar diciendo: “Hoy se cumplen estas palabras proféticas y a ustedes les llegan noticias de ello” Lc 4: 21 La gente dice la Escritura que se le quedaban viendo admirados de la forma en la que hablaba y mientras unos lo alababan, otros criticaban. Al final nos relata el texto, que lo sacaron de la Sinagoga y llevándolo a un cerro (como prediciendo el lugar en donde sería crucificado), lo querían apedrear, pero que él, pasando en medio de ellos se fue.

Bien, ahora expliquemos la lectura que leímos al principio. Hay tres aspectos importantes en los que Jesús basaría su ministerio. Primero dice el verso 18: “El me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres” En las clases pasadas hemos estado hablando sobre los principios de la enseñanza social católica, teniendo como primer principio, la “dignidad de la persona”. Jesús vino en búsqueda de aquellos que siendo marginados por la sociedad, son abusados y pisoteados, devolviéndole la dignidad, para que en medio de su pobreza, ellos pudieran conocer que Dios los amaba y no solamente de palabra, de la boca para afuera, sino que, dándose así mismo, partiéndose en la Cruz del Calvario, demostrándoles que sí, que verdaderamente hay esperanza en su amor.

No solamente a los pobres por no tener dinero, pero también a aquellos que sufren por ser mujer o por ser niño, por aquellos que por su decisión de ser diferentes a los otros, son abusados, maltratados o abandonados. Cuando Jesús caminaba en medio de aquellas poblaciones, se daba cuenta de las necesidades de las gentes. A cuántos no sanó; miremos como ejemplo a aquel hombre que llevaba ya treinta y ocho años junto a la piscina de Betesda. Me imagino que a este hombre lo llevaban sus familiares y lo dejaban allí tirado y abandonado. ¿Por qué no se quedaban para ayudarle a meterse cuando el ángel movía las aguas? Porque quizá habían cosas “más importantes” que hacer que perder el tiempo en espera de un “ángel” para darle solución al problema que les aquejaba. Quizá le decían: “Tu invalidez no es nuestra, por lo tanto es tu problema”. Jesús se dio cuenta de ello porque sabía a lo que había venido y sin meterlo en el agua, lo sanó, devolviéndole su dignidad.

En el segundo punto nos dice la Escritura: “…para anunciar la libertad a los cautivos”. Cuántos de nosotros no vivíamos encadenados a aquel vicio, a aquella violencia doméstica; cautivos a esos celos incontrolados que han llevado a muchos a la violencia, culminando con el asesinato; a aquella alimentación desordenada, sufriendo de bulimia u obesidad; aquellos que viven apresados en el homosexualismo y el lesbianismo; por aquellas mujeres encadenadas a la prostitución y al aborto; por aquellos niños que sufren las cadenas de padres alcohólicos y drogadictos, convirtiéndose ellos mismos en la misma estampa de sus padres. Jesús vino por todos ellos y por nosotros también.

El Señor no se aparta de ellos, siempre está allí, no para criticar del porque son o no son, más bien, para ir más profundo en su interior y devolver a cada uno, la verdadera libertad a la que todos hemos sido llamados a experimentar. Veamos como ejemplo al otro paralítico, aquel que bajaron por el techo. Los que lo acarrearon lo trajeron por una razón solamente, ¿no es cierto? ¿Qué era esa razón? Pues el de que lo levantara de su camilla. Pero Jesús que conoce la cantidad de nuestras cadenas, trata primero con las que tienen el candado principal, antes de liberarnos de nuestra enfermedad física: “Amigo, tus pecados quedan perdonados”. Lc 5: 20 y al final le dice: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios”. Lc 5: 24-25

Jesús inundado con el poder de aquel Espíritu recibido en el bautismo, tiene tanto el poder para vencer las tentaciones, como para darnos libertad a los que vivimos cautivos de la vida.

En el tercer punto: “…y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. Él vino para ser testigo del amor de Dios. No como testigo jurídico que es llamado para atestiguar como acusador o como defensor, más bien, en el hecho real de su desprendimiento del Padre, de quien proviene para brindarnos lo que hay en Dios para nosotros. “El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre, todo hombre, se haga hijo de Dios”. Cuando la Palabra habla sobre “…los ciegos verán”, no nos habla sobre los que siendo faltos de vista física, fueron sanados por él. No esto significa que vino para darle visión a aquellos que encontrándose ciegos espiritualmente, no lograban ver la luz del amor de Dios en sus vidas. Por eso aquella canción nos dice: “Enciende una luz en la oscuridad y déjala brillar. No la puedes apagar ante tal necesidad…” Esa es luz que Jesús viene a prender en lo más íntimo de nuestro ser. Cuántas veces no hemos experimentado oscuridad en nuestras vidas y cuando todo está oscuro no vemos para donde vamos y menos podemos visualizar el punto exacto en donde está el amor del Padre. Para eso precisamente vino Jesús. Él se despojó de su igualdad con Dios[3] para experimentar en su Bautismo la realidad del hombre que se consume en la ceguera a la cual le lleva el mundo. Vino para ser testigo de la verdad, es decir del verdadero amor que transforma vidas.

Jesús vino con ese propósito, pero una vez más es bueno decirlo, esta parte de su ministerio lo hizo, solamente después de ser bautizado y probado en el desierto. Hoy día sabemos eso porque lo leemos en las Escrituras, pero nos cuesta comprender el hecho porque solamente lo leemos o lo escuchamos como una simple poesía y es por lo mismo que no ponemos en acción esa gracia de Dios derramada en nuestras vidas como fuente de agua que da vida.

Todo esto suena bonito. ¿Qué le trajo esto a Jesús? Nada más que críticas, acusaciones, persecuciones, su Pasión y por último la Cruz. Es precisamente ahí en esa Cruz en la que él demostró en su plenitud, el ser, el verdadero testigo de la verdad. Su misma humanidad lo hizo experimentar dolor y sufrimiento e inclusive, supo comprender en el instante de la Cruz, aquel momento en el que se sintió en la más grande de las soledades, sí, en aquel desierto en donde venció la tentación. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?… Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró” Mc 15: 33-37 Mientras que en el evangelio según San Juan leemos: “Jesús probó el vino (amargo) y dijo: «Todo está cumplido.» Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu”. Jn 19: 30

Primero se experimenta lo amargo de la vida y luego después de haber cumplido lo que Dios nos ha encomendado, es entonces que nuestro espíritu vuelve nuevamente a él, es decir, a Shalom.

A eso precisamente estamos llamados cada uno de nosotros. Primero que nada a darnos cuenta que no se trata solamente de apuntar con el dedo a nuestros padres y padrinos por no habernos llevado de la mano por los caminos correctos. Tenemos que entender que se trata de vivir en carne propia como Jesús, la experiencia de nuestro bautismo, dejando que el Espíritu de Dios que ya vive en nosotros como el templo de Dios que somos, nos conduzca hacía el mismo amor que un día recibimos en medio de nuestros propios desiertos y madurando en ese mismo amor, confiemos plenamente que después de ser perseguidos y maltratados, un día llegaremos (muy pronto), a nuestro destino que es la cruz y que de allí nuestro brinco será para la vida eterna.

Esto no es nada fácil. Lógicamente debemos de estar compenetrados que el proceso es largo y lento, entendiendo que nada de eso se compara con la corona que un día recibiremos allá en la gloria eterna, los que permanecimos, perseveramos y vencimos las tentaciones en medio de aquel desierto de la vida.

Jesús hoy día está sentado a la derecha del Padre en espera que nosotros lleguemos como el hijo pródigo. ¿Estaremos listos? Para ello ya sabemos lo que hay que hacer… Simplemente amar y dejarnos amar.


René Alvarado

Pan de Vida, Inc.

La misión del Cristiano

Antes de empezar, tenemos que entender el significado de “misión” y de las ramificaciones que de ello desprende, de lo contrario no podremos comprender a plenitud el llamado que Dios hace a nuestras vidas.

Literalmente misión viene del latín “missio y - ōnis (enviar y deber)” y significa: “Poder, facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido.” (Real academia Española). En otras palabras podemos decir que “misión” es: alcanzar un ideal y trasmitirlo con una verdadera devoción, creyendo a profundidad que lo que compartimos al ser enviados, es la misma realidad que vivimos a diario.

Esto lógicamente no es nada fácil, ya qué, nos encontramos con una gran variedad de oposiciones al mensaje que queremos transmitir y en ciertas ocasiones esto se convierte en dolor, angustia, sufrimiento y en muchos casos la misma muerte. (Apostolado del seglar # 4 párrafo 6)

Podemos ver un claro ejemplo en Martin Luther King Jr., siendo un misionero del amor y la unidad, su sueño fue el de compartir lo que él vivía y su misión se convirtió en la misma experiencia de dolor, persecución, encarcelamiento y luego de muerte, por el hecho que creer en que la sociedad podía dar un cambio rotundo a la unidad del hombre sin las barreras del color de la piel e inclusive de la fe que se profesaba.

El mismo Señor Jesucristo fue un vivo ejemplo del verdadero misionero; él entendió el plan de Dios y atendiendo a ese llamado, pudo despojarse de su igualdad con Dios para hacerse semejante a los hombres y poder de esa manera comprender el mismo dolor y sufrimiento que al hombre aqueja, dándose a sí mismo en el amor y la caridad. (Apostolado del seglar # 8 párrafo 1)

Ciertamente todos los creyentes lo sabemos muy bien, que, Cristo no vivió una vida cómoda (Lc 9: 58), como muchos de nosotros hoy día y más sin embargo, eso no le impidió cumplir con ese mandato de ir y compartir con ejemplo la acción de ese Verbo entre nosotros, sufriendo las criticas, sufriendo su Pasión, Muerte y como recompensa la vida eterna en su Resurrección. (Dignitatis Humanae #14 párrafo 3)

Hoy día tenemos que darnos cuenta que la tarea del cristiano no es la de simplemente quedarnos cómodos en nuestras comunidades, dejando que el mundo venga a nosotros, si no que ir nosotros al mundo, a trasmitir ese mensaje de poder, aceptando el reto del Evangelio de “Id por todas las naciones y predicar la Buena Nueva” Mt 28:19ss.

Es que se nos hace tan fácil simplemente venir a lo que ya existe, en donde otros ya sufrieron persecuciones y derrame de lágrimas, en donde se ve una mesa bonita y lista para que nos sentemos solamente a comer, sin darnos cuenta que hay gente haya afuera que también desea compartir con nosotros de las migajas que caen de todas aquellas delicias que cómodamente compartimos. (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3)

Es por ello que nuestra bendita Iglesia ha sido por siempre una Iglesia misionera en medio de todas las cosas y trapitos que nos quieran sacar a la luz, nunca podrán negar que hemos sido la Iglesia que más mártires hemos dado al mundo. Gente que puso en acción ese llamado a evangelizar y no a vivir en el calentamiento de manos, entre aplausos vagos y gritos de victoria cuando se vive en derrota, sintiéndose que son indignos de salir de casa y dejarlo todo, para que el hambriento tenga alimento y el desnudo su ropa. (Apostolado del seglar # 10 párrafo 2)

Claro que esto depende de nuestra unión con Cristo, pues él es la cabeza que nos dirige y que nos comparte con viva experiencia la fecundidad del verdadero misionero, pues sin esa unidad, nunca podremos realizar con exactitud ese llamado a ser parte integral del Evangelio, y a su vez también llamados a ser los nuevos mártires de la fe. (Apostolado del seglar # 4)

En el amor de Cristo

René Alvarado