La Cristología en la Encarnación

 

El Papa Juan Pablo II nos habla en su exordio “Jesús verdadero Dios, verdadero hombre”, sobre la Encarnación como el “misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas.” El Papa basa su tesis en la escritura que dice: “El Verbo habitó entre nosotros” Jn 1: 1-14.

Esa Encarnación es la relación que Dios siempre ha querido para nosotros. Él quiso habitar en medio nuestro, no en una forma parcial o como centro de atención como un dios que se coloca en un simple pedestal. Por el contrario, Dios se hace carne (en griego sarx que significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad, y por tanto la precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad). El libro del profeta Isaías nos habla precisamente de esto: “…Toda carne es hierba”. Is 40: 6. Por lo tanto la Encarnación de Dios en su hijo Jesucristo, se hace una realidad en medio de la humanidad en forma humana, sin perder su divinidad.

También es cierto que es hombre cuando nace de Mujer y se muestra al mundo en su humanidad, con sentimientos, con angustias y tribulaciones.” Por ello, el Verbo debía de manifestarse en la tierra como parte total de su humanidad: desde el ser anunciado, llevando el mismo proceso de vida, hasta su entrega, en la Cruz del Calvario. Exordio Jesús verdadero Dios, verdadero hombre.

En la carta a los Filipenses, en el capítulo 2: y versos del 6 al 10 nos dice: “El, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.” Jesús, -nos dice la carta-, “no se apegó a su igualdad con Dios”, sino que se despojó de esa divinidad. Para entender esto, tenemos que analizar el significado de ese despojo. En el lenguaje original significa “arrancarse con dolor” (Kénosis del griego ekénosen y este del verbo kenóō cuyo significado es vaciar). Dios toma la decisión de desprenderse de sí mismo y se vacía de su divinidad, para tomar la condición humana.

Esta Kénosis la realiza de una forma sin igual, siendo su proceso en el todo humano, y realizado en María. Ya desde el AT, se viene anunciando este desprendimiento, el que podemos ver en Isaías 7: 14, en donde se anuncia que Emmanuel viene a morar entre nosotros. En el Evangelio de San Mateo nos encontramos con el significado de ese nombre: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros.” Mt 1: 23

La anunciación:

La Biblia nos habla sobre esa mujer que desobedeciendo el mandato de Dios de no comer de aquel fruto prohibido, se dejó engañar por la serpiente (Gén 3: 1-13). De la misma forma la Escritura nos habla sobre la otra mujer que le daría la vida al Salvador del mundo y de cómo Dios en su gran sabiduría se usó de ella, para ser la portadora del amor que derramaría en nuestra vida (Lc 1: 26-38)

Si Dios nos promete vida eterna por el mismo amor que nos da, entonces entendemos que esa promesa se hace realidad en Cristo Jesús su Hijo amado. Pero para que se cumpliera esa promesa, tuvo Dios que elegir a un ser puro, que viviera a plenitud el significado del amor y sabiendo Dios desde el principio que la elegida sería María, dejó que el mismo Espíritu de amor la cubriera con su sombra, por lo tanto el Hijo que le nacería sería el verdadero Dios en medio de su pueblo, es decir Emmanuel.

Dios no eligió a María por su belleza, su porte o porque fuera “buena”. ¡No! Él la escogió porque vio en ella la profundidad del mismo amor que brotaba como esa cascada que se desprende del manantial nacido en lo íntimo de su corazón.

María es tan parte del plan perfecto de Dios para la salvación de la humanidad como lo es el mismo Jesús. El Evangelio de San Juan dice: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Pero, ¿cómo se haría carne el Verbo? No podía nada más aparecerse así porque sí. Si Dios quería encarnarse en la humanidad, entonces debería de hacerlo desde el mismo punto que el hombre lo hace. Él, debía concebirse en el vientre de una mujer, como el hombre. Debía de nacer de esa mujer que al momento de dar a luz, lo hace con dolor, pero con el gozo de saber que su Hijo, es ese Emmanuel encarnado, ese Dios entre nosotros.

Esta carne —y por tanto la naturaleza humana— la ha recibido Jesús de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “sarcóforos” (Del gr. Σαρκο –sarco- y del gr. -φρος, -foros- de la raíz de φρειν, llevar = que lleva consigo la carne, con esta palabra indica claramente su nacimiento humano de una Mujer, que le ha dado la carne humana. San Pablo había dicho ya que “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4: 4).” Exordio Jesús verdadero Dios, verdadero hombre.

María ha sido siempre un claro ejemplo del bello amor del Padre en nuestras vidas. Su verdadera humildad no le permitía consentir en el principio el hecho de que Dios viniera a ella para ser la portadora del Redentor, de ese Emmanuel, de Dios mismo entre nosotros. Cuántas mujeres de su época deseaban ser las madres del Mesías a quién esperaban con devoción para ser rescatados una vez más de la esclavitud a la que estaban siendo sometidos. Estas mujeres buscaban la vanagloria y que todos las vieran como las consagradas, como las grandes santas y para que por medio de su embarazo, pudieran tener un lugar especial dentro de la sociedad.

Al escuchar María las palabras que el ángel le anunciaba, se sintió conmovida hasta el corazón; ella no buscaba más que agradar a Dios en medio de su caridad y atención a los demás, sin preocuparse de lo que a ella le faltara, dando hasta lo que no tenía, siempre preocupada por los que eran más pobres que ella, por los marginados y abandonados de la sociedad. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no trabajaba para aportar a su hogar que era pobre? Simple y sencillamente porque amaba a Dios y creía en él. Ella, veía el rostro de Dios en medio de todos aquellos que estaban enfermos y que nadie los atendía; Ella veía a Dios en los niños desamparados, en los ancianos que eran botados como basura, en los perseguidos, en los que por no poder pagar el denario al César, eran encarcelados y castigados, en los esclavos que ansiaban su libertad. A ella nunca le importó no comer con tal que otros comieran; ella se despojaba de su comodidad para que otros tuvieran comodidad, y por ello su recompensa fue el de ser escogida por el Señor para ser la Madre de aquel que vendría a salvar al mundo de la muerte del pecado, no porque ella lo pidiera, más al contrario porque Dios así lo quiso.

Eso mismo es Dios; él se despojó de sí mismo y en su humanidad, hizo lo que su Madre hacía. Es por ello que María pasaría a ser la mujer consagrada, la llena de gracia, la verdadera Madre del Dios vivo. Por su entrega, por su apertura a las necesidades de los demás y sobre todo por confiar plenamente en el anuncio recibido en su corazón, al no llenarse de vanagloria y salir gritando al mundo entero: “¡Mírenme, Dios me ha elegido para ser su Madre!” Por el contrario “todo se lo guardaba en su corazón” Lc 2: 19

En el instante en el que creyó en el mensaje, dobló rodillas e inclinándose hasta tocar el suelo dijo aquellas palabras que deberían de resonar hoy día, en lo más íntimo de nuestro ser: “Yo soy la esclava del Señor, que se haga en mi tu voluntad” Lc 1: 38

Qué tremenda expresión de entrega total la de María, siempre confiando enteramente en su corazón, que desde ese mismo instante Dios tomaría su vida y que de su mano, él la haría atravesar por valles oscuros, por sendas llenas de serpientes, por desiertos en los que junto a su marido serían llevados, siendo abandonados por la sociedad, esa que ciega, nunca se dio cuenta de que las profecías se hacían realidad en aquellos días en medio de sus ocupaciones y quejabanzas.

Cuánto no habrá experimentado nuestra Madre, al escuchar los mormullos de las otras mujeres, que al verla la criticaban por “haber metido la pata”, por no querer entender el tiempo en el que les debía de nacer el Salvador.

Lo tremendo de todo es que María en su silencio y conducida por el mismo Espíritu de amor, se encaminó a casa de su prima Isabel que siendo de avanzada edad, también quedó en cinta, con aquella criatura que andaría adelante del Señor anunciando el arrepentimiento de los pecados. María caminó por varias millas para llegar hasta su prima. Cansada del largo caminar, quizá sedienta, con hambre y a lo mejor con el único deseo de sentarse o dormir tranquila porque estaba “embarazada.” Pero no. Al instante en el que entró a la casa, su rostro lleno de vida, proyectaba un amor sincero y con ternura se acercaba a aquella viejita que le adelantaba en unos meses en su embarazo. Al entrar, el niño de Isabel saltó de alegría y quedó llenó del Espíritu de Dios, ese mismo Espíritu que lo conduciría a vivir en lo silvestre, comiendo solamente langostas y miel, sin más vestido que el vestido del amor de Dios.

Que inmenso es el poder contemplar ese momento tan hermoso. Como es que Dios en su inmenso amor demuestra una vez más que él quiere salvarnos y se usa de todos los medios necesarios para lograrlo y, aun así nosotros somos tan cabezas duras que no logramos comprenderlo, o quizá no queremos entenderlo así porque ello implica que tenemos que dejarnos transformar de tal manera que nuestro corazón, no recibirá ni dará más que amor.

La sencillez de María logró romper con barreras culturales y religiosas. Rompió con el estereotipo de la sociedad en relación a la mujer. La mujer no valía ni cero a la izquierda; era simplemente un objeto que el hombre utilizaba para la procreación y nada más. Ellas no tenían ni voz ni voto y aunque el marido podía engañarla, ella nunca lo haría pues se exponía a la muerte.

Por eso es que María es grande entre las mujeres y el ejemplo por excelencia de cómo se responde al amor de Dios. Ella se arriesgó con su respuesta de humildad, aun sabiendo que sería quizá apedreada por su prometido. Pero ni aun eso la corrompió para no aceptar la voluntad del Padre. Ella se dejó conducir por su promesa de estar con ella y sin inhibiciones confió a plenitud creyendo que verdaderamente el Espíritu de Dios la cubría con su sombra. No se puso a pensar en la muerte horrorosa que sufriría, más bien pensó en la vida eterna que le aguardaba.

La única razón por la que ella se entrega es el amor; El amor de Dios que le fortaleció en aquellos momentos en los que la espada atravesaba su corazón al ver a su Hijo clavado en esa Cruz. Cuánto no hubiese deseado ella estar en el mismo suplicio de su Hijo, y más sin embargo, lo estuvo pues su amor de Madre no le permitía experimentar menos que su Hijo, todos aquellos latigazos, humillaciones, golpes, espinos sobre su cabeza, aquellos clavos que traspasaron sus manos y pies. Aun así con el mismo dolor, con el mismo sufrimiento, estuvo allí, al pie de aquella Cruz que significaba el amor verdadero del Padre para la salvación de la humanidad.

En medio de todo aquel dolor, María siempre estuvo confiada en las promesas de Dios y es por ello que desde la intimidad de su corazón, pudo proclamar aquella santa oración: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas para mí: Santo es su nombre” Lc 1: 46-49

Ese es el verdadero Tabernáculo Santo: aquel que en su interior supo guardar el amor verdadero y que se abrió para que el Verbo se hiciera carne, para que todos nosotros pudiésemos ser salvos. Todo por el mismo amor que ella nos tiene.

La pregunta correspondiente para todo esto es: “¿Estamos dispuestos a aceptar la responsabilidad de llevar en nosotros la gran presencia de Dios, con humildad y mansedumbre…?

Claro que para dar una respuesta honesta, debemos de vivir una vida honesta y sincera como María. No podemos ir por la vida proclamando lo que no vivimos.

Cuando alguien nos hiere, nuestra tendencia es siempre la de defendernos, contra atacando al que nos hace daño. Nos cuesta guardar en nuestro corazón aquellas palabras de Pablo cuando decía que “en nosotros se cumplen todos aquellos dolores y sufrimientos que le hicieron falta al Cuerpo de Cristo” Col 1: 24. ¿Por qué se hace difícil comprender esto? Porque nuestras vidas están mayormente para el placer carnal y cuando la carne duele, entonces buscamos darle un calmante a ese dolor. Es lo mismo que queremos hacer cuando dolemos espiritualmente, solamente queremos darle un calmante al espíritu con nuestros rezos y plegarías, con grandes letanías que no nos conducen más que al desvelo espiritual pues bien sabemos que nuestro interior está manchado con todas aquellas cosas que aunque nos hirieron, no nos permiten entablar una buena relación con Dios.

Debemos de vernos a través del espejo de María; y no simplemente como cuando miramos su imagen pintada o cuando contemplamos aquella bella estatua representando a una de tantas figuras de nuestra Madre. ¡No! Debemos de reflejarnos en su interior y penetrar en ese lugar en el que ella habita, para poder comprender la magnitud de su humildad y humillación ante todos aquellos que le dañaron el corazón al golpear a su Hijo y matarlo en la Cruz. Es que el ser humildes es demostrar que verdaderamente nos dejamos conducir por ese Espíritu de amor, perdonando al que nos ofende e inclusive a esa persona que nos mató en vida.

Saber guardar en nuestro corazón el perdón, significa que estamos dispuestos a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios; siendo sus esclavos no solamente por interés de un hueso –no político-, sino más bien, espiritual como los maestros de la ley o sacerdotes, más bien, entregándonos por completo a ese mismo amor que nos conlleva a la verdadera reconciliación.

Por supuesto que a María le dolió aquella espada que le atravesó el corazón. En su interior experimentó la angustia de la persecución, la ansiedad de ver a su Hijo ser latigueado y la impotencia al no poder compartir físicamente el sacrificio de su amado Jesús, en la Cruz del Calvario. Imaginémonos por un momento todo ese proceso por el que ella tuvo que atravesar y más sin embargo, ese mismo, la fortaleció espiritualmente para sobre llevar todo aquello que la oprimía interiormente. Supo en ese momento que en medio de todo aquello a lo que fue sometida en su Hijo amado, encontrar el don del perdón por todos aquellos que en cierta manera la mataron en vida, pero que aun en su mismo dolor, comprendió además, que ese era el proceso para una vida eterna a la cual estaba siendo llamada: ¡A la vida eterna como Madre de Dios!

René Alvarado

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