El amor de Dios en medio de su pueblo: Primera parte

La esclavitud

Dios ha creado el universo y todo lo que existe dentro y fuera de él. En medio de su magnífica creación, se dio cuenta que algo hacía falta, que todo lo maravilloso que hizo no estaba completo sin la presencia de un ser que fuera semejante a él. Así lo fue. Creo de la nada al hombre y del hombre a la mujer. Entonces se dijo así mismo: “El universo es ahora completo, pues he creado al que será el heredero del Reino”; y la Biblia nos cuenta en Génesis 1: 26-31 que vivían muy felices dentro del plan perfecto de Dios para sus vidas. Nada les faltaba y nada les sobraba. Todo era pulcro y radiante. Podía convivir con otros seres, las bestias terrestres, las aves del cielo y las criaturas del mar. ¿Qué les faltaba? ¡Nada! Y más sin embargo, el hombre hecho imagen y semejanza de Dios en su Espíritu, fue creado con cuerpo material y esa carne se encargó de llevarlo de la libertad al libertinaje. No se conformó el hombre con tener lo suficiente (que era todo), quería más y entre más tenía más poder obtenía.

Tristemente eso es lo que vivimos nosotros mismos. Somos creaturas hechas por las manos de Dios y en nuestro interior está la gracia del Espíritu de amor que nos brinda libertad y por supuesto, por otro lado está nuestra humanidad (la carne) nos aleja de esa libertad y nos conduce por el camino del libertinaje. Dios nos creo, con libre albedrío

Luego que el hombre (y la mujer también), con pleno conocimiento de las consecuencias, tomó la determinación de comer de ese fruto prohibido, adquirió la responsabilidad de las consecuencias de su acción. Aquí no analizaremos si fue una manzana o una pera, pero nos concentraremos solamente en el acto que separó al hombre del amor de Dios.

Cuando él comió, descubrió que no solamente existe la luz, pero que también existe la oscuridad y las tinieblas. En su aceptación de aquel fruto, descubrió su propia desnudez y su pequeñez ante la grandeza de su creador. ¿Qué fue lo que lo llevó a descubrir todo aquello? No es que Dios lo tuviera oculto y que no quisiera que él fuera descubriendo todos los aspectos de la creación, pero más bien fue su propia naturaleza que lo indujo a la curiosidad y en ella se dejó caer y al reaccionar supo en su corazón que había traicionado a Dios y que con su acto abusó del amor tan grande que el Padre había depositado en él.

En ese momento, al verse descubierto, entendió a plenitud que su tiempo estaba contado, que pasó de un ser inmortal a uno mortal (Sir 18: 8-9) que su vida terminaría que lo que viviera le costaría. Ya nada sería gratuito; con sacrificio se alimentaría y con el sudor de su frente se mantendría. Claro que lo único que permaneció gratuito fue el amor incondicional de Dios para él y si no hubiese sido así, Dios Padre lo hubiera exterminado desde el principio. No fue así. A través del tiempo demostró una y otra vez que su amor es por siempre; perdonando nuestras faltas, sanando nuestras heridas y llevándonos sobre sus hombros cuando cansados del camino nos debilitamos.

Es maravilloso ver como el Padre no sé aparta de nuestro lado aun así nosotros nos alejemos de él. Siempre hemos escuchado ese dicho: “Bendito sea Dios pues encontré a Jesús”. Es que Jesús nunca estuvo perdido. El mismo hombre es quien se ha separado de él y cuando todo le va mal entonces el culpable es Dios.

La realidad de todo es que somos nosotros los que nos apartamos de él con nuestras actitudes y como resultado de ello, nos hacemos esclavos del pecado. Ahora qué, no por eso Dios se aleja de nuestras vidas, al contrario, él siempre está en la búsqueda y a la espera de sus hijos descarriados. Esto está bien claro en la parábola del hijo pródigo. Somos cada uno de nosotros esos hijos que tomamos la decisión de irnos al lodo y más sin embargo en medio de ese mugrero, Dios escucha nuestros ruegos y suplicas.

Dios nos da la oportunidad de conocer la vida, para que veamos lo que mejor nos conviene. Ser libres nos permite escoger entre estar encadenados al libertinaje del pecado o al conocimiento de la Verdad que nos hace libres (Jn 8: 34) Ahora bien, tenemos que discernir sobre esa Verdad de la que habla Jesús. Realmente la Verdad es su amor infinito y si conocemos y vivimos en ese amor entonces seremos verdaderamente libres para perdonar, para aceptar a los demás tal y como son y sobre todo para que nuestras vidas sean consagradas totalmente al Señor en las buenas y en las malas.

No podemos ir por la vida simplemente quejándonos de todo aquello que nos ocurre por consecuencias del mismo abandono o separación de esa Verdad. No debemos por ningún motivo dejarnos dominar por las cadenas que venimos cargando por los años que hemos vivido separados de su amor.

“En verdad, en verdad les digo: el que vive en el pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre; el hijo, en cambio, permanece para siempre. Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres”. Jn 8: 34-36

Veamos lo que esto nos dice: “Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre” El pecado no tiene y nunca ha tenido dominio sobre la creación de Dios. El problema ha sido que la misma creación (hablo del hombre), ha creído que el pecado es parte de su existir y que no hay nada en esta vida que se pueda hacer para salir o mejor dicho para romper con esa cadena que adquirimos desde el día de nuestro nacimiento (lo que conocemos como el pecado original.) Eso nos lleva no solamente a mentalizarnos psicológicamente a ello, pero también nos lleva a convivir con ese pensamiento. Si bien es cierto que por naturaleza el hombre (y la mujer también) es pecador, también es cierto que podemos salir de esa condenación si creemos en su amor. Es por eso que Jesús habla de que el esclavo no se quedaría en esa oscuridad, más bien, él saldría a la luz de una verdadera libertad.

En el siguiente párrafo: “el hijo, en cambio, permanece para siempre”, nos dice que no importa cuán esclavos del pecado hemos sido, que el amor eterno del padre nuca se separará de nosotros. Eso es fácil de comprender y no necesitamos ser expertos o exégetas para comprender que él, siempre nos acompaña como un verdadero y fiel esposo que se adhiere a la promesa hecha en el día de la boda: “en lo bueno y en lo malo; en la salud y en la enfermedad y en la abundancia y en la pobreza”; promesas que muchos de nosotros tomamos mientras estamos bien y que cuando las cosas comienzan a hacerse agrias, nos hacen pensar dos veces si seguir o no con el compromiso hacia nuestras parejas. Dios en su Hijo Jesús ha prometido nunca abandonarnos y de verás que eso es grande de su parte pues nosotros nos comportamos como esposas infieles que aunque lo tenemos todo con él buscamos las cosas de afuera, prostituyéndonos por las calles del pecado. Aun así él permanece siempre fiel en su amor y sobre todo nunca pierde la esperanza y la fe de que un día regresaremos de nuevo al hogar de donde un día salimos. “Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó”. Lc 15: 20

Que tremendo es todo esto. Ahora reflexionemos en el último párrafo: “Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres” Si verdaderamente creemos en sus promesas, entonces debemos de creer que si él nos dice que permanecemos en él, entonces no importa que tan hundidos estemos en el fango, que él tiene el poder para sacarnos de ese lugar. Debemos de ser inteligentes como Pedro que un día se atrevió a caminar sobre el agua y en el momento en el que dudó, clamó con fervor al Señor “¡Jesús ayúdame!” y sin más Jesús atendió (Mt 14: 30-31)

¿Cómo podemos decir que creemos en él cuando nos dejamos hundir por nuestras tinieblas? Si se nos preguntara en este momento si creemos en Dios, estoy seguro que la gran mayoría responderíamos que sí; y si la pregunta fuera si creemos que él nos ama, nuevamente la respuesta sería abrumadora: “¡Claro que sí!” Pero la pregunta que se nos hace más difícil responder es la que nos pregunta: “¿Amas tu a Dios?” Por supuesto que la respuesta va a ser de la boca para fuera por tanto que nuestras acciones son completamente diferentes de lo que decimos.

Cómo pretendemos decir que somos libres porque Jesús nos ha dado la verdadera libertad cuando no vivimos de acuerdo a esa libertad que decimos tener. Es qué vivir libres en Jesús es abrirnos al perdón y la reconciliación. Veamos cómo es que al vivir con odios y rencores, con iras y desprecios, que son enfermedades interiores, nos llevan a enfermedades físicas. La verdad es que las dos están unidas una con la otra. Un día una hermana que cayó enferma de cáncer y ya a punto de morir, se abrió a la reconciliación y al momento en que perdonó, sanó de su cáncer. No es una historia que me estoy inventando en este momento. Para llegar a esa sanidad, ella tuvo que vivir su propio Egipto; al principio se comportó como el Faraón con terquedad y rebeldía. Le decían que debía de perdonar a aquella persona que le había dañado y que eso le daría el descanso que tanto estaba ansiando. Luego de las plagas que iban una a una acabando con su vida, llegó a encontrarse con ella misma en la oscuridad de su alma y al llegar el momento culmen, al instante de su muerte, se dio cuenta que había vivido por años encadenada al peor de los pecados y que estaba encadenada y entonces pasó de ser Faraón a ser hija de Dios. Fue entonces que aceptó que Dios le quitará esas cadenas y ahora después que le dijeron que solamente le restaban unos días de vida, ella vive anunciando el poder de Dios.

Eso es lo que nosotros debemos de vivir a cada instante en nuestras propias vidas. ¿Cómo no creer en su amor? ¿Cómo no rendirnos a él? El es nuestro refugio y nuestra fortaleza. El siempre está con nosotros, es nuestra Roca y Salvación. Porque él es grande y la razón de todo nuestro ser. No podemos ir proclamando que él es el Señor libertador si no vivimos un verdadero señorío en nuestras vidas. Es fácil ver lo que viene de la carne y para la carne todo es fácil, pero si decimos que amamos a Dios, entonces los poderes de la carne no tienen dominio sobre nuestras vidas.

Nos dice Juan 8: 47: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; ustedes no las escuchan por qué no son de Dios” Cuando nos dejamos conducir por la carne y sus muchos pecados, y aun así nos atrevemos a decir que no nos preocupamos pues Dios de todas maneras nos ama, entonces estamos simplemente diciendo que nuestro dios es el Cochino pues a él si le gustan todas aquellas acciones que nos separan del amor del Padre.

¿De quién somos hijos? ¿Cuáles son nuestras actitudes y acciones hacia la vida y hacia los demás? Por supuesto que esto no es fácil. Todo tiene un esfuerzo y sacrificio, pero cuando ese esfuerzo y sacrificio se hace en pos de la libertad en Cristo, entonces todo lo demás viene por añadidura.

Reconocer que somos esclavos del pecado, es el primer paso hacia nuestra libertad. No pretendamos pedir nuestra libertad, cuando no estamos dispuestos a reconocer que hemos fallado a su amor. Recordemos nuevamente al hijo prodigo: “Finalmente recapacitó y se dijo: "¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados”

Eso es, debemos de recapacitar y ver nuestras realidades; preguntarnos cómo está nuestra vida y ver lo que hemos hecho con ella. ¿En dónde nos encontramos en este momento? ¿Qué necesitamos hacer o decir para devolvernos al Padre? Cada uno de nosotros sabemos la respuesta correcta a estas preguntas.

Nuevamente, podemos pensar que todo es difícil pues el hecho de cambiar nuestras rutinas significa que nuestros placeres dejarán de tomar control sobre nosotros y más aun cuando hemos vivido años esclavizados a esa cadena del pecado (cualquiera que este sea en nuestras vidas) Pero debemos reconocer que cuanto más pensemos en lo difícil que es, entonces será así. La realidad es que todo esto es fácil si nos dejamos conducir por el mismo amor de Dios. Jesús dijo: “Carguen con mi yugo y aprendan de mi, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana”. Mt 11: 29-30

Por supuesto que encontraremos baches en el camino, que la lucha será fuerte pues el enemigo no querrá que nos apartemos del pecado. Aun en nuestro propio hogar habrá conflictos que nos tratarán de separar nuevamente de su libertad, para volver al libertinaje. No permitamos que esas luchas nos hagan caer nuevamente en las garras de esa esclavitud de la que un día salimos; dejémonos conducir por el Señor que es a final de cuentas, el verdadero camino, verdad y vida. Jn 14: 6

La próxima semana hablaremos de la “Liberación.” Puedes leer estos otros dos blogs que te pueden ayudar en tu proceso cuaresmal: Cuaresma parte uno y Cuaresma parte 2

Bendiciones

René Alvarado

De alabanza a la contemplación

Ya no podemos dejar que las situaciones adversas detengan nuestra jornada hacia nuestro Shalom; debemos de continuar y es precisamente por medio de la oración como vamos a lograrlo. Recordemos que en la clase pasada vimos como por medio de la oración, buscamos no como Dios me puede agradar a mí, sino cómo estoy siendo fortalecido en mi misión de alcanzar almas a sus pies. Veamos el ejemplo de Martha y María, las hermanas de Lázaro a quien Jesús resucitó: “…Tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra. Mientras tanto Marta estaba absorbida por los muchos quehaceres de la casa. En cierto momento Marta se acercó a Jesús (en quejabanza) y le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para atender? Dile que me ayude.» Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, tú andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»”Jn 6:27Jn 12:31:He 6:2

Lo primordial de nuestra oración no es el tanto hablar, sino más bien, el saber escuchar su voz que clama en el desierto de nuestras vidas. A nosotros los servidores se nos va el tiempo en hablar tanto de Dios a los demás por medio de conejos, digo “consejos”, que se nos olvida que es todo lo contrario, que debemos de hablar más con él que hablar de él. Es como aquella muchacha que tenía dos enamorados, uno de ellos era su novio y el otro su amigo. El novio siempre hablaba a todos sus amigos sobre la maravillosa novia que tenía, mientras que el amigo se dedicaba todo el tiempo a hablar con ella. ¿Con quién se quedo la muchacha? Pues con el amigo. Lo mismo sucede con el servidor que pasa el tiempo hablando de Dios olvidándose de hablar con él.

Una vez más lo repetimos, cuando se dice de hablar más con él, no es necesariamente para que aprovechemos el tiempo para la quejabanza. Este tiempo es importante para que guardemos un poco de silencio y sepamos escuchar su voz latente en nuestro interior y luego anonadados, le respondamos con alabanza.

Cuando Dios habla, no es para que transformemos la vida de los demás pues eso de por si es nuestra misión, por medio del testimonio; cuando nos habla es más bien, para que podamos experimentar su fortaleza en medio de todo lo que “sufrimos” en el servicio. Es precisamente de esto en lo que nos enfocaremos en esta clase.

¿Cómo le haremos para alcanzar la cúspide de nuestra oración? Pues, para comenzar hay tres puntos importantes que debemos de considerar: La alabanza, la adoración y la contemplación.

Es bueno mencionar que el método que usemos personalmente, puede ser muy distinto al que aquí nos referimos, pues cada uno de nosotros llevará una vida de oración muy diferente de otras personas y, la experiencia a su vez, será distinta una de la otra.

Debemos notar también que el deseo de orar debe de ser sincero (Del lat. Sincērus = puro, sin mancha), exponiendo todo lo que somos al Padre. Recordemos que podemos engañar a muchas personas, e inclusive podemos hasta engañarnos a nosotros mismos, pero a Dios nunca lo podremos engañar. Él nos conoce mejor que nuestras propias madres. Dice su palabra: “Escúchenme, islas lejanas, pongan atención, pueblos. Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre, conoció mi nombre desde antes que naciera” Is 49:1. Por lo tanto seamos sinceros ante la presencia del Señor.

La alabanza

Es la manera usual en la que empezamos nuestro diálogo con el Padre. Es aquí en donde comenzamos a calentar el motor del vehículo que nos llevará hacia la presencia de Dios. “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que él es” NC 2639. Es a través de los cánticos y de nuestra unión en la alegría del espíritu, como podemos dar inicio a una oración profunda, agradeciendo al Señor su inmensa misericordia por cada uno de los momentos en los que él ha obrado por nosotros.

Es éste el paso que necesitamos muchos de nosotros, para quebrantar el hielo de los corazones. La alabanza es la manera en la cual integraremos nuestro espíritu con el Espíritu del Padre, preparándonos interiormente con el deseo de dialogar con él y el deseo de visualizar su rostro (Fil 4: 4-7) Como nos dice el Santo Job: “¡Ojalá que mis palabras se escribieran y se grabaran en el bronce, y con un punzón de hierro o estilete para siempre en la piedra se esculpieran! Bien sé yo que mi Defensor vive y que él hablará el último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a Dios. Yo lo contemplaré, yo mismo. Él es a quien veré y no a otro: mi corazón desfallece esperándolo” Job 19: 23-27

Desde el momento de la alabanza, nuestras almas empezarán a disfrutar de la presencia del Padre en el Espíritu Santo, lanzando nuestra oración al Señor en una acción de gracias y llenando nuestro ser de un gozo tal que podremos desde el mismo inicio experimentar a Dios obrando desde ya, en nuestras vidas (Sal 68: 33-36; Ex 15: 11-18). Es aquí en donde empezamos a dejar por un lado todo aquello que no nos permite adórale a plenitud, como ese odio o rencor, esa ira, esos celos, esas vanaglorias, etc., es decir nuestras oscuridades.

La adoración

Es la primera actitud de nuestro espíritu al reconocer que hablar con el Padre a través de Jesús, lo hacemos libre de todo pensamiento material y que lo reconocemos en el silencio de nuestros corazones, un momento lleno de entrega y humildad, aceptando su Espíritu de amor y bondad en lo más profundo de nuestro ser, teniendo en cuenta que somos sus hijos amados.

Es éste el momento en el que el Espíritu conduce nuestras almas a la exaltación del Padre. Es el tiempo en el que lanzamos palabras llenas de humildad, reconociéndolo como el verdadero Dios; como el verdadero Señor de nuestras vidas; como el que nos muestra su imagen preciosa, con los brazos abiertos y diciendo a nuestros corazones “¡Hijo te amo, hija te amo!“

Podemos reconocer a través de la adoración, que él está verdaderamente ahí al lado nuestro y que con nuestras palabras, exaltamos su nombre alabándolo y glorificándolo en lo más íntimo de nuestro ser (Sal 96: 1-7)

Adorarlo es hacerlo nuestro verdadero Padre, es saber escucharlo y saber atender a su voz en nuestros corazones; Es poder palparlo y abrazarlo en medio de nuestras penas, dolores y sufrimientos; Es decirle un “¡Te alabo y te exalto, porque tú eres mi Dios y mi Señor! “ Es poder derramar lágrimas de alegría; es extender nuestros brazos y cantarle aleluya desde lo más profundo de nuestro corazón; Es poder decirle Abbá papito; es injertarnos en toda su grandeza y proclamarlo Rey de reyes y Señor de señores.

“Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la «nada de la criatura», que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en la Magnífica, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.” NC 2097 Ez 16:60; He 13:34

La contemplación

Es el momento en el que profundizamos en nuestro diálogo con el Padre, el instante en el que contemplamos el rostro del Señor.

Hablar de contemplación significa que, nos dejaremos llevar por la presencia de Dios, experimentando el estar a su lado, desde el punto más profundo del corazón, en el silencio de nuestras almas. Jesus_078

Es por ello que muchos de nosotros no alcanzamos éste nivel de oración. Nos esforzamos en pensar como Dios nos va agradar y no guardamos el silencio necesario. Contemplarlo es vernos anonadados ante su presencia, es no pensar en “yo y Jesús“, sino en el Jesús total.

En la oración de contemplación, buscamos siempre a Jesús a quien no se le tiene que dirigir palabra alguna para poder disfrutar de su presencia. Más bien, se trata de verlo y de escuchar su voz en nuestro corazón (Hc 2:25-28) Porque si es cierto que a Dios no se le puede ver, también es cierto que lo podemos contemplar a través de ver a Jesús, pues “él es la imagen del Dios que no se puede ver” Col. 1: 15.

Es en éste momento en el que podremos experimentar su real grandeza, dirigiéndose a nosotros con amor y ternura. Es poder ver su imagen reflejando su Luz eterna sobre nosotros, sembrando en nuestros corazones un espíritu de paz y de armonía.

Qué más se podrá decir de este momento tan especial, si no lo vivimos, si no lo experimentamos nosotros mismos, nunca podremos descifrarlo a plenitud.

Entonces diremos que la contemplación es el momento más importante dentro de la oración, pues ella nos lleva directos a la presencia de Dios por medio de Jesús a través del Espíritu Santo.

Para terminar esta sección, tenemos que recordar dos aspectos importantes dentro de la vida del servidor de Dios: 1. Que somos sus hijos y 2. Que tenemos que vivir una vida constante de comunicación con él. Voy a recordar nuevamente esto: “No podemos ser fieles servidores, cuando solamente nos dedicamos a hablar de Dios a los demás” Por el contrario, nuestro deber como cristianos servidores es el de tener un diálogo constante con el Padre, para poder llevar su mensaje de salvación a la humanidad. Tenemos que vivirlo y disfrutarlo en la oración, para trasmitir esa misma alegría a los corazones que están en necesidad de experimentar la paz y la alegría del Señor.

Muchos servidores dentro de la renovación carismática, tienden a olvidar que la oración es lo más importante de sus vidas. Olvidan sobre todo que cuando se ora el Espíritu de Dios se derrama, especialmente sobre aquellos que están dispuestos a dejarse llenar de él. Es que solo nos gusta la euforia, el bullicio del momento y cuando nos dicen: “Hermanos, inclinemos nuestro rostro y cerremos esos ojos hermosos que el Señor nos regaló, vamos a orar”, es triste ver como aquellos servidores se ponen a hablar allá atrás de las ovejitas. ¿Qué hablarán? O más bien dicho ¿De quién hablarán?

La realidad es que, aunque el Espíritu del Padre, es dicha y felicidad, también y más aun es gozo y paz interior. Ese mismo gozo nos hace levantar nuestras manos y declarar con firmeza que confiamos plenamente en su amor. Que no hay nada ni nadie que tiene el poder para realizar en nuestras vidas todo aquello que anhela nuestro corazón. Es ahí precisamente en el que muchos caemos, porque no comprendemos que para que él obre, hay que dejarnos doblegar por ese Espíritu de amor.

Es por eso mismo que Dios nos dice a través del profeta Isaías: “A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan;… Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.” Is 55: 1-3

Lo que sucede creo, es que, muchos tenemos miedo de abrirnos a él. Esto es un tanto ridículo pues él ya conoce de qué pata cojeamos. (Mt 6: 6) Es por ello que les cuesta adentrarse a esa paz y amor que se da mediante la oración y especialmente cuando hay que escuchar su voz que con claridad quiere llegar a nuestro interior. Los miedos, las angustias y toda basura que llevamos anidados en el corazón, no permiten adorarlo, pues los gritos de desesperación pidiendo sane nuestros dolores y sufrimientos, opacan el Espíritu de Dios que quiere fundir su plenitud, para extirpar nuestras dolencias y regalarnos la tranquilidad deseada.

Démosle una oportunidad al Espíritu de Dios que produzca en nosotros aquellos dones, frutos y carismas espirituales, para que un día alcancemos Shalom. No permitamos que el enemigo venga a quitarnos lo que ya por el bautismo hemos recibido como regalo de Dios y venzámoslo por medio de la oración y entonces nuestras almas vivirán.

“Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y prosigan sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo a favor de todos sus hermanos” Ef 6:18

En el amor de Jesús

René Alvarado

El pecado en contra del Espíritu Santo

Es bueno saber que Dios siempre ha querido nuestro bienestar, pero nosotros con nuestras terquedades, nos soltamos de sus manos para tomar caminos diferentes y contrarios a la voluntad latente del Padre, para la salvación de nuestras almas. El problema ha sido, creo, el hecho que siempre andamos buscando aquello que nos recompense externamente y más sin embargo, nos cuesta comprender que lo importante no es la ropa que nos ponemos, porque de nada sirve un lindo vestido o el mejor pantalón, si nunca nos bañamos. Como dice aquel viejo refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Hay ciertas cosas a las que debemos de poner atención para que realmente podamos sembrar una buena semilla para producir los frutos deseados. Primero, tenemos que entender que es Dios el que nos da sus dones, no somos nosotros los que por arte de magia los sacamos de la manga. Segundo, debemos de darnos cuenta que es su Espíritu el que nos conduce por medio de esos dones y tercero, comprender que un día tendremos que retornar esos dones, al momento de entregar la vida. (Lc 26: 46. Sal 31:6)

Por otro lado, bien sabemos que al dejarnos conducir por ese Espíritu de amor con fidelidad, significa que nuestra voluntad está volcada a contribuir con el amor eterno con el que el Padre nos ama. Pero eso siempre ha sido nuestro talón de Aquiles; aun así seamos renovados en el Espíritu Santo o solamente seamos de los que venimos a calentar bancas, debemos de mantenernos fiel a la fidelidad con la misma benignidad que el Señor la tiene con nosotros.

Jesús mismo le fue fiel a su padre y a su misión. Ya anteriormente dijimos como él, dejándose conducir por el Espíritu de amor, emprendió su misión en medio de un mundo que parecía complaciente ante las calamidades ocurridas específicamente hablando de Palestina, en donde Jesús se desenvolvió. Pero no por ello él dejó por un lado su misión, siendo fiel hasta la muerte. Es que tenemos que escudriñar las Escrituras y darnos cuenta que Jesús siendo el Verbo, alcanzó la condición de hombre carnal (en griego sarx = carne que se pudre). Filipenses en capítulo 2 versos del 6 al 8, nos habla al respecto: “Él compartía la naturaleza divina, 6 y no consideraba indebida la igualdad con Dios, 6 sin embargo se redujo a nada (del griego ekénosen = vaciarse), tomando la condición de siervo, 7 y se hizo semejante a los hombres (a esto le llamamos Kénosis es decir estar anonadado). Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo8 haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” 8 Es decir, él en su condición humana, se aferró siempre a su fidelidad con Dios, aunque esto le presentara momentos duros en los que carnalmente hubiere perdido el control y por ende, darse la vuelta y proseguir su camino en sentido contrario a su misión.

En su catequesis “Jesús, verdadero Dios, verdadero hombre”, el Papa Juan Pablo II nos habla que: “Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: es el misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas,” además agrega: “Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión”

En nuestro caso se puede decir que somos un tanto al revezado. Empezamos por la carne y terminamos por el Espíritu y luego volvemos a la carne. Las consecuencias del vivir la kénosis, en nuestra propia vida se tornan difíciles pues no nos gusta experimentar dolor o sufrimiento y ello nos lleva a actuar contrario a lo que es nuestra misión.

Cuando nos desviamos de nuestra misión, nos encontramos con un mundo lleno de “mejórales” para calmar nuestros dolores y ansiedades y por ende caemos en pecados que dañan no solamente a nuestro propio espíritu, sino que también dañan a los que nos rodean. Es que si no queremos experimentar ningún tipo de desierto, ni mucho menos queremos experimentar la soledad del Getsemaní, entonces nunca llegaremos a la cruz y, si logramos llegar a pesar de todo, lo haremos como uno de los dos malhechores crucificados al lado del Señor.

Lo curioso es que siempre somos como Pedro que viendo el semblante entristecido del Señor, le dice: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la prisión y a la muerte”. Al escucharlo, Jesús le responde en una manera tierna, viéndolo directamente a los ojos: “Hay Pedrito, no sabes lo que estás diciendo. Esta misma noche, antes que cante el gallo me habrás negado tres veces”. Sería interesante averiguar cuántas veces nos ha cantado ya el gallo.

Recordemos que el mundo está lleno de mucha falsa felicidad y que nosotros somos parte de ese mundo, pero que no pertenecemos a él. Esto causa algo de problemas pues, en nuestra ansia de ser felices, de alguna manera nos vemos envueltos en actividades que ofenden no sólo a Dios, sino que a nuestro propio ser y a la vez, ofenden a nuestro semejantes y sobre todo y lo más crítico de todo, es que, ofendemos al Espíritu que Dios ha soplado sobre nuestras vidas el día de nuestro bautismo y si no corregimos la falta, entonces aunque vivamos una vida llena de euforia espiritual, quién sabe si entraremos a la tierra prometida.

Esto afecta nuestra intimidad con Dios y, en alguna manera nos va alejando de su amor que es al final de cuentas lo que es importante en nuestras vidas. Recordemos que el pecado que en apariencia es bueno mientras lo cometemos siempre nos cobra un precio y que el mismo tomándonos de la mano, nos lleva por los senderos de la muerte siendo esa la realidad que para muchos al darse cuenta para donde van, es demasiado tarde para corregir. Es como aquel hombre que iba con esposas en sus manos, acompañado por dos oficiales de la policía. En el camino lo encuentran unos viejos amigos que le preguntan: “¿Para dónde vas? A lo que responde: “¡No voy, me llevan!

Eso sí que es triste, “no voy, me llevan”. Para muchos que se dicen renovados en el Espíritu, su hipocresía los conduce hacía la muerte eterna. Van como programados por el pecado, encadenados, sin futuro, porque no viven el presente de acuerdo a la misión que les fue encomendada por el Padre. Es por eso que ante cualquier calamidad caen rotundamente y luego se preguntan: “¿Por qué a mí? Si yo aplaudo en el grupo y me golpeo el pecho ante el Santísimo”

Claro, en el grupo aplaudimos con enjundia, pero en la casa, en el trabajo o en la misma calle, actuamos con bajeza, golpeando y maldiciendo y sobre todo, blasfemando en contra del Espíritu Santo. Para muchos es fácil venir a derramar lágrimas ante una asamblea de oración y hay hermanos predicadores que poseen el carisma de la oración profunda que hace llorar a la gente y más sin embargo, lo mismo les da orar al Dios vivo en las asambleas que ir inmediatamente después a un centro espiritista para hablar con los muertos.

“En verdad les digo: se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean. En cambio el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará” Mc 3: 28

Pensemos por un instante en todo cuanto hicimos antes de ser renovados en el Espíritu Santo y todo cuanto hemos hecho desde ese instante. Pongámoslo todo en la balanza y descubramos que es lo que ha tenido más peso: la vida anterior o la que vivimos hoy día. Solamente cuando ponemos nuestra vida en la balanza, es como sabremos cuanto hemos ofendido a Dios.

¿Cuántas veces Dios ha querido que nos dejemos conducir por su Espíritu de amor? “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no has querido!” Lc 13: 34. Y más sin embargo como los israelitas, resistimos al Espíritu, es como si alguien viniera y nos dijera que si le damos un billete de $5.00, él nos lo cambiará por uno de $100.00; ¿qué pasa? Si no confiamos en aquel personaje, nunca le daremos nuestro billete porque es de $5.00 y nos ha costado el sudor de la frente tenerlo. Nos resistimos a dárselo porque el dinero nos conduce y no pensamos que en realidad podríamos hacernos riquillos con cien en la mano que con los cinco que no quisimos dar. Lo mismo sucede cuando viene el Espíritu de amor a cambiar nuestras vidas cochambrosas, por una vida pura, sino confiamos en él, siempre seguiremos enlodados por el pecado.

Por otro lado debemos de reconocer que ese Espíritu que el Padre bueno nos ha dado el día de nuestro bautismo, es transformado en una llama ardiente que purifica el interior y que quiere arder para la eternidad y, ¿qué hacemos nosotros? Pues convertirnos en bomberos voluntarios, es decir, vamos todo el tiempo con la manguera lista, siempre dispuestos para apagar ese fuego. Es como aquel cántico que dice: “Manda el fuego Señor, manda el fuego y bautízame con tu poder” y cuando él lo envía y comienza a quemarnos, decimos: “Manda la lluvia…” Es que el Espíritu quema porque está chamuscando todo aquello que existió en nuestro pasado, para que el día menos pensado, ya limpios ya de todo pecado, seamos levantados en gloria para la vida eterna.

El Apóstol Pablo, hacía este ruego a los tesalonicenses: “¡No apaguen el (fuego del) Espíritu! Ellos fueron una comunidad que vivía una renovación espiritual y más sin embargo, aunque aplaudían y lloriqueaban hasta salírseles las candelas de colores, se trataban mal entre los hermanos, criticándose unos a otros, jalándose las greñas y discutiendo si el líder actual era el correcto o no, siempre manguereando el fuego derramado por Dios . Es por ello que Pablo interviene y les recuerda que el Espíritu de Dios es muy contrario a todas esas actitudes oscuras y ajenas a las realidades de amor y mansedumbre que el Señor pidió de sus seguidores.

Cada instante en el que pecamos, es como si le diéramos la espalda a Dios mismo. Es como si después de haber dado todo lo que teníamos por nuestros hijos, llegado el momento, ellos no respondieran a nuestros sacrificios de amor y emprendiendo sus propios caminos se alejaran de nosotros, sin poner atención a todas aquellas palabras de sabiduría y de tantos concejos que les dimos, para caminar rectos en la vida. Claro esto a parte de los besos y abrazos que siempre recibieron de nosotros. Es triste ver que aun así les dimos todo el calor de nuestro corazón, ellos simplemente lo apagan con sus actitudes rebeldes y caprichosas, alejándose a cada momento de nuestras vidas. ¿No sufrimos y entristecemos por ello? Ahora pensemos por un momento, ¿no es lo mismo que hacemos nosotros con el Padre que ha dado su propia vida en Jesús por el mismo amor que nos tiene?

“No entristezcan al Espíritu santo de Dios; éste es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación” Efe 4: 30 (Is 63: 45). Es lo que Pablo ruega constantemente, porque eso es lo que hacemos cuando pecamos y nos resistimos al Espíritu. Cuando vivimos llenos de odios y rencores, llenos de iras y arrebatos, de enojos, gritos y ofensas contra el prójimo. Porque todo cuanto hicimos por aquellos indefensos, lo hicimos con Dios. (Mt 25: 45)

No podemos seguir blasfemando contra el Espíritu Santo, no debemos seguir pecando en su contra pues cuanto más lo hagamos, más nos alejamos del amor inmaculado de Dios en nuestras vidas. Nuestras vidas tienen que tener dirección. Un profesional de tiro con arco, está en constante práctica, siempre tratando de darle al centro de la marca; de la misma manera nuestra debe de ser la práctica que apunte no a una marca en la vida, sino que nuestro apunte debe de ser dirigido hacia Shalom, la vida eterna.

¿A qué le apuntamos?

Pablo concluye con lo siguiente: “Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente como Dios los perdonó en Cristo.” Efe 4:32