La misión del servidor

Antes de empezar, tenemos que entender el significado de “misión” y de las ramificaciones que de ello desprende, de lo contrario no podremos comprender a plenitud el llamado que Dios hace a nuestras vidas.

Literalmente misión viene del latín “missio y -ōnis (enviar y deber)” y significa: “Poder, facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido” (Real academia Española). En otras palabras podemos decir que “misión” es: alcanzar un ideal y trasmitirlo con una verdadera devoción, creyendo a profundidad que lo que compartimos al ser enviados, es la misma realidad que vivimos a diario.

Esto lógicamente no es nada fácil, ya qué, nos encontramos con una gran variedad de oposiciones al mensaje que queremos transmitir y en ciertas ocasiones esto se convierte en dolor, angustia, sufrimiento y en muchos casos la misma muerte. “Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se ensoberbecen por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (cf. Gál 5: 26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (cf. Lc 14: 26), a padecer persecución por la justicia (cf. Mt 5: 10), recordando las palabras del Señor: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16: 24). Cultivando entre sí la amistad cristiana, se ayudan mutuamente en cualquier necesidad” (Apostolado del seglar # 4 párrafo 6).

Podemos ver un claro ejemplo en Martin Luther King Jr., siendo un misionero del amor y la unidad, su sueño fue el de compartir lo que él vivía y su misión se convirtió en la misma experiencia de dolor, persecución, encarcelamiento y luego de muerte, por el hecho de creer en que la sociedad podía dar un cambio rotundo a la unidad del hombre sin las barreras del color de la piel e inclusive de la fe que se profesaba.

El mismo Señor Jesucristo fue un vivo ejemplo del verdadero misionero; él entendió el plan de Dios y atendiendo a ese llamado, pudo despojarse de su igualdad con Dios para hacerse semejante a los hombres y poder de esa manera comprender el mismo dolor y sufrimiento que al hombre aqueja, dándose a sí mismo en el amor y la caridad. “Si bien todo el ejercicio del apostolado debe proceder y recibir su fuerza de la caridad, algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para convertirse en expresión viva de la misma caridad, que quiso Cristo Señor fuera prueba de su misión mesiánica (cf. Mt 11: 4-5)” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 1).

Ciertamente todos los creyentes lo sabemos muy bien, que, Cristo no vivió una vida cómoda (Lc 9: 58), como muchos de nosotros hoy día y más, sin embargo, eso no le impidió cumplir con ese mandato de ir y compartir con ejemplo la acción de ese Verbo entre nosotros, sufriendo las criticas, sufriendo su Pasión, Muerte y como recompensa la vida eterna en su Resurrección. “Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de Él ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo los medios contrarios al espíritu evangélico” (Dignitatis Humanae # 14 párrafo 3).

Hoy día tenemos que darnos cuenta de que la tarea del cristiano no es la de simplemente quedarnos cómodos en nuestras comunidades, dejando que el mundo venga a nosotros, sino que ir nosotros al mundo, a trasmitir ese mensaje de poder, aceptando el reto del Evangelio de “Id por todas las naciones y predicar la Buena Nueva” (Mt 28: 19ss).

Es que se nos hace tan fácil simplemente venir a lo que ya existe, en donde otros ya sufrieron persecuciones y derrame de lágrimas, en donde se ve una mesa bonita y lista para que nos sentemos solamente a comer, sin darnos cuenta de que hay gente haya afuera que también desea compartir con nosotros de las migajas que caen de todas aquellas delicias que cómodamente compartimos. “Por lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con un singular honor” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3).

Es por ello por lo que nuestra bendita Iglesia ha sido por siempre una Iglesia misionera en medio de todas las cosas y trapitos que nos quieran sacar a la luz; nunca podrán negar que hemos sido la Iglesia que más mártires hemos dado al mundo. Gente que puso en acción ese llamado a evangelizar y no a vivir en el calentamiento de manos, entre aplausos vagos y gritos de victoria cuando se vive en derrota, sintiéndose que son indignos de salir de casa y dejarlo todo, para que el hambriento tenga alimento y el desnudo su ropa. “Pues los laicos de verdadero espíritu apostólico, a la manera de aquellos hombre y mujeres que ayudaban a Pablo en el Evangelio (cf. Hech 18: 18-26; Rom 16: 3), suplen lo que falta a sus hermanos y reaniman el espíritu tanto de los pastores como del resto del pueblo fiel (cf. 1 Cor 16: 17-18)” (Apostolado del seglar # 10 párrafo 2).

Claro que esto depende de nuestra unión con Cristo, pues él es la cabeza que nos dirige y que nos comparte con viva experiencia la fecundidad del verdadero misionero, pues sin esa unidad, nunca podremos realizar con exactitud ese llamado a ser parte integral del Evangelio, y a su vez también llamados a ser los nuevos mártires de la fe. “Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se ensoberbecen por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (cf. Gál 5: 26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (cf. Lc 14: 26), a padecer persecución por la justicia (cf. Mt 5: 10), recordando las palabras del Señor: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16: 24)” (Apostolado del seglar # 4).

Por esto, es de suma importancia que el verdadero discípulo de Cristo sea consciente de su responsabilidad en la trasmisión del Evangelio, porque la Buena Nueva no es cualquier historia romántica de salvación, al contrario, es el verdadero testimonio de fe, mismo que va madurando y enriqueciéndose día con día, no solamente por medio de los sacramentos, sino que además, en la manifestación del propio testimonio personal que ha sufrido una conversión que le lleva a la transformación de su propio corazón. Esto le permite ser un servidor que ve a su semejante con misericordia (miserere); que ve el dolor y sufrimiento del semejante y que actúa de acuerdo con el amor de Dios que ya vive en él. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5: 16)” (Apostolado del seglar # 6 párrafo 2).

La cuestión que se levanta aquí es el hecho de que nos hemos olvidado por completo de ese amor como mandamiento (Jn 13: 34). En lugar de manifestar lo que agrada a Dios, hemos manifestado como servidores los agravios que evocan rencillas entre los miembros del Cuerpo de Cristo (1 Cor 12: 1) y, por ende, nuestro testimonio se convierte en falacia enmascarada de santidad, lo que conlleva a divisiones que, en vez de anunciar el Buen mensaje, se convierte en arma que aleja al no creyente y por lo mismo, un alma que se pierde por nuestra irresponsabilidad cristiana. Eso no es seguir el mandamiento de Cristo.

Veamos esta analogía para entender lo que aquí hablamos: Al no querer reconocer su amor, es como decir que no necesito la sal para dar sabor.

Cuando preparamos un caldo, vamos poniendo los ingredientes uno por uno. Digamos que estamos preparando un caldo de res, sabemos que los ingredientes importantes son las verduras y sobre todo la carne. Pero si preparamos todo de acuerdo con la receta ya sea de la abuelita o de la que vimos en el Internet, pero se nos olvida el ingrediente más importante, por más verduras o carne que le pongamos, nunca tendrá sabor. Debemos siempre de ponerle sal, para poder disfrutar de un caldo delicioso.

De la misma manera nosotros los discípulos de Dios, debemos dejar que su amor sea el ingrediente principal, para dar sabor a nuestro ministerio laical. Al momento de dejar que su amor nos de sabor, entonces de la misma manera deberemos nosotros mismos, dar sabor a nuestro servicio, en nuestras comunidades y sociedades, sin faltarnos o sin salarnos. Nuestro saborcillo tiene que ser al punto, para que los que disfruten de Cristo, puedan hacerlo a su totalidad.

Es importante que reconozcamos que no solamente servimos para dar sabor a los demás, sino que también debemos reconocer, que primero que nada debemos de dar sabor a nuestras propias vidas. No podemos dar sabor al caldo, si nosotros estamos sin sal. La razón es simple: tenemos que entregar nuestras vidas al Señor, completamente y no a medias. Debemos de empezar a amar con un corazón puro (Mt 5: 8), que no guarde rencor y sobre todo debemos de comenzar amando a Dios sobre todas las cosas y por último aprender amarnos a nosotros mismos. Y es en este último caso en el que tenemos problemas. Si no logramos amarnos, nunca podremos totalmente amar a Dios y mucho menos amar a los demás (Mc 12: 30-31). En otras palabras, si nosotros no somos esa sal, nunca podremos dar sabor al caldo.

Así como la sal, en su mayoría es extraída del mar, de la misma manera nosotros debemos ser la sal extraída de Dios. Es decir que para ser el que da sabor, debemos primero que nada dejar que sea Dios en su grandeza y misericordia, el que nos dé, de su amor.

Cuándo se acaba la sal en el salero de la cocina, vamos y compramos más sal en la tienda ¿no es cierto? De la misma manera, cuándo sentimos que nuestro corazón le falta amor, debemos de ir a donde el Padre, para llenarnos de su amor. La sal de cocina la compramos en la tienda. El amor de Dios, lo adquirimos cuando asistimos a la Santa Eucaristía; cuando compartimos en comunidad y cuando aprendemos a perdonar y a reconciliar nuestras rencillas con aquellos con los que estamos pleiteando.

“Como la santa Iglesia en sus principios, reuniendo el ágape de la Cena Eucarística, se manifestaba toda unida en torno de Cristo por el vínculo de la caridad, así en todo tiempo se reconoce siempre por este distintivo de amor, y al paso que se goza con las empresas de otros, reivindica las obras de caridad como deber y derecho suyo, que no puede enajenar” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3).

Como discípulo de Cristo, ¿qué necesitas tú, hermano de mi corazón, para ser la sal que de sabor? No somos eternos y un día seremos llamados ante la presencia del Señor. Si no llenas hoy el salero de tu corazón, no podrás nunca ser parte de las maravillas de Jesús.

Animo hermanos y Que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo los acompañen para la eternidad. ¡Amén!

René Alvarado

Gracia y misión de todo bautizado

Gracia y misión de todo bautizado

San Pablo nos habla en la introducción a su epístola a los romanos en el capítulo 1 del verso 1 en adelante tres aspectos que son su carta de referencia que le acreditan ser llamado servidor y apóstol.

Primero, Pablo se considera “siervo” de Jesucristo en la misma manera en la que Moisés y los antiguos profetas lo eran de Dios (Dt 34: 5). Ser considerado siervo de Dios era un título especial que no todos tenían y muchos perseguían. El significado de siervo viene de la palabra hebrea “ebed” que significa esclavo. El que se consideraba siervo de Dios entendía que serlo significaba que él era un esclavo y que su dueños era Dios. Pablo se ve como ese esclavo de Jesucristo y, por ende, realiza su servicio con entrega total aun en los momentos más difíciles como el día que fue apedreado: “Pero vinieron algunos judíos de Antioquía y de Iconio, y habiendo persuadido a la multitud, apedrearon a Pablo y lo arrastraronfuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. Pero mientras los discípulos lo rodeaban, él se levantó y entró en la ciudad. Y al día siguiente partió con Bernabé a Derbe.” Hc 14: 19-22. Segundo, se consideraba por llamado divino, “apóstol por vocación”; esto lo sitúa al nivel de los otros apóstoles. Después de su encuentro con Cristo, experimenta el llamado al apostolado no porque lo sintiera así, sino que, experimenta la gracia de Dios cuando escucha la voz de Jesús: “…Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Preguntó él: ‘¿Quién eres tú, Señor?’ Y él respondió: ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Ahora levántate y entra en la ciudad. Allí se te dirá lo que tienes que hacer.” Hc 9: 1-6. Finalmente, reconoce que tiene la autoridad de Dios quien lo llama y envía como mandato, a anunciar y proclamar el Evangelio de Jesucristo.

En la constitución Lumen Gentium (constitución dogmática sobre la Iglesia) en el numeral 33, segundo párrafo 2 que, “…el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación…” Esto que nos dice la LG, lo debemos de hacer presente y operante en aquellos lugares en los que estamos llamados a ser la sal de la tierra (Mt 5: 13-15).

¿Pero cómo nos haremos participes de este apostolado al que somos llamados? Primero que nada, debemos de entender que cada uno de nosotros hemos sido llamados a este apostolado por nuestro bautismo.  Tomando esto en cuenta, debemos de analizar en qué estado se encuentra nuestro corazón. Recordemos que Pablo cruel perseguidor de la Iglesia, cae postrado ante la presencia de Jesús y como tal, recibe la unción al ser transformado su corazón. En ese momento Pablo reconoce que él no es el señor que toma la decisión de quién vive o muere (Rom 14: 8-10), sino que se da cuenta que es esclavo y como tal se convierte en siervo del Señor. Esa es debe de ser nuestra primera actitud para responder a ese llamado al apostolado. Debemos de descubrir en lo más profundo del corazón quién es nuestro Señor y, sobre todo, saber que le servimos únicamente a él. Esto solamente lo haremos cuando nuestro corazón como el de Pablo sea transformado; pero si nuestro interior no se rinde ante su presencia, eso significa que todavía nuestro corazón no está transformado, es decir, que no ha reconocido en su totalidad la grande presencia de Dios en nuestras vidas. Recordemos, antes de la transformación de su corazón, Pablo le servía a Dios según su criterio fariseísta y en vez de construir en amor y mansedumbre su corazón estaba lleno de odio y celo. Luego de dejarse transformar interiormente, responde al llamado de Dios a compartir su apostolado de amor y reconciliación. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios…” Ef 2: 8.

Otro aspecto que debemos de tener en consideración para el apostolado es, el deseo profundo de amar. Si nosotros no reconocemos el verdadero amor, entonces se nos hará muy difícil responder a ese llamado. Podremos venir al grupo o vivir sopotocientos retiros, pero sino nos abrimos al Amor, no podremos realizarnos como verdaderos esclavos del Señor. Aquí hay que hacer énfasis en el aspecto de la profundidad en la que nos sometamos a ese Amor. Para esto debemos de entender los diferentes niveles de amar. Primero tenemos el amor “filos” que es un amor como su palabra lo dice, filial, es decir que, ese amor me llama a compartir en armonía con los demás miembros de mi familia o comunidad. Segundo, existe el amor “ágape” que es el amor que se manifiesta en un proceso de apertura hacia los otros en el que voy a compartir una lagrima o una sonrisa con aquellos que forman parte de mi circulo. Pero existe un tercer amor al que le llamamos “eros”. Este amor es muy particular pues es el que nos lleva a experimentar la más extrema intimidad con el ser al que digo amar. Este amor, aunque dura solamente un momento, nos conecta de una manera muy especial con nuestra pareja llevándonos a experimentar el éxtasis de una entrega total. Es aquí en este amor eros en el que de la misma manera podemos llegar desde el punto de vista espiritual esa intimidad con Dios. Además, esa intimidad espiritual nos conduce al conocimiento de Dios, lo que conlleva a la adoración y el anonadamiento. Es en este instante de éxtasis en el que perdemos la razón de pensamiento carnal y nos dejamos envolver por la grandeza de su amor. Recordemos que los dos anteriores, el filial y el ágape, nos conectan con la familia y la comunidad. El amor eros en cambio, nos conecta de una forma íntima con el ser que amamos y de la misma manera si decimos que amamos a Dios, el amor eros nos conecta en la intimidad espiritual con la presencia de Dios todo poderoso.

¿Cómo se tiene esa intimidad con Dios? Como Pablo, reconociendo que, solamente postrado ante el Señor es como nos entregaremos totalmente a ese amor. Es en este punto en el que nos despojamos de todo el ropaje carnal que llevamos con nosotros para presentarnos desnudos ante él. Es aquí en donde nos presentamos solos ante su presencia y en el cual podemos disfrutar de ese amor que nos envuelve y acaricia y sobre todo que nos lleva a experimentar que hay una razón por la cual vivir. Esto solamente lo lograremos a través de nuestra oración personal.

Como tercer punto para responder al llamado del apostolado es, entender que ser siervos del Señor no significa que tendremos una vida de servicio de color rosa. Por supuesto que el servicio está lleno de baches los cuales hacen difícil nuestra gracia. Veamos como ejemplo todos aquellos momentos que hemos deseamos tirar la toalla; por que somos perseguidos, criticados o pelados por los demás; inclusive por los mismos miembros de nuestra familia o por los hermanos de la comunidad. Otro ejemplo que hace difícil el servicio del apostolado son las enfermedades como el cáncer o parálisis que no nos permiten servir a tiempo completo. Además, existen otros factores como lo son el desánimo por ver como nuestra comunidad se desvanece o hay pleitos entre los miembros del apostolado, o posiblemente la apatía que no nos permite movernos para alcanzar almas a sus pies. Hay hermanos servidores que aun así son llamados al apostolado por su propio bautismo, que por la apatía se transforman en estatuas que tienen ojos y no ven, oídos y no escuchan… le que los lleva a no ver más allá de sus propias narices y, al final, se enfrían y se retiran. Pero como verdaderos esclavos que han tenido ese encuentro infalible con el Señor, al que un día nos postramos ante sus pies y le reconocimos como el verdadero Dueño de nuestras vidas, sabremos salir avante ante cualquier situación que se nos presente en el camino. Recordemos que somos “…la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.” Mt 5: 13.

Pablo nos cuenta la Escritura en 2 de Corintios 12: 1-10, “…Por eso, con sumo placer me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mi la fuerza de Cristo.” Como verdaderos siervos de Dios, tenemos que vivir sabidos que no son nuestras fuerzas las que nos sostienen o las que nos dan ánimo para seguir adelante o que nos levantan de cada caída. Por el contrario, debemos de darnos cuenta de que, si nos sentimos fortalecidos, animados o nos hemos levantado después de cada derrumbe, es porque Dios nos da la fortaleza para seguir adelante. (Fil 4: 13).

Como cuarto punto, es necesario comprender a plenitud que, por medio del bautismo, Dios nos hace ese llamado al apostolado. Este llamado no solamente se trata de recibirlo como algo que “tenemos que hacer,” como por obligación, más bien, es dar una repuesta de amor que transforme el corazón y ya transformados vivíamos el apostolado con testimonio y amor en medio del mundo en el que nos encontramos y que está tan falto de amor.

Por último, el bautismo y luego la confirmación nos llama a vivir ese apostolado unidos al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Pero como nos dice el decreto del Apostolado del Seglar en el número 2: “…Y, por cierto, es tanta la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe considerarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo.” Por lo tanto, respondamos hoy como Pablo: “…Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte.” 2 Cor 12: 10.

René Alvarado

La misión del Cristiano

Antes de empezar, tenemos que entender el significado de “misión” y de las ramificaciones que de ello desprende, de lo contrario no podremos comprender a plenitud el llamado que Dios hace a nuestras vidas.

Literalmente misión viene del latín “missio y – ōnis (enviar y deber)” y significa: “Poder, facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido.” (Real academia Española). En otras palabras podemos decir que “misión” es: alcanzar un ideal y trasmitirlo con una verdadera devoción, creyendo a profundidad que lo que compartimos al ser enviados, es la misma realidad que vivimos a diario.

Esto lógicamente no es nada fácil, ya qué, nos encontramos con una gran variedad de oposiciones al mensaje que queremos transmitir y en ciertas ocasiones esto se convierte en dolor, angustia, sufrimiento y en muchos casos la misma muerte. (Apostolado del seglar # 4 párrafo 6)

Podemos ver un claro ejemplo en Martin Luther King Jr., siendo un misionero del amor y la unidad, su sueño fue el de compartir lo que él vivía y su misión se convirtió en la misma experiencia de dolor, persecución, encarcelamiento y luego de muerte, por el hecho que creer en que la sociedad podía dar un cambio rotundo a la unidad del hombre sin las barreras del color de la piel e inclusive de la fe que se profesaba.

El mismo Señor Jesucristo fue un vivo ejemplo del verdadero misionero; él entendió el plan de Dios y atendiendo a ese llamado, pudo despojarse de su igualdad con Dios para hacerse semejante a los hombres y poder de esa manera comprender el mismo dolor y sufrimiento que al hombre aqueja, dándose a sí mismo en el amor y la caridad. (Apostolado del seglar # 8 párrafo 1)

Ciertamente todos los creyentes lo sabemos muy bien, que, Cristo no vivió una vida cómoda (Lc 9: 58), como muchos de nosotros hoy día y más sin embargo, eso no le impidió cumplir con ese mandato de ir y compartir con ejemplo la acción de ese Verbo entre nosotros, sufriendo las criticas, sufriendo su Pasión, Muerte y como recompensa la vida eterna en su Resurrección. (Dignitatis Humanae #14 párrafo 3)

Hoy día tenemos que darnos cuenta que la tarea del cristiano no es la de simplemente quedarnos cómodos en nuestras comunidades, dejando que el mundo venga a nosotros, si no que ir nosotros al mundo, a trasmitir ese mensaje de poder, aceptando el reto del Evangelio de “Id por todas las naciones y predicar la Buena Nueva” Mt 28:19ss.

Es que se nos hace tan fácil simplemente venir a lo que ya existe, en donde otros ya sufrieron persecuciones y derrame de lágrimas, en donde se ve una mesa bonita y lista para que nos sentemos solamente a comer, sin darnos cuenta que hay gente haya afuera que también desea compartir con nosotros de las migajas que caen de todas aquellas delicias que cómodamente compartimos. (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3)

Es por ello que nuestra bendita Iglesia ha sido por siempre una Iglesia misionera en medio de todas las cosas y trapitos que nos quieran sacar a la luz, nunca podrán negar que hemos sido la Iglesia que más mártires hemos dado al mundo. Gente que puso en acción ese llamado a evangelizar y no a vivir en el calentamiento de manos, entre aplausos vagos y gritos de victoria cuando se vive en derrota, sintiéndose que son indignos de salir de casa y dejarlo todo, para que el hambriento tenga alimento y el desnudo su ropa. (Apostolado del seglar # 10 párrafo 2)

Claro que esto depende de nuestra unión con Cristo, pues él es la cabeza que nos dirige y que nos comparte con viva experiencia la fecundidad del verdadero misionero, pues sin esa unidad, nunca podremos realizar con exactitud ese llamado a ser parte integral del Evangelio, y a su vez también llamados a ser los nuevos mártires de la fe. (Apostolado del seglar # 4)

En el amor de Cristo

René Alvarado