El pecado en contra del Espíritu Santo

Es bueno saber que Dios siempre ha querido nuestro bienestar, pero nosotros con nuestras terquedades, nos soltamos de sus manos para tomar caminos diferentes y contrarios a la voluntad latente del Padre, para la salvación de nuestras almas. El problema ha sido, creo, el hecho que siempre andamos buscando aquello que nos recompense externamente y más sin embargo, nos cuesta comprender que lo importante no es la ropa que nos ponemos, porque de nada sirve un lindo vestido o el mejor pantalón, si nunca nos bañamos. Como dice aquel viejo refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Hay ciertas cosas a las que debemos de poner atención para que realmente podamos sembrar una buena semilla para producir los frutos deseados. Primero, tenemos que entender que es Dios el que nos da sus dones, no somos nosotros los que por arte de magia los sacamos de la manga. Segundo, debemos de darnos cuenta que es su Espíritu el que nos conduce por medio de esos dones y tercero, comprender que un día tendremos que retornar esos dones, al momento de entregar la vida. (Lc 26: 46. Sal 31:6)

Por otro lado, bien sabemos que al dejarnos conducir por ese Espíritu de amor con fidelidad, significa que nuestra voluntad está volcada a contribuir con el amor eterno con el que el Padre nos ama. Pero eso siempre ha sido nuestro talón de Aquiles; aun así seamos renovados en el Espíritu Santo o solamente seamos de los que venimos a calentar bancas, debemos de mantenernos fiel a la fidelidad con la misma benignidad que el Señor la tiene con nosotros.

Jesús mismo le fue fiel a su padre y a su misión. Ya anteriormente dijimos como él, dejándose conducir por el Espíritu de amor, emprendió su misión en medio de un mundo que parecía complaciente ante las calamidades ocurridas específicamente hablando de Palestina, en donde Jesús se desenvolvió. Pero no por ello él dejó por un lado su misión, siendo fiel hasta la muerte. Es que tenemos que escudriñar las Escrituras y darnos cuenta que Jesús siendo el Verbo, alcanzó la condición de hombre carnal (en griego sarx = carne que se pudre). Filipenses en capítulo 2 versos del 6 al 8, nos habla al respecto: “Él compartía la naturaleza divina, 6 y no consideraba indebida la igualdad con Dios, 6 sin embargo se redujo a nada (del griego ekénosen = vaciarse), tomando la condición de siervo, 7 y se hizo semejante a los hombres (a esto le llamamos Kénosis es decir estar anonadado). Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo8 haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” 8 Es decir, él en su condición humana, se aferró siempre a su fidelidad con Dios, aunque esto le presentara momentos duros en los que carnalmente hubiere perdido el control y por ende, darse la vuelta y proseguir su camino en sentido contrario a su misión.

En su catequesis “Jesús, verdadero Dios, verdadero hombre”, el Papa Juan Pablo II nos habla que: “Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: es el misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas,” además agrega: “Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión”

En nuestro caso se puede decir que somos un tanto al revezado. Empezamos por la carne y terminamos por el Espíritu y luego volvemos a la carne. Las consecuencias del vivir la kénosis, en nuestra propia vida se tornan difíciles pues no nos gusta experimentar dolor o sufrimiento y ello nos lleva a actuar contrario a lo que es nuestra misión.

Cuando nos desviamos de nuestra misión, nos encontramos con un mundo lleno de “mejórales” para calmar nuestros dolores y ansiedades y por ende caemos en pecados que dañan no solamente a nuestro propio espíritu, sino que también dañan a los que nos rodean. Es que si no queremos experimentar ningún tipo de desierto, ni mucho menos queremos experimentar la soledad del Getsemaní, entonces nunca llegaremos a la cruz y, si logramos llegar a pesar de todo, lo haremos como uno de los dos malhechores crucificados al lado del Señor.

Lo curioso es que siempre somos como Pedro que viendo el semblante entristecido del Señor, le dice: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la prisión y a la muerte”. Al escucharlo, Jesús le responde en una manera tierna, viéndolo directamente a los ojos: “Hay Pedrito, no sabes lo que estás diciendo. Esta misma noche, antes que cante el gallo me habrás negado tres veces”. Sería interesante averiguar cuántas veces nos ha cantado ya el gallo.

Recordemos que el mundo está lleno de mucha falsa felicidad y que nosotros somos parte de ese mundo, pero que no pertenecemos a él. Esto causa algo de problemas pues, en nuestra ansia de ser felices, de alguna manera nos vemos envueltos en actividades que ofenden no sólo a Dios, sino que a nuestro propio ser y a la vez, ofenden a nuestro semejantes y sobre todo y lo más crítico de todo, es que, ofendemos al Espíritu que Dios ha soplado sobre nuestras vidas el día de nuestro bautismo y si no corregimos la falta, entonces aunque vivamos una vida llena de euforia espiritual, quién sabe si entraremos a la tierra prometida.

Esto afecta nuestra intimidad con Dios y, en alguna manera nos va alejando de su amor que es al final de cuentas lo que es importante en nuestras vidas. Recordemos que el pecado que en apariencia es bueno mientras lo cometemos siempre nos cobra un precio y que el mismo tomándonos de la mano, nos lleva por los senderos de la muerte siendo esa la realidad que para muchos al darse cuenta para donde van, es demasiado tarde para corregir. Es como aquel hombre que iba con esposas en sus manos, acompañado por dos oficiales de la policía. En el camino lo encuentran unos viejos amigos que le preguntan: “¿Para dónde vas? A lo que responde: “¡No voy, me llevan!

Eso sí que es triste, “no voy, me llevan”. Para muchos que se dicen renovados en el Espíritu, su hipocresía los conduce hacía la muerte eterna. Van como programados por el pecado, encadenados, sin futuro, porque no viven el presente de acuerdo a la misión que les fue encomendada por el Padre. Es por eso que ante cualquier calamidad caen rotundamente y luego se preguntan: “¿Por qué a mí? Si yo aplaudo en el grupo y me golpeo el pecho ante el Santísimo”

Claro, en el grupo aplaudimos con enjundia, pero en la casa, en el trabajo o en la misma calle, actuamos con bajeza, golpeando y maldiciendo y sobre todo, blasfemando en contra del Espíritu Santo. Para muchos es fácil venir a derramar lágrimas ante una asamblea de oración y hay hermanos predicadores que poseen el carisma de la oración profunda que hace llorar a la gente y más sin embargo, lo mismo les da orar al Dios vivo en las asambleas que ir inmediatamente después a un centro espiritista para hablar con los muertos.

“En verdad les digo: se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean. En cambio el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará” Mc 3: 28

Pensemos por un instante en todo cuanto hicimos antes de ser renovados en el Espíritu Santo y todo cuanto hemos hecho desde ese instante. Pongámoslo todo en la balanza y descubramos que es lo que ha tenido más peso: la vida anterior o la que vivimos hoy día. Solamente cuando ponemos nuestra vida en la balanza, es como sabremos cuanto hemos ofendido a Dios.

¿Cuántas veces Dios ha querido que nos dejemos conducir por su Espíritu de amor? “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no has querido!” Lc 13: 34. Y más sin embargo como los israelitas, resistimos al Espíritu, es como si alguien viniera y nos dijera que si le damos un billete de $5.00, él nos lo cambiará por uno de $100.00; ¿qué pasa? Si no confiamos en aquel personaje, nunca le daremos nuestro billete porque es de $5.00 y nos ha costado el sudor de la frente tenerlo. Nos resistimos a dárselo porque el dinero nos conduce y no pensamos que en realidad podríamos hacernos riquillos con cien en la mano que con los cinco que no quisimos dar. Lo mismo sucede cuando viene el Espíritu de amor a cambiar nuestras vidas cochambrosas, por una vida pura, sino confiamos en él, siempre seguiremos enlodados por el pecado.

Por otro lado debemos de reconocer que ese Espíritu que el Padre bueno nos ha dado el día de nuestro bautismo, es transformado en una llama ardiente que purifica el interior y que quiere arder para la eternidad y, ¿qué hacemos nosotros? Pues convertirnos en bomberos voluntarios, es decir, vamos todo el tiempo con la manguera lista, siempre dispuestos para apagar ese fuego. Es como aquel cántico que dice: “Manda el fuego Señor, manda el fuego y bautízame con tu poder” y cuando él lo envía y comienza a quemarnos, decimos: “Manda la lluvia…” Es que el Espíritu quema porque está chamuscando todo aquello que existió en nuestro pasado, para que el día menos pensado, ya limpios ya de todo pecado, seamos levantados en gloria para la vida eterna.

El Apóstol Pablo, hacía este ruego a los tesalonicenses: “¡No apaguen el (fuego del) Espíritu! Ellos fueron una comunidad que vivía una renovación espiritual y más sin embargo, aunque aplaudían y lloriqueaban hasta salírseles las candelas de colores, se trataban mal entre los hermanos, criticándose unos a otros, jalándose las greñas y discutiendo si el líder actual era el correcto o no, siempre manguereando el fuego derramado por Dios . Es por ello que Pablo interviene y les recuerda que el Espíritu de Dios es muy contrario a todas esas actitudes oscuras y ajenas a las realidades de amor y mansedumbre que el Señor pidió de sus seguidores.

Cada instante en el que pecamos, es como si le diéramos la espalda a Dios mismo. Es como si después de haber dado todo lo que teníamos por nuestros hijos, llegado el momento, ellos no respondieran a nuestros sacrificios de amor y emprendiendo sus propios caminos se alejaran de nosotros, sin poner atención a todas aquellas palabras de sabiduría y de tantos concejos que les dimos, para caminar rectos en la vida. Claro esto a parte de los besos y abrazos que siempre recibieron de nosotros. Es triste ver que aun así les dimos todo el calor de nuestro corazón, ellos simplemente lo apagan con sus actitudes rebeldes y caprichosas, alejándose a cada momento de nuestras vidas. ¿No sufrimos y entristecemos por ello? Ahora pensemos por un momento, ¿no es lo mismo que hacemos nosotros con el Padre que ha dado su propia vida en Jesús por el mismo amor que nos tiene?

“No entristezcan al Espíritu santo de Dios; éste es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación” Efe 4: 30 (Is 63: 45). Es lo que Pablo ruega constantemente, porque eso es lo que hacemos cuando pecamos y nos resistimos al Espíritu. Cuando vivimos llenos de odios y rencores, llenos de iras y arrebatos, de enojos, gritos y ofensas contra el prójimo. Porque todo cuanto hicimos por aquellos indefensos, lo hicimos con Dios. (Mt 25: 45)

No podemos seguir blasfemando contra el Espíritu Santo, no debemos seguir pecando en su contra pues cuanto más lo hagamos, más nos alejamos del amor inmaculado de Dios en nuestras vidas. Nuestras vidas tienen que tener dirección. Un profesional de tiro con arco, está en constante práctica, siempre tratando de darle al centro de la marca; de la misma manera nuestra debe de ser la práctica que apunte no a una marca en la vida, sino que nuestro apunte debe de ser dirigido hacia Shalom, la vida eterna.

¿A qué le apuntamos?

Pablo concluye con lo siguiente: “Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente como Dios los perdonó en Cristo.” Efe 4:32


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