La misericordia de Dios: 

René Alvarado Mayo, 2022

¿Qué es misericordia? Etimológicamente, esta palabra viene del latín, y se puede describir como: misere (miseria, necesidad), cor, cordis (corazón) e ia (hacia los demás); significa tener un corazón solidario con aquellos que tienen necesidad.

Hoy día hemos perdido el sentido racional del significado de esa palabra. Esta lo decimos como si fuera tan normal sin tener en cuenta su valor y significado. Muchas veces decimos, “Dios tenga misericordia de él…” pero ni nos damos cuenta de que en realidad Dios sí ha tenido ya misericordia por el simple hecho de ser creación suya. Somos nosotros los que por razón del amor de Dios que decimos profesar, los que debemos de tener misericordia con los demás. Es más, ella debe de empezar por nosotros mismos, es decir, ver el daño que hacemos a nuestra persona cuando nos separamos del amor de Dios. Nadie puede decir, “te amo Dios”, si no se ama así mismo. 

Para entender esto debemos de saber que el núcleo de la misericordia es Dios mismo en su Hijo Jesucristo. Ya el Papa Francisco lo escribe en su bula, Misericordiae Vultus (MV # 1), en donde nos dice que, “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Es que, hablar de misericordia es parte esencial de nuestra vida cristiana. El problema es que solamente nos quedamos en el “hablar” de ella, pero se nos olvida que ésta se debe de poner de manifiesto en la acción en todo momento de nuestra vida. Esto lo podemos encontrar claramente en el Salmo 136, en la que el Salmo va relatando su plan perfecto de amor y en el cual se canta que eterna es su misericordia por cada acción obrada durante su plan de salvación.

En su bula, el Papa Francisco nos habla sobre cómo, “Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad”(MV # 8). He allí el conflicto del cristiano; Nuestros ojos no están puestos sobre Jesús y por lo tanto no podemos descubrir en esos ojos, el amor tan profundo del Padre por cada uno de sus hijos amados. Nos cuesta ser misericordiosos porque nuestros ojos se enfocan en las actitudes de los demás a los cuales criticamos, pelamos y calumniamos. Solamente tenemos ojos para ver en los demás sus errores como fariseos señaladores de la espina del ojo del otro, cuando en nosotros mismos existe una viga que no nos deja ver más allá de la espina en el ojo del que juzgamos. 

Es triste ver cómo es que muchos decimos estar conscientes del amor de Cristo, pero no estamos conscientes del amor que le debemos profesar a él, en el hermano al que pelamos. “¿Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su Hermano, ¿es mentiroso? Porque el que no ama a su Hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar a Dios que no ha visto?” (1 Jn 4: 20). Y por consiguiente si no ama a su hermano, que ve, tal y cual es, ¿cómo entonces se podrá amar así mismo? Esto no tiene lógica. “Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices” (MV # 9 tercer párrafo).

Hoy en vez de misericordia, (que es “…la disposición a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas” (Misericordia), nos encontramos con un mundo que se llena cada día, de odios y rencores, de racismos y persecuciones, de discriminación de género, de la muy mal entendida filosofía del feminismo, etc.; porque está el corazón vacío del amor del Padre. No hay amor, no hay solidaridad con los demás; nos empujamos, nos ponemos zancadillas uno contra el otro porque todos “…amamos el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas”, (Mt 23: 6); porque deseamos y amamos tener el control, porque cuando niños, nuestros padres alcohólicos y abusadores, nos controlaban, queremos ahora de adultos, el poder para gobernar y aplastar a los demás. 

Ver el rostro de Jesús es ver la imagen de Dios en el prójimo. En otras palabras, es ver el rostro del amor que se hace “visible y tangible” en la acción de Jesús porque “su persona no es otra cosa sino su amor.” Porque “…en él, todo habla de misericordia” (MV # 8). 

Tener misericordia es simplemente amar como ama Jesús. Todos sabemos cómo ama Jesús ¿no es cierto? Por supuesto, clavado en la cruz con los brazos abiertos para perdonar y recibir a todos por igual. Nosotros debemos de amar con esa intensidad. Dar nuestras vidas por amor, especialmente por aquellos con los que no comulgamos del todo. Eso es misericordioso. Porque la misericordia es compasiva (Mt 9: 36). Es ver la miseria del ser humano que se pierde en el abandono del mundo, sin que haya gente que se preocupe por él. Como dice aquel canto: Con nosotros está y no le conocemos, con nosotros está, su nombre es el Señor…y muchos que le ven pasan de largo, quizá por llegar temprano al Templo…” 

En la cruz del Calvario Jesús proclamaba: “¡Tengo sed!” (Jn 19: 28). Preguntemos a nuestro corazón: ¿Qué tipo de sed tuvo Jesús? Será que se trata de la sed de que todas sus criaturas brindemos compasión como él la tuvo con nosotros; sed de que amemos como él nos ama (Jn 13: 34-35). Pero en nuestra condición desamorada, lo que hacemos es lo del soldado que escuchando estas palabras corre a mojar una esponja con vinagre, dándole a Jesús solamente las incompetencias y amarguras de nuestro vivir. Como hipócritas creemos que con eso calmamos su sed. Que fastidio, así nos consideramos cristianos fieles. Alguien quizá pregunte por allí, “¿Señor cuando me dijiste que tenías sed?” Cuando vemos al desvalido, al moribundo, al preso, al hambriento, a los niños abusados, a las madres solteras, a las viudas, cuando escuchando su sed de justicia y haciendo la vista gorda, les damos con ignorarlos, el vinagre que en la esponja del corazón le damos a Jesús. “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mt 18: 33). Porque eso hizo Jesús en la cruz por nosotros. Fue compasivo y misericordioso hasta su muerte.

Si la compasión es la puesta en acción de la misericordia, entonces, Jesús es la acción del amor del Padre por cada uno de nosotros. No es posible que no veamos esto. No es posible que seamos tan ciegos ante esto que es tan palpable. Una vez más, estamos llamados a ser compasivos en nuestros hogares, en nuestras comunidades, en medio de la sociedad y si eso significa dar la vida, pues entonces con orgullo la debemos de dar, pues sabemos que de la muerte en Cristo pasamos a la vida eterna en Cristo (Rom 14: 9). Sin miedos, porque Dios no nos dio un Espíritu de miedo (2 Tim 1: 7-9), más nos ha dado un Espíritu de fortaleza para afrontar no solamente nuestras propias realidades, sino que en medio de esas realidades poder ver con ojos de misericordia a la creación de Dios y “…en eso los reconocerán como mis verdaderos discípulos” (Jn 13: 35).

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” (MV # 10).

Por lo tanto, no veamos el rostro de Jesús en la cruz, más bien veamos al hermano en esa cruz y entonces veremos cómo es que el amor del Padre nos llama a amar al que está allí dando su vida en medio de la miseria del mundo.

La misión del servidor

Antes de empezar, tenemos que entender el significado de “misión” y de las ramificaciones que de ello desprende, de lo contrario no podremos comprender a plenitud el llamado que Dios hace a nuestras vidas.

Literalmente misión viene del latín “missio y -ōnis (enviar y deber)” y significa: “Poder, facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido” (Real academia Española). En otras palabras podemos decir que “misión” es: alcanzar un ideal y trasmitirlo con una verdadera devoción, creyendo a profundidad que lo que compartimos al ser enviados, es la misma realidad que vivimos a diario.

Esto lógicamente no es nada fácil, ya qué, nos encontramos con una gran variedad de oposiciones al mensaje que queremos transmitir y en ciertas ocasiones esto se convierte en dolor, angustia, sufrimiento y en muchos casos la misma muerte. “Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se ensoberbecen por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (cf. Gál 5: 26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (cf. Lc 14: 26), a padecer persecución por la justicia (cf. Mt 5: 10), recordando las palabras del Señor: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16: 24). Cultivando entre sí la amistad cristiana, se ayudan mutuamente en cualquier necesidad” (Apostolado del seglar # 4 párrafo 6).

Podemos ver un claro ejemplo en Martin Luther King Jr., siendo un misionero del amor y la unidad, su sueño fue el de compartir lo que él vivía y su misión se convirtió en la misma experiencia de dolor, persecución, encarcelamiento y luego de muerte, por el hecho de creer en que la sociedad podía dar un cambio rotundo a la unidad del hombre sin las barreras del color de la piel e inclusive de la fe que se profesaba.

El mismo Señor Jesucristo fue un vivo ejemplo del verdadero misionero; él entendió el plan de Dios y atendiendo a ese llamado, pudo despojarse de su igualdad con Dios para hacerse semejante a los hombres y poder de esa manera comprender el mismo dolor y sufrimiento que al hombre aqueja, dándose a sí mismo en el amor y la caridad. “Si bien todo el ejercicio del apostolado debe proceder y recibir su fuerza de la caridad, algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para convertirse en expresión viva de la misma caridad, que quiso Cristo Señor fuera prueba de su misión mesiánica (cf. Mt 11: 4-5)” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 1).

Ciertamente todos los creyentes lo sabemos muy bien, que, Cristo no vivió una vida cómoda (Lc 9: 58), como muchos de nosotros hoy día y más, sin embargo, eso no le impidió cumplir con ese mandato de ir y compartir con ejemplo la acción de ese Verbo entre nosotros, sufriendo las criticas, sufriendo su Pasión, Muerte y como recompensa la vida eterna en su Resurrección. “Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de Él ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo los medios contrarios al espíritu evangélico” (Dignitatis Humanae # 14 párrafo 3).

Hoy día tenemos que darnos cuenta de que la tarea del cristiano no es la de simplemente quedarnos cómodos en nuestras comunidades, dejando que el mundo venga a nosotros, sino que ir nosotros al mundo, a trasmitir ese mensaje de poder, aceptando el reto del Evangelio de “Id por todas las naciones y predicar la Buena Nueva” (Mt 28: 19ss).

Es que se nos hace tan fácil simplemente venir a lo que ya existe, en donde otros ya sufrieron persecuciones y derrame de lágrimas, en donde se ve una mesa bonita y lista para que nos sentemos solamente a comer, sin darnos cuenta de que hay gente haya afuera que también desea compartir con nosotros de las migajas que caen de todas aquellas delicias que cómodamente compartimos. “Por lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con un singular honor” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3).

Es por ello por lo que nuestra bendita Iglesia ha sido por siempre una Iglesia misionera en medio de todas las cosas y trapitos que nos quieran sacar a la luz; nunca podrán negar que hemos sido la Iglesia que más mártires hemos dado al mundo. Gente que puso en acción ese llamado a evangelizar y no a vivir en el calentamiento de manos, entre aplausos vagos y gritos de victoria cuando se vive en derrota, sintiéndose que son indignos de salir de casa y dejarlo todo, para que el hambriento tenga alimento y el desnudo su ropa. “Pues los laicos de verdadero espíritu apostólico, a la manera de aquellos hombre y mujeres que ayudaban a Pablo en el Evangelio (cf. Hech 18: 18-26; Rom 16: 3), suplen lo que falta a sus hermanos y reaniman el espíritu tanto de los pastores como del resto del pueblo fiel (cf. 1 Cor 16: 17-18)” (Apostolado del seglar # 10 párrafo 2).

Claro que esto depende de nuestra unión con Cristo, pues él es la cabeza que nos dirige y que nos comparte con viva experiencia la fecundidad del verdadero misionero, pues sin esa unidad, nunca podremos realizar con exactitud ese llamado a ser parte integral del Evangelio, y a su vez también llamados a ser los nuevos mártires de la fe. “Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se ensoberbecen por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (cf. Gál 5: 26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (cf. Lc 14: 26), a padecer persecución por la justicia (cf. Mt 5: 10), recordando las palabras del Señor: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16: 24)” (Apostolado del seglar # 4).

Por esto, es de suma importancia que el verdadero discípulo de Cristo sea consciente de su responsabilidad en la trasmisión del Evangelio, porque la Buena Nueva no es cualquier historia romántica de salvación, al contrario, es el verdadero testimonio de fe, mismo que va madurando y enriqueciéndose día con día, no solamente por medio de los sacramentos, sino que además, en la manifestación del propio testimonio personal que ha sufrido una conversión que le lleva a la transformación de su propio corazón. Esto le permite ser un servidor que ve a su semejante con misericordia (miserere); que ve el dolor y sufrimiento del semejante y que actúa de acuerdo con el amor de Dios que ya vive en él. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5: 16)” (Apostolado del seglar # 6 párrafo 2).

La cuestión que se levanta aquí es el hecho de que nos hemos olvidado por completo de ese amor como mandamiento (Jn 13: 34). En lugar de manifestar lo que agrada a Dios, hemos manifestado como servidores los agravios que evocan rencillas entre los miembros del Cuerpo de Cristo (1 Cor 12: 1) y, por ende, nuestro testimonio se convierte en falacia enmascarada de santidad, lo que conlleva a divisiones que, en vez de anunciar el Buen mensaje, se convierte en arma que aleja al no creyente y por lo mismo, un alma que se pierde por nuestra irresponsabilidad cristiana. Eso no es seguir el mandamiento de Cristo.

Veamos esta analogía para entender lo que aquí hablamos: Al no querer reconocer su amor, es como decir que no necesito la sal para dar sabor.

Cuando preparamos un caldo, vamos poniendo los ingredientes uno por uno. Digamos que estamos preparando un caldo de res, sabemos que los ingredientes importantes son las verduras y sobre todo la carne. Pero si preparamos todo de acuerdo con la receta ya sea de la abuelita o de la que vimos en el Internet, pero se nos olvida el ingrediente más importante, por más verduras o carne que le pongamos, nunca tendrá sabor. Debemos siempre de ponerle sal, para poder disfrutar de un caldo delicioso.

De la misma manera nosotros los discípulos de Dios, debemos dejar que su amor sea el ingrediente principal, para dar sabor a nuestro ministerio laical. Al momento de dejar que su amor nos de sabor, entonces de la misma manera deberemos nosotros mismos, dar sabor a nuestro servicio, en nuestras comunidades y sociedades, sin faltarnos o sin salarnos. Nuestro saborcillo tiene que ser al punto, para que los que disfruten de Cristo, puedan hacerlo a su totalidad.

Es importante que reconozcamos que no solamente servimos para dar sabor a los demás, sino que también debemos reconocer, que primero que nada debemos de dar sabor a nuestras propias vidas. No podemos dar sabor al caldo, si nosotros estamos sin sal. La razón es simple: tenemos que entregar nuestras vidas al Señor, completamente y no a medias. Debemos de empezar a amar con un corazón puro (Mt 5: 8), que no guarde rencor y sobre todo debemos de comenzar amando a Dios sobre todas las cosas y por último aprender amarnos a nosotros mismos. Y es en este último caso en el que tenemos problemas. Si no logramos amarnos, nunca podremos totalmente amar a Dios y mucho menos amar a los demás (Mc 12: 30-31). En otras palabras, si nosotros no somos esa sal, nunca podremos dar sabor al caldo.

Así como la sal, en su mayoría es extraída del mar, de la misma manera nosotros debemos ser la sal extraída de Dios. Es decir que para ser el que da sabor, debemos primero que nada dejar que sea Dios en su grandeza y misericordia, el que nos dé, de su amor.

Cuándo se acaba la sal en el salero de la cocina, vamos y compramos más sal en la tienda ¿no es cierto? De la misma manera, cuándo sentimos que nuestro corazón le falta amor, debemos de ir a donde el Padre, para llenarnos de su amor. La sal de cocina la compramos en la tienda. El amor de Dios, lo adquirimos cuando asistimos a la Santa Eucaristía; cuando compartimos en comunidad y cuando aprendemos a perdonar y a reconciliar nuestras rencillas con aquellos con los que estamos pleiteando.

“Como la santa Iglesia en sus principios, reuniendo el ágape de la Cena Eucarística, se manifestaba toda unida en torno de Cristo por el vínculo de la caridad, así en todo tiempo se reconoce siempre por este distintivo de amor, y al paso que se goza con las empresas de otros, reivindica las obras de caridad como deber y derecho suyo, que no puede enajenar” (Apostolado del seglar # 8 párrafo 3).

Como discípulo de Cristo, ¿qué necesitas tú, hermano de mi corazón, para ser la sal que de sabor? No somos eternos y un día seremos llamados ante la presencia del Señor. Si no llenas hoy el salero de tu corazón, no podrás nunca ser parte de las maravillas de Jesús.

Animo hermanos y Que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo los acompañen para la eternidad. ¡Amén!

René Alvarado

Todos bajo un mismo Espíritu

Hoy estamos celebrando una fecha muy importante dentro del calendario de nuestra bendita Iglesia. Celebramos el Día de Pentecostés. Esta es una fecha muy especial, no solamente porque da inició a la actividad misionera de la Iglesia como tal, pero que, a la vez nos recuerda la importancia de Dios en medio de nosotros.
Ya desde el Antiguo Testamento se nos venía anunciando tan especial momento. Joel en el capítulo 3 y verso 1ss nos cuenta que, “…después de esto: derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; sus ancianos verán en sueños, y sus jóvenes tendrán visiones. También sobre mis siervos y mis siervas, en aquellos días, derramaré mi Espíritu.” La promesa de ese Espíritu Santo sería derramada en “aquel día.” Pero la pregunta viene a ser, ¿Cuándo es aquel día? Para esto debemos de entender que ya en el capítulo 2 del mismo libro de Joel Dios hablaba con el pueblo sobre las grandes bendiciones que vendrían sobre ellos. Pero no conforme con esas bendiciones materiales que eran visibles y palpables, Dios derramaría sobre los verdaderos creyentes, la gran bendición de su Espíritu de amor.
El día del Pentecostés, se presenta como el momento de “ese día” especial en el que Dios cumpliría su promesa. Ese fue el momento en el que el Padre sellaría con el poder de su infinito amor su presencia en medio de su pueblo. Ese instante en el que su gloria se manifestaría en medio de todos aquellos que creyeran en su Hijo Jesucristo como el verdadero Camino, Verdad y Vida (Jn 14: 6). Esto sucedería “…después de esto…” como nos dice Joel en el 3: 1. Para nosotros los creyentes cristianos la venida de la promesa del Espíritu Santo se daría después de que Dios Padre se manifestará en la carne en su Hijo Jesucristo. Está manifestación de su amor “…el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte…” Fil 3: 1-10. Dios nos da su bendición en la Carne palpable de su Hijo para que, “…Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Jn 6: 51.
En ese día, los apóstoles y discípulos estaban encerrados por temor a que los tomarán presos como sucedió con el Maestro. La manera en la que lo apresaron, con golpes, insultos, humillaciones, flagelación y crucifixión, los atemorizaba. No deseaban a travesar el mismo suplicio. Es por ello por lo que, muchos de los seguidores de Cristo se desaparecieron. Ahora, alguien me podrá decir que los apóstoles por lo menos de quedaron. Sí es cierto, se quedaron, pero con miedo. Encerrados oraban y discutían entre sí las dudas que tenían en cuestión de la muerte de aquel que les prometía la vida eterna. “¿Y ahora que haremos?” Si aquel que me dijo que comiera de su Cuerpo y bebiera de su Sangre me llevaría a la eternidad se murió. ¿Qué va a ser de nosotros? Es exactamente lo que nos sucede hoy. En medio de las calamidades del mundo, con el Covid 19 por ejemplo, que nos mantiene encerrados con temor de infectarnos, con la falta de respeto del uno por el otro, como en el caso del asesinato de George Floyd por un policía blanco, con las injusticias que se ven a cada momento en donde se ve con claridad que las grandes corporaciones son las únicas que han sacado ventaja de la pandemia, mientras que los pobres sufren sin trabajos, sin vivienda, sin alimento para sus hijos y lo que más tristeza da es que son los pobres en donde hay más contaminados con el virus y por ende por su pobreza de no contar con una buena aseguranza de salud mueren por no poder cubrir los costos de la asistencia médica.
Sí, “…en aquel día” Dios promete derramar su Espíritu de amor sobre todos aquellos que en medio de los horrores que el mundo nos brinda han sabido permanecer fieles. Aun así, encerrados; con miedo a lo que nos pueda acontecer, ya sea la muerte o la vida. Pero para entender esto, debemos se reconocer que no vivimos la vida como algo que en medio del terror nos aparte de su gracia divina. ¡No! Debemos de entender que en medio de nuestros temores podemos confiar en la presencia del todo Poderoso, quien dio su vida para que cada uno de los que creemos en él, tengamos vida y, está en abundancia. Jesús nos deja su Cuerpo en la Eucaristía, para que alimentados por su Carne podamos afrontar nuestras más profundas oscuridades.
El encierro, para muchos de nosotros nos trae a la desesperación, a experimentar desolación y posiblemente depresión. Nos vemos ante una realidad que quizá nunca habríamos experimentado y eso, nos da miedo. Está bien tener miedo. “Está bien no estar bien” nos dice un comercial durante la pandemia. Está bien experimentar estos sentimientos porque eso nos demuestra que en nuestra humanidad también tenemos la necesidad de Dios. Hoy día se nos ha prohibido asistir al Templo para adorar, para congregarnos como hijos de Dios, pero no nos han prohibido adorarlo en el Templo de nuestro corazón, que es el Monte Horeb en donde se encuentra la presencia del Señor.
Dios que todo lo sabe, llega a nuestras vidas en medio de ese encierro, en medio de esos miedo y temores. Dios que nos ama con amor eterno se derrama esté día con el poder de su Amor, como ese manantial en donde brota un majestuoso río de agua viva para que nos sumerjamos en él, y de allí salgamos victoriosos, reconociendo que en su bondad somos llenos de ese Espíritu de amor.
Cuando el Espíritu de Dios se derramó en aquel día, algo espectacular sucedió. Los miedos desaparecieron y muchos de los que estaban allí maravillados pudieron escuchar el anuncio del Amor del Padre en sus corazones porque con un gran estruendo se manifestó Dios en ese lugar. Es que algo así tenía que suceder para que esa gente se diera cuenta que para Dios no hay imposibles, que era necesario que su Amor se manifestara con poder porque ese mismo ya lo había ofrecido Jesús antes de partir “…Todo poder se me ha dado en el Cielo y en la tierra y ese mismo poder se los doy a ustedes…y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta que termine este mundo.” Mt 28: 19-20. Este día se hacen realidad esas promesas. No estamos solos. Aun así, estemos encerrados por la pandemia, es importante saber que el Espíritu de Dios no nos abandona. Que Dios está con nosotros porque…” puede una madre abandonar al hijo de sus entrañas, pues, aunque ella lo haga, Yo nunca te abandonaré.” Is 49: 14-15. Aleluya, gloria a Dios.
Entonces dejemos que ese Espíritu de amor llene el vacío que hay en nuestras vidas. “Porque el amor hecha fuera el temor” 1 Jn 4: 18. Recordemos que nuestras vidas están en Cristo que nos ha dejado no solamente su Cuerpo en la Eucaristía, sino que, además, nos ha dejado el Paráclito de amor para que por medio de él encontremos la paz en medio de la tormenta.
Feliz Día de Pentecostés.
René Alvarado

No temas porque Dios está contigo

¿Cuántos de nosotros no hemos atravesado por momentos duros y difíciles y pensamos que nuestras vidas no valen o no tienen sentido? Hay ocasiones en las que las experiencias negativas de la vida nos lanzan flechas incendiarias del enemigo, haciéndonos sentir como basura. Es una realidad que nuestros dolores sean profundos, que nuestras angustias por las circunstancias de la vida no nos permitan darnos cuenta que más allá de nuestras oscuras realidades, se presenta en medio de ello la gracia y el amor de aquel que todo lo puede; ese ser que está dispuesto a mar con amor eterno y que lo demostró dando su vida en la cruz del Calvario.

Su palabra nos invita a creer en ese amor, a que no decaigamos, que así como le damos oportunidades al mundo para solucionar nuestro problema, que él está allí presente en espera a que volteemos nuestras miradas y nos demos cuenta que no estamos solos, que si confiamos en ese amor eterno, él estará siempre dispuesto a sostenernos entre sus brazos.

“No temas, yo estoy contigo” Nos dice Is 41: 10 Mira que palabra de aliento es esto. “No temas…” ¿Por qué hemos de temer a la vida?; ¿Por qué he de afligirme por mis problemas? ¿Es que mi problema es mucho más grande que el amor de Dios? El problema real es que nos dejamos conducir por lo que estamos a travesando en el momento, sin darnos cuenta que mayor es el poder de aquel que nos ama. Y, ¿por qué no decirlo? Nos dejamos roba de la paz y la armonía que se encuentra en el creer en él. Nos hemos dejado conducir por las calles de la desolación pensado que lo que vivimos no tiene sentido, que nuestra realidad es tan profunda que no hay nada que se pueda hacer. Eso es mentira del enemigo. Para todo problema hay una solución y si en verdad no existe, entonces ¿por qué seguimos preocupados? Hay que centrarse en la solución y no en el problema. Puede que en estos momentos difíciles en los que has perdido tu empleo, te lleve a perder tu hogar, posiblemente te avisaron de una enfermedad terminal y no sabes que hacer. No sé cuál sea tu “gran” problema, lo que si sé es que si confías en Dios, si confías en su amor, entonces verás con ojos diferente, te enfocarás mejor y entonces te será más fácil asimilar esa frase, “No temas, yo estoy contigo”.

A dónde quiera que vayas  o dónde quiera que ten encuentres en la vida, solamente hay una solución para tu problema. Afronta tus realidades, enfréntate al toro tomándole por los cuernos. No hay que temer, el miedo viene del diablo, pero la paz y tranquilidad viene de Dios todo poderoso.

“No mires con desconfianza, pues yo soy tu Dios” Que tremendo. Mira cuando tenemos problemas, buscamos por lo regular a alguien que nos ayude darle solución ¿correcto? Buscamos por medio de la medicina, por medio de los brujos, hechiceros, por medio de santería o brujería, y al final cómo terminamos… peor de como empezamos. Cuando nos dicen: ve a la Iglesia y refúgiate en el Señor, nos reímos pues pensamos  que para nuestro problema ocupamos algo palpable, algo que podamos ver, algo que podamos controlar y decidimos mejor por lo equivocado. Pero Dios que te conoce a profundidad y que desde el vientre de tu madre conoce de que pata tu estas cojeando te pide que confíes plenamente en él. Mira, cuando visitas a los brujos o hechiceros, gastas mucho dinero y todo para qué, mientras que Dios te dice: “A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan trigo sin dinero, y coman, pidan vino y leche, sin pagar. ¿Para qué van a gastar en lo que no es pan y dar su salario por cosas que no alimentan? Si ustedes me hacen caso, comerán cosas ricas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.” Démonos cuenta de la grandeza de Dios, de su poder inmenso que se entrega a cada uno de nosotros y sobre todo, que lo hace de gratis. Su amor no cuesta nada, su bebida es bebida verdadera, su alimento es fuerza y poder para todo aquel que quiera venir a él.

Nuestro problema es que pensamos y actuamos con el razonamiento, con el intelecto externo. Pensamos que si es gratis, entonces no funciona. Es que debemos de pensar sí, pero con el corazón, creyendo en su totalidad en lo más íntimo de nuestros corazones que no estamos solos y que su amor al acompañarnos se derrama sobre nuestras vidas. ¿Por qué buscar pestañas a lo que nunca tuvo ojos? Nos dice el cantante Arjona. Para darle solución a nuestro problema, buscamos siempre en donde no se encuentra la solución.

Antes de que el Señor sanara mis ojos, yo necesitaba de lentes para ver y como era medio vanidoso, nunca me los quería poner. Un día mi madre me manda a comprar tortillas con la señora que se ponía todas las noches bajo la luz del único poste del callejón en el barrio en el que vivía. La luz que emitía este poste era bien bajo creo que de unos 15 a 25 watts, casi nada. Mi madre me da dos moneditas de a cinco centavos (en Guatemala esas monedas son muy pequeñas), para las tortillas. Cuando estaba ya pidiendo la orden, que se me cae una de las dos monedas y como era ciego y no me quería poner los lentes, no vi en dónde cayó la monedita. Entonces en vez de diez centavos de tortillas, pedí solamente cinco. La tortillera al ver que se me cayó la moneda me dice: “Mirá vos patojo, se te cayó la ficha de cinco len”. Yo por mi vergüenza de no ver la moneda le dije: “A mi no me ha caído nada” Y como insistía, entonces le dije: “Pues entonces deme otros cinco centavos de tortillas”. Así estamos, ciegos interiormente por no querer ponerlos lentes del Señor. No vemos su grandeza, no vemos lo mucho que él nos ama y sobre todo lo mucho que él quiere que seamos felices, sin lamentaciones o quejabanzas.

Cuando no queremos creer que él siempre está a nuestro lado; cuando no queremos creer que siempre a nuestro lado va, es cuando no vemos la moneda que se nos cayó. ¿Cuál es la moneda que se te ha caído? ¿Por qué no la encuentras? Posiblemente porque buscas bajo el foco del mundo y no bajo la luz del Señor. Ya es hora para que recapacites y dejes que sea Dios en su inmenso amor el que te de la fortaleza para encontrar la paz y la tranquilidad anhelada en tu corazón. Solamente es a través de su amor como llenarás el vacío que llevas por dentro. Simplemente acércate a él y verás como tu lamento se convierte en canto.

Padre, te doy gracias por tu inmenso amor y gran misericordia, pues me has demostrado que siempre vas a mi lado y que tu amor ha estado conmigo desde antes que naciera. Hoy te pido me des fuerzas para poder creer en tu misericordia. Dame la valentía para afrontar mis problemas con paciencia y la voluntad para siempre buscarte bajo tu luz. Amén.

Aunque todo parece mal…

Queridos hermanos de mi corazón: Que el amor y la paz de Cristo Jesús nuestro único y verdadero Señor y Salvador esté siempre con ustedes y que nuestra Madre María, los cubra con su manto santo, todos los días de sus vidas.

Hoy veía las noticias por la televisión y conforme pasaban, me daba cuenta una vez más que ya todo parece perdido, que este mundo está tan mal que la venida del Señor está próxima. Claro esto es solamente un pensamiento humano, deseoso de que el Señor esté ya aquí en medio del pueblo de creyentes que confiaron hasta el final en sus promesas de amor y misericordia.1domin

Nosotros los humanos hemos dado cabida a la destrucción de todo lo precioso que Dios nos dio como herencia para vivir, los bosques, los ríos, los mares y toda naturaleza en general. Él nos lo dio para que disfrutáramos de todos los aspectos que ella tenía para nosotros y en cambio hemos tomado ese regalo de Dios para convertirnos en seres peores que animales y digo peores no menos preciando a la creación de Dios, pero en el sentido de que esos animales sin razonamiento reconocen a plenitud su estancia en esta tierra, mientras que nosotros aun con razonamiento, la hemos convertido en un mundo de basura y todo para satisfacer nuestros egos y deseos de poder, aplastando a todo cuanto se nos ponen en el camino.

Parece que no hay una posible solución a todo esto. En los periódicos leemos todo tipo de desgracia que ciertamente nos pone a reflexionar sobre si hay posibilidad que el hombre mismo pueda salvarse de lo que le viene encima. El evangelio según San Mateo en el capítulo 13 y versos 24 al 30 nos cuenta la parábola del sembrador que sembró buena semilla y el enemigo vino y le sembró semilla mala. Dice la Escritura: “Cuando crecieron las plantas y empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña” Esto es exactamente lo que ha sucedido en el mundo, Dios ha sembrado en el hombre la capacidad para amarle, para amar a su prójimo y para amarse a sí mismo; pero qué ha pasado, que el hombre mismo se ha dejado sembrar en su corazón, odios rencores, envidias, celos, iras, vanaglorias y ha dejado que esto vaya opacando la semilla buena en nuestro corazones.

Esto tiene implicaciones directas con lo que hacemos con el mundo. Todo aquello perfecto que Dios nos dio lo hemos tirado por un tubo y en su lugar hemos convertido las maravillas del Creador en un mundo lleno de basura.

Ahora que todo esto no se queda solamente en eso, más bien, como no todos tenemos “poder” económico para destruir el medio ambiente, entonces arremetemos en contra de nuestras propias familias, destruyendo con nuestras acciones todo aquello maravilloso que Dios nos dio con tanto amor. Nuestras familias sufren cuando las golpeamos físicamente, moralmente y espiritualmente. Traemos con nosotros esa semilla que hemos dejado que el enemigo plante en nuestros corazones y con cualquier cosita, opacamos el amor que Dios padre sembró desde antes que naciéramos.

Claro que las circunstancias en las que nos encontramos no nos permiten ver con claridad ese amor pues estamos rodeados de tanta maldad que eso mismo se hace parte de nuestras propias vidas y tanto crece el odio y el rencor que aun que el amor esté allí, nunca lo veremos a no ser que un día dejemos que el cuidador nos dé una limpiadita.

Hemos puesto muchas excusas para lograr nuestros propósitos de ser mejores y de vivir a plenitud la gracia de Dios. Es que pensamos que somos tan pequeños que no es posible para nosotros dar un cambio a nuestras vidas, que la sociedad misma no nos da la oportunidad de un cambio, que estamos siendo controlados por los poderosos y que atados como un perro rabioso a una cadena, no podemos dejar de echar espuma y rabia por la vida.

Todo se nos pinta de un color oscuro y nos dicen que no hay razón ya para vivir y eso es verdaderamente lo que está haciendo esa semilla plantada en el corazón del hombre por el enemigo. Él nos dice: “no se puede, no lo vas a lograr, no tienes fuerzas para seguir adelante, tu marido realmente no te ama, él nunca va a cambiar, tu mujer te engaña y por lo mismo págale con la misa medida, tus hijos son malos y drogadictos, no merecen que los ayudes, tus padres con malvados, mira te violaron, te golpearon y te abandonaron, emborráchate y drógate pues no vale la pena seguir viviendo… etc.” Y nosotros caemos redonditos en toda esa inmundicia y preferimos la muerte y, antes de morir arrasamos con todos lo que se nos pongan en enfrente y no solamente con otro ser humano, sino que también con la misma naturaleza.

Así ha crecido la cizaña en nuestros corazones; ha crecido de generación en generación y solamente aquel que esté dispuesto a un cambio rotundo entonces vera con claridad el campo de su vida y se dará cuenta que si se puede ser mejor en su propia persona, en medio de su familia y con el mundo en el que vive.

Después de ver las noticias, pasaron un programa en el que presentaron a una mujer que nació ciega, sorda, muda y sin olfato; a esta mujer, su madre la abandonó siendo una bebita pues no quería la responsabilidad o quizá no contaba con el apoyo de su marido para sostenerla. Un día una mujer española vino a África, visitó el orfanatorio en donde se encontraba esta niña y se enamoró de ella y la adoptó como su propia hija. Ella la amó y la cuidó aun en contra de todo lo que su sociedad le decía y permaneció firme en el amor que ella de daba constantemente a esa niña. Un día la niña se convirtió en mujer y ahora es estudiante de universidad. Cuando vi este programa y vi lo que está mujer había logrado con al amor de su madre, que siendo discapacitada de ojos, de oídos, de habla, y hasta de nariz, no se detuvo y logró salir adelante y me puse a pensar: “Yo que tengo todos mis sentidos en orden, que puedo ver, no miro más allá de mis propias narices, que puedo oír y solo escucho cosas negativas, que puedo hablar y solo hablo quejabanzas y que puedo oler y solo huelo los malos olores de la vida” Verdaderamente esa mujer me hizo ver que, cuando dejamos que la semilla del amor crezca en el corazón, entonces podemos sembrar en medio de toda la oscuridad del mundo el verdadero amor que mueve, sana y, por ende lo que cosechamos es la vida misma.

Por lo tanto ánimo que si Dios está contigo, quien en contra tuya. Nadie te puede apartar del amor de Dios, solamente tu si dejas que el enemigo siempre cizañe tu corazón. Aprende a amar y a perdonar y por lógica empieza por amarte a ti mismo. Deja el odio y los rencores, los celos y las iras y en cambio déjate inundar de la paciencia, de la armonía y de la ternura porque al final de todo lo único que te quedará es tu alma y ella hermano de mi corazón le pertenece a Dios.

Que la paz y la bendición de Dios te acompañen por siempre.

Dios te bendiga abundantemente

En el amor de Jesús

René Alvarado