Dios al encuentro del hombre

En el principio, -nos dice la Biblia-, Dios crea el universo, la naturaleza y culmina con la creación más bella, el hombre. Es que él nos ha creado a su imagen y semejanza soplando sobre nosotros su aliento divino. Puso sobre nosotros el deseo ferviente de ser libres, de poder decidir por nosotros mismos el destino que queremos tomar, ya sea, junto a él, o alejado de él, dejando que descubramos por nosotros mismos las consecuencias de nuestra decisión.

Dios, nos fue nutriendo con su amor, con su profundo deseo de que siempre tuviéramos lo que íbamos a necesitar. Se preocupó de que nunca nos faltara el alimento, la ropa y el techo sobre nuestras cabezas. Ya bien lo repite Jesús en el evangelio de Mateo: “No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y sin embargo el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves? ¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!” Mt. 6: 25-30.

Deberíamos de estar agradecidos con Dios por todo lo que nos ha regalado, por la libertad que nos permite respirar su amor eterno (Jer 31: 3); Pero, ¿qué hemos hecho con esa libertad? La hemos convertido en un gran libertinaje, tomando ese regalo como un derecho obligado, como algo que tenemos por garantía, sin pensar por un momento que su gracia se manifiesta en nuestras vidas por medio de las experiencias ya sean buenas o malas. El problema es qué, esas experiencias nos ciegan y esto, no nos permite ver con claridad ese amor, enfocándonos más en el problema y no necesariamente en su gracia, lo que nos da la libertad para afrontar con fe, todo aquello que nos aqueja, confiando, que él, nunca nos abandona.

Poco a poco, nos hemos olvidado de quien verdaderamente es el creador del universo, de la naturaleza y creador de nuestras vidas. Estamos tan lejos de su presencia que para solucionar nuestros problemas, buscamos otros dioses a los que adoramos y a los cuales consagramos nuestras vidas como se entrega la esposa al marido en la noche de bodas. Estamos viviendo un tiempo de tanto paganismo; vivimos encadenados a los vicios del mundo, rechazando la voluntad del Padre, lo que nos impide reconocer que en medio de todo aquello que nos aqueja, está presente la omnipotencia de Dios para tomarnos, para rescatarnos y sobre todo, para que volvamos a la libertad con la cual hemos sido creados.

Con insistencia oímos hablar sobre el deseo de Dios de amarnos, para que, en medio de ese amor, experimentemos su bendita presencia, la que nos abrasa con ternura y compasión. Ahora que, podemos rebatir sobre los deseos de Dios, cuando no estamos experimentando el dolor o sufrimiento del prójimo. Es cierto, Quizá podemos desgastar todas nuestras fuerzas en trasmitir el deseo profundo de Dios y proclamar a los cuatro vientos lo mucho que él nos ama, cuando lo que verdaderamente queremos en la vida es una respuesta concreta al sufrimiento de nuestras vidas.

Si bien es cierto, la verdad es que, todo aquello que nos aqueja es muy real pues lo podemos palpar y quién entre nosotros podemos decir lo contrario. Pero, aunque pensemos lo contrario, debemos de reconocer que sí, que si hay un Dios que todo lo puede y que si le permitimos, él puede entrar en nuestras vidas y desde el lugar más íntimo de nuestro ser, puede cambiar nuestro llanto en canto. En el libro del Apocalipsis nos encontramos con una invitación muy especial: “Mira que estoy a la puerta y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa y comeré con él y él conmigo. Al vencedor lo sentaré junto a mí en mi trono, del mismo modo que yo, después de vencer, me senté junto a mi Padre en su trono.” Ap 3: 20-21.

Recordemos que Dios en su gran amor, nos envía a su único Hijo Jesucristo, para que todo aquel que crea en él, no se pierda sino que tenga vida eterna (Jn 3: 16). Él ha venido para tomarnos, para sanarnos y para tomarnos sobre sus hombros, encaminándonos nuevamente a la libertad con la que fuimos creados.

Dios, no quiere que suframos, él nos dio la vida para ser felices, para que en medio de lo que nos aqueja, ya sea ésta, una enfermedad terminal o la pérdida de un ser querido, descubramos el amor eterno y misericordioso que está siempre dispuesto para obrar si así lo deseamos, en la intimidad de nuestro corazón.

Dios quiere una vez más, que nuestro corazón se abra para entrar en él. Ya no quiere que sigamos sufriendo. Dios viene a nosotros, como el Padre al encuentro del hijo que un día por la misma libertad que el Padre le otorgaba, tomó la decisión de apartarse de su lado. El Padre no esperó en la puerta, él fue a su encuentro y entre abrazos y besos, lo viste de traje real, le coloca el anillo de su amor, le perdona y le recibe con fiesta (Lc 15: 11-23).

Este es el momento adecuado para abrir el corazón. Hoy es el mejor instante para entregarle nuestra vida. Posiblemente para algunos de nosotros, no haya mañana. Como dice el Salmo 34 y verso 19: “El Señor está cerca de las almas que sienten aflicción y salva a los de espíritu abatido.”

Ya basta de seguir corriendo en la vida como tontos, buscando soluciones que no nos dan más que tristeza. Solamente pensemos en todos aquellos que por aliviar sus dolores, buscan el alcohol o las drogas; otros la prostitución y así se pierden en un mundo que les ofrece soluciones, pero que les cobra con la vida misma. Eso es lo que el diablo quiere para nosotros, que nos alejemos de aquel que tiene poder para obrar en nuestras vidas y que lo único que pide a cambio es simplemente, que creamos que él, nos ama con amor eterno. ¿Por qué nos cuesta entender esto? Es que por naturaleza somos tercos y, por ende, nos gusta sufrir.

La realidad es que, al seguir la corriente del mundo, nos privamos de la libertad a la que fuimos llamados. Dejamos que el enemigo tome el control de nuestras vidas, manipulándonos a su antojo, burlándose de nosotros y de nuestras familias.

Es el momento de soltarnos de la rama en la que nos encontramos sostenidos. Cuenta el abuelo Tacho, que un día caminaba un hombre por la orilla de un barranco muy profundo y que al caminar contemplaba las maravillas de Dios, cuando de repente, resbala, y cae al precipicio. Al ir cayendo, se encontró una ramita que estaba en medio de su caída. Sin pensarlo dos veces, el hombre se agarró de la ramita y con ella se pudo sostener. Al sentirse seguro, trató de subirse nuevamente a la cima del barranco, pero se dio cuenta que no podía pues estaba muy alto y tampoco se podía soltar porque al hacerlo se mataría pues, la distancia al precipicio era muy grande. En su desesperación, empezó a gritar: “¿¡Hay alguien que me pueda ayudar!? Después de un buen rato gritando, se acerca Jesús y le pregunta: “¿Quieres salvarte? (a que pregunta, si el hombre lo que quería es salvarse). El hombre le responde: “Si Jesús, quiero salvarme.” Entonces, suéltate. Le replica Jesús. “Pero si me suelto, me muero”, le responde el hombre. Es que para salvarse hay que soltarse a sí mismo, muriendo al pecado es como vivimos para la vida eterna. En vez de tomarnos de la rama del mundo, mejor tomémonos del árbol de la vida.

Ya no sigamos en las mismas. Dios viene hoy a nuestro corazón para darnos verdadera libertad. Hoy viene a nuestro encuentro, para que tengamos vida y ésta en abundancia. Esto lo podemos ver por medio de entender su Encarnación. “El, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.” Fil 2: 6-11.

Cuando nosotros tomamos la decisión de separarnos del árbol de la vida, entonces Dios llora de dolor, mientras el enemigo lágrimas de burla por lo que hace en nuestras vidas. Recordemos estas palabras: “Tanto amó Dios al mundo…” Tanto nos ama Dios que solamente está en espera que retornemos a él. Por lo tanto, debemos de reconocer que éste es el momento para romper con cadenas que nos tienen atados a las miserias del mundo, cegados por las mentiras que el enemigo hace a nuestras vidas. Ya basta de seguir buscando en donde no hay más que apariencias con costes inmensos, más bien con alegría en el corazón, busquemos el amor libertador del Padre que nos espera con los brazos abiertos para que retornemos a él.

Hoy debemos de sentirnos bendecidos por Dios. Hoy debemos vivir plenamente liberados y resueltos de adentrarnos de lleno al maravilloso encuentro de Dios vivo entre nosotros, buscando llenarnos completamente de su amor libertador. Vivamos no por vivir pues, de esa manera se vive cuando estamos encadenados al libertinaje. Más bien, vivamos nuestras vidas por amor a Dios y entonces veremos que al hacerlo así, viviremos en victoria.

René Alvarado

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La Cristología en la humanidad de Jesús

 

Después que Jesús fue presentado al mundo, su vida corrió peligro. El entonces rey Herodes, empezó una cacería para matarlo, lo que se conoce como: “los santos inocentes.” Sus padres tuvieron que huir hacia Egipto y allí vivir un tiempo mientras pasaba aquella persecución.

Las Escrituras nos hablan muy poco de Jesús cuando era niño, con la excepción del relato que nos hace Lucas en el capítulo 2 y versos del 41 al 52, en el que nos dice que sus padres iban cada año a las fiestas de la Pascua. Cuando cumple 12 años, Jesús los acompaña y se pierde entre la multitud. Al buscarlo, lo encuentran en el Templo dando una cátedra de Biblia a los eruditos de su época. Ya desde niño, experimentaba en su corazón el querer estar en el lugar de su Padre, porque los dos comparten el mismo Espíritu de amor. “¿No sabíais que en los negocios que son de mi Padre me conviene estar?

Alguien podría decir qué, “de tal palo, tal hastía.” La realidad es que Dios en su humanidad, nunca se alejó de lo que siempre ha querido, nuestra salvación, pero, el hombre con su sabiduría humana, no ha querido esa salvación, siempre la ha rechazado. Aquellos hombres sabios en el Templo, tenían conocimiento de las Escrituras y de la Ley, pero sus vidas demostraban lo contrario a lo que Dios quería de ellos. Lo mismo sucede en nuestros días. Hoy tratamos de dar un significado científico a las cosas que son puramente de fe. Nos preguntamos si es que verdaderamente el plan de Dios es que el hombre se salve. Es que, ese proceso de salvación exige cambios radicales en nuestras vidas, los cuales no estamos dispuestos a realizar, porque estos nos apartan de nuestras comodidades. Creemos en las Escrituras, creemos que hay un Dios que tiene poder, pero aun así, no estamos dispuestos a dejarnos transformar por su amor.

Su bautismo:

La pregunta lógica sería: ¿Cómo entonces me dejo transformar por su amor? La respuesta la encontramos en el Evangelio de Juan capítulo 3 en el que nos habla del “nacer de nuevo”, y no simplemente nacer por nacer, como Nicodemo de cuestionaba a Jesús: “¿Cómo podré volver al vientre de mi madre?” Otra vez, el hombre siempre tratando de encontrar lógica a aquello que parece ilógico. Nos enredamos tanto en tratar de entender con la cabeza, lo que Dios quiere que comprendamos en el corazón.

La realidad es que, Jesús nos habla sobre el bautismo, el nacer de nuevo a una nueva realidad enfrascada en el Espíritu de amor. Es por ello que nuestro bautismo, el que realizamos por fe, no abre las puertas a nuestra salvación, la que ciertamente no es fácil, porque el ser bautizado por el agua y el Espíritu, nos reta a enfrentar las realidades de nuestras vidas, con valentía y dignidad.

Jesús mismo, experimentó el bautismo del agua y el derrame de ese Espíritu de amor: “Tu eres mi Hijo amado, en ti es mi placer.” El mismo Espíritu de Dios lo condujo al desierto, en donde atravesó momentos de tentaciones propuestas por el Diablo. Recordemos que en Jesús, ya habitaba la presencia del Espíritu del Padre, desde el momento en el que fue engendrado en el vientre de María, pero su bautismo, confirmaba la voluntad de su Padre, querer que él fuera el Salvador de la humanidad.

No fue fácil para Jesús su bautismo. Él sabía perfectamente lo que eso significaba para su humanidad, pero, permaneció siempre fiel, siempre creyó que su Padre nunca lo abandonaría y que siempre lo escuchaba: “Y Jesús, alzando los ojos arriba, dijo: Padre, gracias te doy que me has oído. Que yo sabía que siempre me oyes.” Jn 11: 41-42. Eso mantuvo viva la llama de la salvación en Jesús. Humanamente supo lo que significaba el dolor de los demás, porque él mismo, lo experimentó. Jesús mismo nos muestra con testimonio, la manera en la que debemos de actuar en la vida. El papa Juan Pablo II nos dice: “Primero que nada tenemos que reconocer que somos hijos de Dios y en eso, descubrir que si somos sus hijos entonces tenemos dignidad. Cristo, supo reconocer esto mismo en su propia vida y ello lo llevó a actuar en una manera firme y eficaz en contra de toda tentación de pecado en su vida. No es porque él fuera “bueno”, porque uno solo es bueno y ese es Dios (Lc 18: 18), pero para que nosotros mismos tomáramos su ejemplo de vida.” Jesús verdadero Dios, verdadero hombre.

Cada uno de nosotros por el bautismo recibido de Cristo por medio de nuestra Iglesia, estamos llamados a experimentar el mismo proceso de Jesús. Recordemos que el bautismo es el “nacer de nuevo” a una vida de fe, sin importar a donde ésta nos pueda llevar. En él (bautismo), nos hacemos hijos adoptivos de Dios y en nosotros, se hacen realidad todos aquellos aspectos que promulgan la presencia de Cristo encarnado. Pero ello, no es simplemente un sacramento de iniciación cristiana, al contrario se hace parte integral de nuestras vidas por la misma fe para convivir y compartir una vida plena compartiendo con otros, el amor de Dios.

«Los bautizados vienen a ser «piedras vivas» para «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 Ped 2: 5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 Ped 2: 9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.” NC 1268

En su bautismo, Jesús comprendió la misión encomendada por el Padre, dejándose guiar por el mismo Espíritu de Amor. De la misma manera en nuestro bautismo, debemos de comprender que en el propio Espíritu, somos llamados a la misión de amar, la misma que se realiza en el hecho de nuestra docilidad, para responder con un sí rotundo, sin importar lo que esto pueda acarrear para nuestras vidas. Jesús en el Templo, toma el Rollo de Isaías y lee: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados; para predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.” Lc 4: 18-20

¿A dónde le llevó proclamar esa Verdad? Es que decir, “el Espíritu de Dios, está sobre mí,” tiene sus problemas; no solamente por el hecho de decir que está sobre mí, sino sobre todo en la acción a la que el Espíritu nos lleva a realizar. Aunque Jesús no necesitaba del bautismo, bien sabía que era necesario, pues éste, le prepararía para su Pasión y muerte de Cruz, porque en su acción se manifestaba todo aquel Verbo (presencia divina), que se conjugaba en la humanidad y a la que a sus contemporáneos le incomodaba, porque estaban acostumbrados a una vida ficticia, en la que demostraban ser muy religiosos, dando órdenes de puritanos, que ni ellos mismos eran capaces de realizar, encubiertos por la Ley de Dios. Tal, debe de ser nuestra manifestación de fe en el bautismo, ya que, este se demuestra con la participación activa en todos los aspectos de la vida cotidiana, en la manera en la que convivimos y compartimos con los demás; en el atender las necesidades de nuestros semejantes, sin importar quienes estos puedan ser, y sobre todo, poniendo especial cuidado con aquellos que nos hacen mal.

«Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (Cf. LG 17; AG 7,23).” NC 1270

La realidad es que en el bautismo de Cristo, somos invitados a ser fieles servidores de la Verdad (Amor), la misma que se encarna en medio de nuestras rutinas diarias. Su bautismo, nos enseña que antes de emprender una misión en particular, hay que sumergirnos en su amor, el que nos empapa, nos renueva y nos purifica para poder resistir los embates de las tentaciones a las que somos sometidos diariamente. Definitivamente, no podemos ser emprendedores, sin antes no a ver reconocido que por medio del Bautismo, es como alcanzaremos la vida eterna. «Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él.» NC 1271.

Su desierto:

En los Evangelios nos encontramos con ese momento en el que Jesús después de ser bautizado, fue conducido por el Espíritu de Dios hacia el desierto. En ese lugar nos cuenta la Escritura, Jesús experimentó la más grande de las soledades, días sin comer y noches sin dormir. En medio de la nada, sin nadie a quién acudir para solicitar un pedazo de pan o un jarro de agua. Sus únicos acompañantes fueron: la lagartija, la serpiente venenosa, los alacranes y todo tipo de insecto aclimatado al desierto. Aun así, permaneció el tiempo necesario, aquel que Dios Padre tenía predestinado para él. Tuvo hambre nos cuenta el Evangelio; más sin embargo, aun con el deseo de un taco, de una pupusa o de un tamalito, supo esperar y, aunque el enemigo vino a tentarlo, logró vencer pues Dios estaba con él.

Nosotros también vivimos desiertos en nuestras vidas, y aunque los nuestros no son literalmente en medio del mismo, nos encontramos con realidades similares y sobre todo, estamos rodeados de tentaciones a las que atribuimos nuestras caídas en el pecado. Estas situaciones a las que estamos expuestos y la manera en la que reaccionamos a ellas, nos llevan a pensar que Dios es un ser que se encuentra solamente en las tradiciones de nuestros abuelos y en vez de buscar soluciones prácticas de fe, nos envolvemos en todo aquello que ciertamente nos aleja de él.

Por otro lado debemos saber que el desierto de Jesús, representa el desierto del pueblo elegido por Dios como suyo. Los israelitas habían salido de la esclavitud y pasados por el Mar Rojo, fueron bautizados por las aguas que se abrieron y luego conducidos por el desierto. Claramente podemos ver como Dios manifiesta su deseo de salvarnos, pero que también desea nuestra purificación. Jesús no necesitaba de bautizarse, lo dijimos anteriormente, pero más sin embargo, lo hizo porque sabía en su corazón que portar cuerpo humano, significaba ser débil ante las tentaciones a las que sería sometido no solamente en su desierto, pero a través de todo su ministerio y muy en especial en el momento de su Pasión (de esto hablaremos más adelante).

Hoy reconocemos que el hombre desde el principio ha sido débil y ha estado en constante lucha contra las tentaciones. Es que el hombre en su terquedad, sigue luchando en contra de fuerzas que ya han sido derrotadas y que por lo tanto ya no deberían de sonsacar al creyente con miedos, incitaciones y caídas en el fango del pecado pues Jesús mismo en su humanidad nos demostró que sí, que verdaderamente sí se puede vivir sin pecar: “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Éste era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero a mí, como os digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?” Jn 8: 43-46.

En medio de las mentiras del mundo, la humanidad trata de dar soluciones a sus problemas, sin darse cuenta que en la mayoría de los casos, sus problemas son espirituales. En el instante que Jesús sintió hambre, el enemigo ve su debilidad humana y más sin embargo, reconoce que él, es el hijo de Dios y, como tal, podría decirle a esa piedra que se convirtiera en pan; pero la respuesta de Jesús fue directa y sin titubeo, “¡No solo de pan vive el hombre!” Es que el Diablo, comprende perfectamente que la carne siempre es débil y que por lo tanto ella está en búsqueda de aquellas cosas que le hagan “sentir bien.” Pero, aunque Jesús convirtiera la piedra en pan, eso no le daría la fuerza que necesitaría para sobre llevar su misión. Jesús siempre supo perfectamente en su corazón que solamente por medio del Espíritu, es como daría fuerza a su carne mortal.

Nosotros por el contrario buscamos que la cienciología, la hechicería, la santería, el vudú, el ocultismo, el espiritismo, la parasicología, (podemos seguir mencionando muchas otras), para llenar ese vacío que existe en nuestro interior. No hay lógica alguna en las soluciones que el mismo hombre ha creado, para apantallar el dolor y el sufrimiento de la vida misma. Queremos darle carne a lo que es espiritual. Es por ello que estamos en una constante búsqueda bajo el farol de la calle, la moneda que se nos cayó, cuando ella se nos perdió en la oscuridad de nuestras tinieblas. Esto trae la desesperación, y la misma se conecta con el eslabón de la discordia y esta a su vez trae consigo la apatía y la depresión, pues nuestros pensamientos no están centrados en lo que realmente nos dará la pauta para prender una luz en el lugar en donde perdimos la moneda, es decir, que estamos faltos fe.

El hombre se afana casi siempre en todo aquello que puede ver y tocar y aunque vea y toque de todas formas se queda ciego, pues lo que ve y toca hoy día, ya para mañana no sirve, pues, la vida continua girando para adelante y no se queda estancada en nuestro ego mortal, sino que más bien, da el tiempo para que lo aprovechemos en el instante adecuado. Es por ello que debemos de estar siempre atentos y enfocados no en el desierto de nuestras vidas, más bien, hay que enfocarnos en el oasis que podemos encontrar si sabemos cómo buscar. Eso mismo hizo Jesús al responder a aquellas tentaciones. Siempre sostuvo su fe, sabiendo que el Espíritu de su Padre nunca lo iba a abandonar: “Y respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor Dios tuyo adorarás, y a él solo servirás.” Lc 4: 8

Jesús logró vencer todo tipo de tentación, y no simplemente por el hecho de ser Dios mismo encarnado en la humanidad, sino más bien, por la misma confianza que tenía en el creador. Él sabía perfectamente que no sería abatido, pues afrontaba su realidad con fe, y en una constante oración. Nunca se preocupó por lo que iba a comer, o si bien, dormiría o no, aunque sea por una sola noche; todo eso lo que el hombre necesita para su existencia, él lo apartó y aún, en los momentos más duros, siempre siguió creyendo que si su hoy estaba nublado, mañana saldría nuevamente el sol.

Así es, el propio instinto humano es el de aferrarse a la vida y al tratar de sujetarse a ella, está dispuesto a cualquier cosa, sin importar las consecuencias que esto le pueda acarrear. A veces se paga un gran precio por confiar en que hay un Dios que todo lo puede. Nuestra confianza siempre ha sido en el mundo; la desesperación del hambre y la sed no nos permiten enfocarnos en lo que realmente vale y preferimos un plato de lentejas ahora mismo que un manjar el día de mañana (Gén 25: 34).

El Evangelio de San Mateo nos lo dice bien claro: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” Mt 6: 31-34

¿Podrá existir el hombre sin la gracia del Dios altísimo en su interior? ¡Claro que no! Sin Dios Padre, Jesús mismo no hubiese alcanzado la victoria en el desierto y el clímax de su misión. Sin Dios Padre, nuestra Madre María, nunca hubiese sido la corredentora de la humanidad. Sin el amor del Padre, nunca podremos sobrellevar las penas y las angustias que nuestro desierto nos brinda, es más, ni siquiera podríamos existir.

No estamos solos, nunca lo hemos estado. De una u otra forma Dios nos acompaña y hace fiable aquella promesa de derramar en nosotros la gracia de su Espíritu de amor. Eso fue lo que hizo posible que Jesús se mantuviera firme hasta el final. Esa presencia de aquel Espíritu que nuca lo dejó; que nunca lo abandonó a las tentaciones del enemigo. Hoy día ese mismo Espíritu nos acompaña, siempre fiel y atento a nuestras necesidades. Él está en medio de nuestro desierto y aferrados a él, encontraremos las fuerzas y el ánimo de seguir adelante pues como dice San Pablo: “Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? Rom 8: 31

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La Cristología en la Encarnación

 

El Papa Juan Pablo II nos habla en su exordio “Jesús verdadero Dios, verdadero hombre”, sobre la Encarnación como el “misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas.” El Papa basa su tesis en la escritura que dice: “El Verbo habitó entre nosotros” Jn 1: 1-14.

Esa Encarnación es la relación que Dios siempre ha querido para nosotros. Él quiso habitar en medio nuestro, no en una forma parcial o como centro de atención como un dios que se coloca en un simple pedestal. Por el contrario, Dios se hace carne (en griego sarx que significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad, y por tanto la precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad). El libro del profeta Isaías nos habla precisamente de esto: “…Toda carne es hierba”. Is 40: 6. Por lo tanto la Encarnación de Dios en su hijo Jesucristo, se hace una realidad en medio de la humanidad en forma humana, sin perder su divinidad.

También es cierto que es hombre cuando nace de Mujer y se muestra al mundo en su humanidad, con sentimientos, con angustias y tribulaciones.” Por ello, el Verbo debía de manifestarse en la tierra como parte total de su humanidad: desde el ser anunciado, llevando el mismo proceso de vida, hasta su entrega, en la Cruz del Calvario. Exordio Jesús verdadero Dios, verdadero hombre.

En la carta a los Filipenses, en el capítulo 2: y versos del 6 al 10 nos dice: “El, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.” Jesús, -nos dice la carta-, “no se apegó a su igualdad con Dios”, sino que se despojó de esa divinidad. Para entender esto, tenemos que analizar el significado de ese despojo. En el lenguaje original significa “arrancarse con dolor” (Kénosis del griego ekénosen y este del verbo kenóō cuyo significado es vaciar). Dios toma la decisión de desprenderse de sí mismo y se vacía de su divinidad, para tomar la condición humana.

Esta Kénosis la realiza de una forma sin igual, siendo su proceso en el todo humano, y realizado en María. Ya desde el AT, se viene anunciando este desprendimiento, el que podemos ver en Isaías 7: 14, en donde se anuncia que Emmanuel viene a morar entre nosotros. En el Evangelio de San Mateo nos encontramos con el significado de ese nombre: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros.” Mt 1: 23

La anunciación:

La Biblia nos habla sobre esa mujer que desobedeciendo el mandato de Dios de no comer de aquel fruto prohibido, se dejó engañar por la serpiente (Gén 3: 1-13). De la misma forma la Escritura nos habla sobre la otra mujer que le daría la vida al Salvador del mundo y de cómo Dios en su gran sabiduría se usó de ella, para ser la portadora del amor que derramaría en nuestra vida (Lc 1: 26-38)

Si Dios nos promete vida eterna por el mismo amor que nos da, entonces entendemos que esa promesa se hace realidad en Cristo Jesús su Hijo amado. Pero para que se cumpliera esa promesa, tuvo Dios que elegir a un ser puro, que viviera a plenitud el significado del amor y sabiendo Dios desde el principio que la elegida sería María, dejó que el mismo Espíritu de amor la cubriera con su sombra, por lo tanto el Hijo que le nacería sería el verdadero Dios en medio de su pueblo, es decir Emmanuel.

Dios no eligió a María por su belleza, su porte o porque fuera “buena”. ¡No! Él la escogió porque vio en ella la profundidad del mismo amor que brotaba como esa cascada que se desprende del manantial nacido en lo íntimo de su corazón.

María es tan parte del plan perfecto de Dios para la salvación de la humanidad como lo es el mismo Jesús. El Evangelio de San Juan dice: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Pero, ¿cómo se haría carne el Verbo? No podía nada más aparecerse así porque sí. Si Dios quería encarnarse en la humanidad, entonces debería de hacerlo desde el mismo punto que el hombre lo hace. Él, debía concebirse en el vientre de una mujer, como el hombre. Debía de nacer de esa mujer que al momento de dar a luz, lo hace con dolor, pero con el gozo de saber que su Hijo, es ese Emmanuel encarnado, ese Dios entre nosotros.

Esta carne —y por tanto la naturaleza humana— la ha recibido Jesús de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “sarcóforos” (Del gr. Σαρκο –sarco- y del gr. -φρος, -foros- de la raíz de φρειν, llevar = que lleva consigo la carne, con esta palabra indica claramente su nacimiento humano de una Mujer, que le ha dado la carne humana. San Pablo había dicho ya que “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4: 4).” Exordio Jesús verdadero Dios, verdadero hombre.

María ha sido siempre un claro ejemplo del bello amor del Padre en nuestras vidas. Su verdadera humildad no le permitía consentir en el principio el hecho de que Dios viniera a ella para ser la portadora del Redentor, de ese Emmanuel, de Dios mismo entre nosotros. Cuántas mujeres de su época deseaban ser las madres del Mesías a quién esperaban con devoción para ser rescatados una vez más de la esclavitud a la que estaban siendo sometidos. Estas mujeres buscaban la vanagloria y que todos las vieran como las consagradas, como las grandes santas y para que por medio de su embarazo, pudieran tener un lugar especial dentro de la sociedad.

Al escuchar María las palabras que el ángel le anunciaba, se sintió conmovida hasta el corazón; ella no buscaba más que agradar a Dios en medio de su caridad y atención a los demás, sin preocuparse de lo que a ella le faltara, dando hasta lo que no tenía, siempre preocupada por los que eran más pobres que ella, por los marginados y abandonados de la sociedad. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no trabajaba para aportar a su hogar que era pobre? Simple y sencillamente porque amaba a Dios y creía en él. Ella, veía el rostro de Dios en medio de todos aquellos que estaban enfermos y que nadie los atendía; Ella veía a Dios en los niños desamparados, en los ancianos que eran botados como basura, en los perseguidos, en los que por no poder pagar el denario al César, eran encarcelados y castigados, en los esclavos que ansiaban su libertad. A ella nunca le importó no comer con tal que otros comieran; ella se despojaba de su comodidad para que otros tuvieran comodidad, y por ello su recompensa fue el de ser escogida por el Señor para ser la Madre de aquel que vendría a salvar al mundo de la muerte del pecado, no porque ella lo pidiera, más al contrario porque Dios así lo quiso.

Eso mismo es Dios; él se despojó de sí mismo y en su humanidad, hizo lo que su Madre hacía. Es por ello que María pasaría a ser la mujer consagrada, la llena de gracia, la verdadera Madre del Dios vivo. Por su entrega, por su apertura a las necesidades de los demás y sobre todo por confiar plenamente en el anuncio recibido en su corazón, al no llenarse de vanagloria y salir gritando al mundo entero: “¡Mírenme, Dios me ha elegido para ser su Madre!” Por el contrario “todo se lo guardaba en su corazón” Lc 2: 19

En el instante en el que creyó en el mensaje, dobló rodillas e inclinándose hasta tocar el suelo dijo aquellas palabras que deberían de resonar hoy día, en lo más íntimo de nuestro ser: “Yo soy la esclava del Señor, que se haga en mi tu voluntad” Lc 1: 38

Qué tremenda expresión de entrega total la de María, siempre confiando enteramente en su corazón, que desde ese mismo instante Dios tomaría su vida y que de su mano, él la haría atravesar por valles oscuros, por sendas llenas de serpientes, por desiertos en los que junto a su marido serían llevados, siendo abandonados por la sociedad, esa que ciega, nunca se dio cuenta de que las profecías se hacían realidad en aquellos días en medio de sus ocupaciones y quejabanzas.

Cuánto no habrá experimentado nuestra Madre, al escuchar los mormullos de las otras mujeres, que al verla la criticaban por “haber metido la pata”, por no querer entender el tiempo en el que les debía de nacer el Salvador.

Lo tremendo de todo es que María en su silencio y conducida por el mismo Espíritu de amor, se encaminó a casa de su prima Isabel que siendo de avanzada edad, también quedó en cinta, con aquella criatura que andaría adelante del Señor anunciando el arrepentimiento de los pecados. María caminó por varias millas para llegar hasta su prima. Cansada del largo caminar, quizá sedienta, con hambre y a lo mejor con el único deseo de sentarse o dormir tranquila porque estaba “embarazada.” Pero no. Al instante en el que entró a la casa, su rostro lleno de vida, proyectaba un amor sincero y con ternura se acercaba a aquella viejita que le adelantaba en unos meses en su embarazo. Al entrar, el niño de Isabel saltó de alegría y quedó llenó del Espíritu de Dios, ese mismo Espíritu que lo conduciría a vivir en lo silvestre, comiendo solamente langostas y miel, sin más vestido que el vestido del amor de Dios.

Que inmenso es el poder contemplar ese momento tan hermoso. Como es que Dios en su inmenso amor demuestra una vez más que él quiere salvarnos y se usa de todos los medios necesarios para lograrlo y, aun así nosotros somos tan cabezas duras que no logramos comprenderlo, o quizá no queremos entenderlo así porque ello implica que tenemos que dejarnos transformar de tal manera que nuestro corazón, no recibirá ni dará más que amor.

La sencillez de María logró romper con barreras culturales y religiosas. Rompió con el estereotipo de la sociedad en relación a la mujer. La mujer no valía ni cero a la izquierda; era simplemente un objeto que el hombre utilizaba para la procreación y nada más. Ellas no tenían ni voz ni voto y aunque el marido podía engañarla, ella nunca lo haría pues se exponía a la muerte.

Por eso es que María es grande entre las mujeres y el ejemplo por excelencia de cómo se responde al amor de Dios. Ella se arriesgó con su respuesta de humildad, aun sabiendo que sería quizá apedreada por su prometido. Pero ni aun eso la corrompió para no aceptar la voluntad del Padre. Ella se dejó conducir por su promesa de estar con ella y sin inhibiciones confió a plenitud creyendo que verdaderamente el Espíritu de Dios la cubría con su sombra. No se puso a pensar en la muerte horrorosa que sufriría, más bien pensó en la vida eterna que le aguardaba.

La única razón por la que ella se entrega es el amor; El amor de Dios que le fortaleció en aquellos momentos en los que la espada atravesaba su corazón al ver a su Hijo clavado en esa Cruz. Cuánto no hubiese deseado ella estar en el mismo suplicio de su Hijo, y más sin embargo, lo estuvo pues su amor de Madre no le permitía experimentar menos que su Hijo, todos aquellos latigazos, humillaciones, golpes, espinos sobre su cabeza, aquellos clavos que traspasaron sus manos y pies. Aun así con el mismo dolor, con el mismo sufrimiento, estuvo allí, al pie de aquella Cruz que significaba el amor verdadero del Padre para la salvación de la humanidad.

En medio de todo aquel dolor, María siempre estuvo confiada en las promesas de Dios y es por ello que desde la intimidad de su corazón, pudo proclamar aquella santa oración: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas para mí: Santo es su nombre” Lc 1: 46-49

Ese es el verdadero Tabernáculo Santo: aquel que en su interior supo guardar el amor verdadero y que se abrió para que el Verbo se hiciera carne, para que todos nosotros pudiésemos ser salvos. Todo por el mismo amor que ella nos tiene.

La pregunta correspondiente para todo esto es: “¿Estamos dispuestos a aceptar la responsabilidad de llevar en nosotros la gran presencia de Dios, con humildad y mansedumbre…?

Claro que para dar una respuesta honesta, debemos de vivir una vida honesta y sincera como María. No podemos ir por la vida proclamando lo que no vivimos.

Cuando alguien nos hiere, nuestra tendencia es siempre la de defendernos, contra atacando al que nos hace daño. Nos cuesta guardar en nuestro corazón aquellas palabras de Pablo cuando decía que “en nosotros se cumplen todos aquellos dolores y sufrimientos que le hicieron falta al Cuerpo de Cristo” Col 1: 24. ¿Por qué se hace difícil comprender esto? Porque nuestras vidas están mayormente para el placer carnal y cuando la carne duele, entonces buscamos darle un calmante a ese dolor. Es lo mismo que queremos hacer cuando dolemos espiritualmente, solamente queremos darle un calmante al espíritu con nuestros rezos y plegarías, con grandes letanías que no nos conducen más que al desvelo espiritual pues bien sabemos que nuestro interior está manchado con todas aquellas cosas que aunque nos hirieron, no nos permiten entablar una buena relación con Dios.

Debemos de vernos a través del espejo de María; y no simplemente como cuando miramos su imagen pintada o cuando contemplamos aquella bella estatua representando a una de tantas figuras de nuestra Madre. ¡No! Debemos de reflejarnos en su interior y penetrar en ese lugar en el que ella habita, para poder comprender la magnitud de su humildad y humillación ante todos aquellos que le dañaron el corazón al golpear a su Hijo y matarlo en la Cruz. Es que el ser humildes es demostrar que verdaderamente nos dejamos conducir por ese Espíritu de amor, perdonando al que nos ofende e inclusive a esa persona que nos mató en vida.

Saber guardar en nuestro corazón el perdón, significa que estamos dispuestos a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios; siendo sus esclavos no solamente por interés de un hueso –no político-, sino más bien, espiritual como los maestros de la ley o sacerdotes, más bien, entregándonos por completo a ese mismo amor que nos conlleva a la verdadera reconciliación.

Por supuesto que a María le dolió aquella espada que le atravesó el corazón. En su interior experimentó la angustia de la persecución, la ansiedad de ver a su Hijo ser latigueado y la impotencia al no poder compartir físicamente el sacrificio de su amado Jesús, en la Cruz del Calvario. Imaginémonos por un momento todo ese proceso por el que ella tuvo que atravesar y más sin embargo, ese mismo, la fortaleció espiritualmente para sobre llevar todo aquello que la oprimía interiormente. Supo en ese momento que en medio de todo aquello a lo que fue sometida en su Hijo amado, encontrar el don del perdón por todos aquellos que en cierta manera la mataron en vida, pero que aun en su mismo dolor, comprendió además, que ese era el proceso para una vida eterna a la cual estaba siendo llamada: ¡A la vida eterna como Madre de Dios!

René Alvarado

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Curso se cristología

Introducción

Primero que nada, debemos entender que la “Cristología” encierra una abundancia de temas teológicos que estudian desde su anunciación, hasta su muerte y, desde su resurrección hasta nuestros días. Aquí nos centraremos en la raíz teológica de su encarnación. También debemos de entender que la cristología no es una formulación de propuestas reveladas, sino que, es la respuesta cristiana a lo que Jesús es para nuestras vidas. Esto por supuesto, centrado en el aspecto de nuestra propia madurez espiritual.

Por otro lado, hay que entender que Cristología (del gr. khristós, ungido, y logos, estudio), es el estudio de Cristo en su todo, es decir en su ser divino y en su ser humano y esto, en relación a nuestra vida tanto humana como espiritual. Por lo mismo, nuestro estudio se enfoca en la búsqueda de Dios encarnado en el mundo para la salvación de la humanidad. Todos los creyentes, profesamos una sola fe en Cristo. Esta fe, la vivimos y la vamos madurando en medio de nuestras propias tribulaciones a través de los desiertos y obscuridades que vivimos al profesar nuestra convicción en Jesús. Lo hermoso del estudio de la Cristología, es descubrir en ella, la abundancia del amor que Cristo mismo derramó en la Cruz del Calvario por todos los hombres, para la salvación de los pecados. Por ello, es importante su estudio, para entender ese proceso de salvación al cual estamos llamados.

Al estudiar a Cristo, debemos de hacer énfasis en el hecho de la vida misma del Señor, tomando en cuenta su relación mutua con el Padre, pero, también con la humanidad; porque si separamos ambas, entonces estaríamos quebrantando la totalidad de su ser divino y humano.

En Cristología se estudia esa unidad, esa íntima relación existente de la Santísima Trinidad. En ella vemos la experiencia de Dios en relación con el hombre y como Dios mismo se establece entre nosotros desde siempre y para siempre. Por lo tanto debemos de comprender que la Cristología en sí misma es de suma importancia para todo creyente ya que, comprendiendo el plan perfecto de Dios para nuestra salvación, es como vamos a entender que Dios quiere que retornemos a él, es decir a Shalom (Paraíso).

Este plan de acción salvífica, se ha dado a la humanidad, desde el mismo instante en el que el hombre se separó del amor de Dios en el Paraíso. Dios siempre ha querido nuestra salvación y es por ello que, en un proceso metódico, él nos ha trasmitido ese deseo incansable a través de alianzas o pactos que pretenden que el corazón del hombre acepte retornar nuevamente a Shalom. Pero el hombre que no cree en su corazón y que deja que su fe este basada en hechos palpables y no experiencias vividas, trata por siempre de dar un significado puramente lógico a lo que es en esencia espiritual. De hecho, si hablamos de experiencias vividas, nos daremos cuenta que la humanidad ha vivido esas mismas experiencias de muchas maneras. Si nos basamos en los relatos bíblicos del AT, nos daremos cuenta cómo es que el pueblo elegido por Dios (Israel), vivió una y otra vez la gloria de Dios y por otro lado, una y otra vez, vivió la separación de esa misma gloria. Como ejemplo podemos citar la salida de Egipto (Ex 3 19-20) y el camino sobre el desierto (Ex 16: 1-3). Ese pueblo representa lo que nosotros mismos vivimos en nuestra propia experiencia. Cuando estamos bien, alabamos a Dios, pero cuando las cosas van mal: “¿En dónde estás Dios?».

Es por ello que al leer en el NT, en la carta a los Hebreos: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo.” Heb 1: 1-2. El autor de esta carta nos sugiere que ese proceso de salvación ha seguido al hombre desde siempre, pero que en nuestra ignorancia, nuestra arrogancia y nuestro deseo de querer ser más que él, eso, nos aparta de ese plan, pero que en medio de todo, él nunca se olvida de nosotros y por consiguiente, Dios mismo, “se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz…” Fil 2: 7-8

Cristología de Pablo:

Pablo describe la Cristología como un todo de Dios en Jesús, reconocido y aceptado por medio de la fe. En otras palabras, para conocer de Dios, tenemos que creer que él mismo se encarnó en la humanidad, llevando el proceso desde su incepción (Gál 4: 4), hasta su muerte y resurrección (Rom 8: 11). Para Pablo, Jesús fue totalmente hombre, no solamente en apariencia, sino que, como nosotros, nace, crece y muere y, su muerte propiamente dicho, con propósito.

Aunque el Apóstol hace referencia a la humanidad de Cristo, La Enciclopedia Católica en línea, nos dice que Pablo hace dos diferencias importantes entre Jesús y el hombre: “Primero, en su ausencia total de pecado (2 Cor 5: 21; Gal 2: 17). Segundo, en el hecho de que Nuestro Señor es el segundo Adán, que representa a todo el género humano (Rom 5: 12-21; I Cor 15: 45-49).” Esto mismo nos lo confirma el Vaticano Segundo en la Constitución Gaudium Et Spes 22, 2 y, del cual nos habla el Papa Juan Pablo II en su catequesis: “Jesús verdadero Dios, verdadero hombre”. Esta catequesis la estudiaremos más adelante.

Por otra parte, podemos ver como Pablo compara a Jesús como imagen de Dios mismo (Fil 2: 6; Col 1: 15). Para el Apóstol, Jesús no era simplemente una imagen en apariencia, sin sentido como lo afirmaba Marción, un docetista del primer siglo, al contrario, Jesús era el primogénito de toda criatura, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Col 1: 16). En otras palabras Pablo afirmaba que Jesús estaba sobre todo y sobre todos, declarando que: “Dios es bendito, por los siglos de los siglos” (Rom 9: 5).

El docetismo:

El primer error de la naturaleza y la persona de Cristo generalmente se conocen como “docetismo”. Este nombre proviene de una palabra griega (dokeô) que significa «parecer«. El docetismo asumió diversas formas, entre ellas lo que se conoce como “gnosticismo”, pero su idea básica era que Cristo sólo parecía tener un cuerpo, que era un fantasma y no un hombre en lo más mínimo. El Verbo se hizo carne sólo en apariencia. Esta herejía surgió en tiempos apostólicos promovido particularmente entre otros, por Marción considerado por la Iglesia como un hereje del primer siglo y persistió hasta muy cerca del fin del siglo II.

Esto era lo que atacaba Pablo en los primeros años de la Iglesia y lo que siguió atacando el Magisterio hasta el siglo II, en el que se reafirmó la naturaleza divina y humana de Jesús.

Unión Hipostática:

Para entender esta unión, tenemos que entender primero que significa “hipostasia” (préstamo del griego hypóstasis, sustancia, y este derivado de hyphistánai, soportar o subsistir): Perteneciente o relativo a la hipóstasis. Ésta hipóstasis es la unión de las tres personas de la Santísima Trinidad, como una sustancia singular. Entendiendo esto, entonces podemos decir que la hipostática es la unión de la naturaleza Divina (Cristo), con la naturaleza humana (Jesús). En Jesucristo, se realiza esa unión Trinitaria, encarnada en la humanidad. Ya desde el Sínodo Romano en el 430 y el Concilio de Éfeso en el 431, esta doctrina se establecía para reafirmar el dogma sobre la hipóstasis de Jesús.

En el Nuevo Catecismo (NC) # 432, encontramos al respecto de esa unión entre lo divino y lo humano: “El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo (Hc 5: 41; 3 Jn 1: 7) hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (Jn 3: 18; Hc 2: 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (Rom 10: 6-13) de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hc 4: 12; Hc 9: 14; St 2: 7).”

Un punto muy interesante es el hecho que Jesús, -que es la Encarnación del Padre-, se da a nosotros como la promesa de salvación; es decir que en Cristo, Dios mismo nos da la oportunidad de retornar a Shalom, a esa paz que no da el hombre con su ciencia lógica y tecnología (Jn 14: 27; Fil 4: 7)). Su encarnación en la humanidad se realiza en una forma espiritual ya que, el Espíritu Santo se une a María que es el Tabernáculo Santo (Lc 1: 35), -que es la parte humana- y en esa unión, Dios mismo, pasa de ser un Ser lejano a quién nadie puede ver (Ex 33: 20), a un Ser nacido en medio de la miseria y el desorden de la humanidad. En esencia Jesús es esa viva imagen de Dios (Col 1: 15), que quiere que nadie muera, sino que todos los que crean en él (Jesús), vivan para la vida eterna (Jn 3:16).

Debemos notar también, -como dijimos anteriormente-, que la Encarnación de Cristo se da en la unión de las tres Personas de la Trinidad. Es por ello que Jesús afirmaba antes de su partida, que no nos dejaría solos, que él enviaría desde el Padre al Paráclito (del griego, “parakletos” que significa: consolador o abogado), quien nos llevaría a la Verdad (amor) total de su existencia. (Jn 15: 26; Jn 14: 26; Lc 24: 19).

Hoy día seguimos experimentando esa hipostasia al hacernos parte de la Eucaristía: “Éste es el Misterio de la fe. Cristo nos redimió. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.” Ordinario de la Misa. En ello también Cristo Consagrado se une a nosotros para darnos fuerza y ánimo para continuar nuestro caminar hacia la vida eterna.

Además podemos ver lo mismo en cada uno de sus sacramentos. Como nos dice el NC en el número 1118: “Los sacramentos son de la Iglesia en el doble sentido de que existen por ella y para ella. Existen por la Iglesia porque ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen «para la Iglesia», porque ellos son «sacramentos que constituyen la Iglesia» (S. Agustín, civ. 22,17; S. Tomás de Aquino, s.th. 3, 64,2 ad 3), manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la Eucaristía, el misterio de la Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas.”

En el número 1116 nos dice: “Los sacramentos, como «fuerzas que brotan» del Cuerpo de Cristo (Lc 5: 17; 6: 19; 8: 46) siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son «las obras maestras de Dios» en la nueva y eterna Alianza.”

Los sacramentos son por ende parte importante de la Cristología como acompañante para nuestra salvación. Recordemos que Dios se encarna en la humanidad, con el único propósito de que por medio de Cristo lleguemos a la vida eterna.

La Cristología se vive como una experiencia de fe, enfrascada en el amor, lo que nos conduce a la esperanza de un mejor mañana (Ap 21: 4; 7: 17). Por lo tanto, no estudiemos la Encarnación meramente como una ciencia con lógica humana, más bien veamos la misma desde el punto de vista de nuestras propias experiencias humanas, en lo bueno y lo malo que nos sucede, en el caminar que nos conduce de retorno a Shalom.

Reflexión final:

Para terminar está introducción, debemos de entender que la Cristología es la presencia del mismo Dios que se encarna en la humanidad, con el solo propósito de llevarnos a su salvación. Ésta (salvación), se da en medio de la Iglesia que vive experiencias de fe.

Dios siempre ha querido salvar al hombre, pero el hombre persistentemente ha tomado la decisión –por el libre albedrío-, de separarse de su amor. Por eso es importante que nuestros corazones se abran día tras día, para atender su llamado; así como en el Paraíso, Dios llamó a Adán (Gén 3: 8-10) y, éste aunque se descubre desnudo por el pecado, responde, porque sabe que es la voz de Dios.

En las siguientes clases nos estaremos enfocando en cada uno de estos puntos mencionados en esta introducción.

Los temas a tocar:

1. La Encarnación

1. 2. La humanidad de Jesús

3. Jesús en medio de su Iglesia

a) La anunciación

b) Su nacimiento

c) Su presentación

a) Su bautismo

b) Su desierto

c) Su ministerio

d) Su Pasión y muerte

e) Su resurrección

a) Su ascensión

b) El Espíritu Santo

c) La Iglesia misionera

Nos basaremos primordialmente en el documento del Papa Juan Pablo II titulado: “Jesucristo verdadero hombre, verdadero Dios.” También utilizaremos los documentos del Vaticano II, el Nuevo Catecismo y la Biblia.

Tarea: ¿Cómo puedo dejar a Dios que se encarne en mi corazón?

Leer el Nuevo Catecismo # 456-460 y escribir una breve reflexión sobre lo leído.

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Pascua, tiempo de esperanza

Estamos viviendo un tiempo muy especial dentro de nuestra bendita Iglesia católica. Es el tiempo en el que recordamos la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y la espera del Espíritu Santo prometido a su pueblo.

Hoy debemos de recordar ese hecho maravilloso en el que, Dios manifiesta su amor eterno en medio del caos del mundo en el que vivimos. En realidad la Pascua es el tiempo en el que debemos de reflexionar sobre lo que hemos hecho hasta el momento; reflexionar sobre los acontecimientos en los que nos hemos envuelto, con sus pros y cons y sobre todo el reflexionar en la esperanza que la Pascua trae a nuestras vidas.

El tiempo de penitencia y dolor ha pasado, atrás se quedaron todas nuestras malas acciones, los momentos en los que nos separamos del amor de Dios y por supuesto, aprendimos una vez más a arrepentirnos de nuestras faltas y reconocimos nuestros pecados. Pero, ¿qué nos espera en el futuro? Recordemos que Jesús estuvo 40 días más con nosotros después de la resurrección y en esos días dialogó con sus apóstoles, dándoles instrucciones que quizá en su momento, ellos no pudieron comprender. Cuando terminó su instrucción final, fue levantado al Cielo y de la misma manera que lo vieron partir, de la misma manera lo veremos venir.

En eso radica nuestra esperanza, en el profundo y a su vez sencillo hecho de su venida. La cuestión es que esa esperanza no la logramos reconocer porque vivimos en un mundo diferente, en el que estamos constantemente contra reloj: no hay tiempo para esperar, no existe más la paciencia y por lo mismo, nos dejamos envolver por la continuidad de nuestro momento. Las penas, las preocupaciones de la vida, no nos permiten tener el tiempo de espera, porque queremos que todo lo negativo de la vida se solucione ya. La realidad es que si analizamos bien la escritura, nos daremos cuenta que Jesús al despedirse “…les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.» Eso es lo que nos cuesta, “saber esperar” el momento en el que Dios obrará en medio de lo que vivimos.

El tiempo de Pascua sin lugar a dudas, nos enfrenta a nuestras realidades de fe. Es el momento en el que afirmamos nuestra fe o la perdemos del todo. No podemos estar con pie en el cielo y otro en el infierno. O somos fríos o calientes (Ap 3: 15-16): o tenemos fe o no. La fe conlleva a la esperanza de una mejor vida, de una nueva vida en todos los sentidos de la palabra. Pero, la esperanza se alcanza solamente en el saber esperar el momento en el que Dios actuará en medio de lo que vivimos.

Recordemos lo que Pablo nos dice en la Carta a los Romanos 8: 18: “Estimo que los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse allá en el cielo.» Eso es exactamente lo que nos debe sostener en la espera de una vida mejor. Por muy duro y difícil que se presente el panorama en nuestras vidas, debemos de saber que el Espíritu de Dios está por llegar, si permanecemos confiando en su poder en medio de nuestros más grandes problemas o dificultades.

Los apóstoles aun después de haber escuchado esa advertencia del Señor, se encerraron en su habitación por miedo a lo que les pudiera ocurrir; ellos no quería morir como su Maestro y para ellos su miedo a la muerte era mucho más grande que la promesa de Dios hacía a sus corazones. Definitivamente, ellos no quedarían solos con problemas y miedos, no, definitivamente ellos recibirían la promesa que transformaría sus vidas y en cierta manera, la vida de toda una muchedumbre. Es que el Espíritu de Dios es la promesa, es la misma presencia del Dios vivo que ha resucitado para la vida eterna y en ella, estamos todos aquellos que permanecemos siempre firmes, confiando en la esperanza de un día ver a Dios cara a cara (1 Cor 13: 12; 2 Cor 3:18), siendo transformados en la plenitud de su amor.

Ánimo, no hay que desesperar, solamente Dios tiene la solución a nuestro diario vivir. Busquemos constantemente su amor e inundémonos en el corazón de fe, y esperanza, y eso aliviará las heridas del interior.

René Alvarado

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