El hijo prodigo

En esta parábola nos encontramos con el relato de un padre que permite a su hijo experimentar en carne propia la separación del árbol de la vida. El hijo toma la decisión de irse, llevándose con él, todo lo que creía le pertenecía, comportándose en una forma arrogante, inclusive, mostrando orgullo intolerable, pues pensaba que la juventud le duraría para siempre. No se daba cuenta que estaba abandonando el hogar, tirándose a las fantasías del mundo que le presenta colores maravillosos, pero que en realidad son como el arcoíris, se ve tan hermoso cuando aparece, pero que al desvanecerse, la belleza de sus colores se desaparece. San Agustín, al reflexionar sobre esta lectura dice al respecto: “Como un alma que se complace con su poder, pide aquello que lo hace vivir, entender, recordar y distinguirse por su ingenio especial; cosas todas que son dones de Dios y que recibió para usar de ellas a su voluntad.”

Con esa misma actitud nos enfrentamos a la vida. Conocemos de Dios porque hemos oído hablar de él, y sabemos que de alguna manera él nos ha creado y que ha soplado su aliento divino sobre nosotros. Pero aun así, por el libre albedrío, tomamos la decisión de separarnos de su presencia. Nos alejamos de su profundo amor en búsqueda de aquello que pueda llenar el vacío que hay en nuestros corazones. Y no es porque al alejarnos de él, salgamos con las manos vacías al contrario, cuando tomamos la decisión de alejarnos de su presencia, salimos llenos de las abundantes riquezas espirituales que nos sostienen en momentos de dificultad. Lo que ha pasado es que estas riquezas las desgastamos en el mundo materialista, en el que se nos pide que para ser felices debemos de despojarnos del amor, y no hablemos simplemente del amor a cecas, sino más bien del amor de Dios que se encuentra en nuestros hogares, cuando un marido buscando llenar el vacío de su corazón opta por el alcohol, las drogas, el sexo desordenado, es cuando se aleja del amor, atraído por el mundo y como consecuencia, maltrata a su esposa, a sus hijos quienes a su vez por sentirse maltratados, optan por la calle en donde se encuentran con otros jóvenes que viven el mismo martirio, terminando en la calle de la desolación y muchas veces asesinados y dejados como animales tirados como desperdicio para la crítica de la misma sociedad, que los llevó a hasta ese lugar.

¿Cómo es posible que sabiendo de Dios, nos alejemos de él? En Dios, el Buen Padre, encontramos alegría y júbilo desbordante, porque es misericordioso. Santo Tomás de Aquino dijo sobre la misericordia de Dios: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia.” Dios siempre ha querido que el hombre regrese al hogar y está en espera como el Buen Padre que todos los días salía a la puerta en espera de aquel hijo, que tomó la decisión de irse a experimentar en el mundo lo que tenía por garantizado en su casa. Hoy Dios nos invita a que tomemos la decisión de regresar una vez más al nido. Dios, el Buen Padre está en espera de nosotros, no para condenarnos, no para castigarnos, ni siquiera para reclamarnos del porqué decidimos salir del hogar. Más bien, está ahí, en la puerta del frente, para salir corriendo a nuestro encuentro al momento de nuestra llegada.

Que maravilloso es descubrir que aun en medio de lo que vivamos en el mundo, hay un Ser todo poderoso que nos ama con amor eterno (Jer 31: 3), que nunca se aparta ni se olvida de nosotros (Is 49: 14-16). El problema es que aun sabiendo esto, en nuestros corazones no cabe más que el dolor y el sufrimiento. Pensamos que eso es mucho más grande que el amor del Padre. Primero que nada debemos de entender que el sufrimiento es parte del alejamiento, pero que el mismo proceso del sufrimiento nos permite como al joven de la parábola, reflexionar sobre nuestras vidas en este momento. Al darnos cuenta de lo que vivimos, podemos visualizar lo mejor que estaríamos de regreso en el hogar del cual salimos. “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Lc 15: 17. Pensaba el joven tirado en el fango, en el lodo del mundo, comiendo de las miserias que la sociedad le da. El hijo entonces pensó que era necesario regresar y por un momento también pensó que iba a ser causa de burla de aquellos puercos con los que compartía las miserias del mundo, pero aún eso no lo detuvo y es cuando toma la decisión más grande de su vida, “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Lc 15: 17-19. Se levantó y aunque todos se burlaban de él, lo criticaban y le decían que cómo iba a regresar a la casa del Padre, si él no valía nada, que era la basura innata de la sociedad, y le replicaban: qué padre lo recibiría cuando él se portó tan mal, que no merecía clemencia ni misericordia.

Eso es lo que el mundo y sus secuaces quieren de nuestras vidas. Ellos nos invitan a disfrutar de las “delicias del mundo” y cuando nos exprimen de nuestras riquezas espirituales, cuando nos prostituyen en la inmundicia, cuando nos arrancan nuestra dignidad de hijos de Dios y nos ven acabados, nos abandonan para buscar nuevas víctimas y esas víctimas que encuentran son nuestros hijos, nuestros cónyuges, nuestra familia en general. Por consiguiente, debemos de reconocer que hemos fallado, que hemos abandonado la casa, nuestro hogar y que abandonamos a nuestro Buen Padre, pero que al hacerlo también abandonamos a nuestra familia, la que tanto nos ama. Ya basta de vivir en ese fango. Ya basta de comer de las bellotas que el mundo nos ofrece para calmar el hambre y la sed de justicia. Es cierto que tomamos la decisión equivocada, pero también es cierto que hoy Dios nos da la oportunidad de recapacitar y arrepentidos retornar al Padre que con dolor vio nuestra partida, pero que con alegría ve nuestro retorno. “Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.” Lc 15: 22-24. ¡Gloria a Dios!

Aún es tiempo de recapacitar y arrepentirnos. No le demos gusto al mundo que nos quiere ver tirados y derrotados después de habernos exprimido. ¿Para qué hacerle caso a los cerdos que nos invitan a comer de los desperdicios de una sociedad que de apoco en poco se va muriendo por su actos de inmoralidad? Nosotros no pertenecemos a este mundo. Nosotros le pertenecemos al Padre. “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.” Jn 3: 1. El mundo lo sabe y es por eso que nos llama sutilmente a que nos alejemos de casa. No podemos seguir engañados. Como dice aquella canción viejita que cantaba la Sonora Santanera: “Quemaron tus luces mariposa ilusionada las luces de Nueva York.” Eso es lo que hace en nuestras vidas el lodo y el fango del mundo.

Hoy retornemos y dejemos que su amor nos envuelva nuevamente porque su amor es más, mucho más grande que la oscuridad en la que vivimos. Solamente él nos puede dar de comer para llenar el vacío de nuestros corazones. Solamente él tiene el poder de devolvernos la dignidad que un día por decisión propia perdimos en el mundo. No esperemos más, no sigamos sufriendo ni hagamos sufrir a nuestra familia. Hoy es el día que Dios ha creado especialmente para nosotros. Como dice Hechos de los Apóstoles 16: 31: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.”

Ánimo, ¿qué esperas para regresar al Padre que está en la puerta preparado para recibirte hoy?

René Alvarado

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